Davos, Carney y una Nueva Edad Media
De Davos a la Nueva Edad Media
Introducción: más allá de una guerra entre potencias
El discurso de Mark Carney en Davos no debe leerse como una simple reflexión coyuntural sobre geopolítica ni como un ajuste táctico de la política exterior canadiense. Es, en realidad, un síntoma: la constatación explícita de que el orden internacional que permitió a las democracias desarrolladas prosperar durante décadas se ha roto. Pero, sobre todo, es una puerta de entrada para comprender que no estamos ante una nueva guerra fría entre Estados Unidos y China, sino ante un conflicto mucho más profundo y civilizatorio: desarrollo vs. subdesarrollo, democracia vs. dictadura, modernidad vs. medievo.
Carney “hace carne” una intuición que muchos líderes aún evitan formular con claridad: las democracias de poder medio ya no pueden asumir que forman parte de un bloque democrático homogéneo y solidario, ni que la hegemonía estadounidense garantizará indefinidamente un marco de reglas, valores y previsibilidad. El mundo ha entrado en una fase de ruptura, no de transición.
El fin de la ficción y el regreso de Tucídides
El eje conceptual del discurso de Carney es la idea de "vivir dentro de una mentira", tomada de Václav Havel. Durante décadas, las potencias medias —Canadá entre ellas— colocaron el letrero en la ventana: el del orden internacional basado en normas, la igualdad soberana de los Estados, el multilateralismo eficaz, el comercio mutuamente beneficioso.
Todos sabían que esa narrativa era parcialmente falsa:
las reglas se aplicaban de forma asimétrica;
los poderosos se eximían cuando les convenía;
el derecho internacional era selectivo.
Pero la ficción era funcional porque la hegemonía estadounidense proveía bienes públicos: seguridad, estabilidad financiera, rutas comerciales abiertas. Ese pacto implícito hoy ha colapsado. La integración económica ya no es garantía de prosperidad compartida, sino un arma: aranceles, sanciones, coerción financiera, cadenas de suministro como instrumentos de presión.
Aquí aparece Tucídides sin disfraces: los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.
El dilema de las potencias intermedias
Carney plantea una estrategia clara: si las potencias intermedias negocian solas frente a un hegemón, aceptan subordinación. Si compiten entre sí por el favor del poder dominante, pierden soberanía real. La única alternativa es unir fuerzas para negociar de tú a tú, construyendo autonomía estratégica compartida.
Pero esta estrategia abre una puerta enorme y peligrosa:
¿Qué ocurre si ese intento fracasa?
Si las potencias medias no logran articular un bloque coherente, quedan expuestas a la subordinación a uno de los dos sistemas dominantes:
el sistema democrático liderado por EE. UU., cada vez más transaccional e impredecible;
o el sistema dictatorial chino, estructuralmente expansionista.
Aquí emerge el verdadero núcleo del problema.
No es EE. UU. vs China: es civilización vs regresión
Reducir este conflicto a una disputa entre superpotencias es un error conceptual grave. Lo que está en juego no es quién lidera el comercio global o quién domina la tecnología, sino qué tipo de organización social se vuelve dominante.
La democracia moderna es un sistema diseñado para contener el instinto humano —la ambición, la envidia, la pulsión de poder— mediante instituciones, normas y límites.
La dictadura funcional, como la china, no intenta contener ese instinto: lo canaliza y subordina, priorizando la ambición productiva y suprimiendo la envidia política.
China no es peligrosa porque sea eficiente, sino porque su eficiencia es incompatible con la democracia.
Envidia, ambición y el agotamiento democrático
Durante décadas, mientras China era pobre, las democracias desarrolladas pudieron sostener un delicado equilibrio:
satisfacer demandas crecientes de envidia mediante políticas redistributivas;
sin perder competitividad ni dinamismo económico.
Ese equilibrio hoy se ha roto.
La combinación de:
Estados sobredimensionados;
regulaciones asfixiantes;
presión fiscal elevada;
captura del sistema político por demandas emocionales de corto plazo;
ha reducido drásticamente la capacidad de reacción democrática.
China, en cambio:
subordina la envidia;
disciplina socialmente el conflicto;
prioriza la ambición productiva;
y puede reaccionar con rapidez.
Esto no la hace moralmente superior, pero sí estratégicamente peligrosa.
La expansión como necesidad del régimen chino
Aquí aparece uno de los puntos más críticos: el sistema chino no puede estabilizarse indefinidamente hacia adentro.
Su cultura cívica favorece el ahorro excesivo.
La demanda interna es estructuralmente insuficiente.
La apertura política es imposible sin poner en riesgo al régimen.
Por lo tanto, el crecimiento continuo —condición de legitimidad del Partido— exige expansión externa.
No es ideología. Es supervivencia.
La democracia como amenaza existencial
A medida que China progresa económicamente, ocurre una paradoja letal para el régimen:
cuanto más rica se vuelve China, más peligrosa se vuelve la democracia.
Las democracias exitosas funcionan como espejo:
generan comparación;
crean expectativas;
alimentan presiones internas.
Por eso, desde la lógica del régimen, no basta con competir con las democracias: es necesario deslegitimarlas, erosionarlas o subordinarlas.
No mediante invasiones, sino mediante:
dependencia económica;
captura de élites;
normalización del autoritarismo eficiente;
vaciamiento institucional.
Un mundo sin democracias fuertes reduce drásticamente la presión prodemocrática interna china.
El riesgo de una nueva Edad Media
Si este proceso culminara, el resultado no sería un nuevo orden moderno alternativo, sino algo mucho más antiguo:
jerarquías rígidas;
poder sin rendición de cuentas;
orden naturalizado;
ausencia de modelos alternativos visibles.
Eso es, conceptualmente, una nueva Edad Media.
No por atraso tecnológico, sino por regresión institucional y cultural.
Trump, EE. UU. y la ambigüedad peligrosa
El problema se agrava porque el liderazgo democrático hegemónico es hoy ambiguo.
La pregunta clave no es si EE. UU. seguirá siendo poderoso, sino:
¿seguirá siendo democrático en sentido institucional profundo?
Existe una diferencia crucial entre:
usar el shock como mecanismo para disciplinar democracias capturadas por la envidia;
o avanzar hacia un modelo autocrático personalista.
Si EE. UU. deriva hacia lo segundo, el conflicto civilizatorio queda sin ancla democrática fuerte.
El verdadero punto de equilibrio
El equilibrio realista no está en elegir entre EE. UU. o China, ni en una neutralidad ingenua.
Está en:
reconstruir democracias funcionales;
reducir el peso del Estado sin destruir cohesión social;
volver a premiar la ambición productiva;
contener la envidia sin negarla;
fortalecer instituciones antes que promesas.
Eso es difícil, lento y políticamente costoso.
Pero la alternativa es clara.
Conclusión: lo que realmente está en juego
Carney no anuncia una estrategia canadiense. Anuncia el fin de una era.
Si las democracias no logran reformarse desde dentro, no caerán por una invasión china, sino por agotamiento cultural e institucional.
La guerra no es EE. UU. vs China.
Es:
modernidad vs medievo;
instituciones vs instinto desatado;
civilización vs regresión.
Y esta vez, no hay garantía de victoria.
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