Zaratustra y la racionalidad al servicio de la irracionalidad
"Nada me preocupa más que nuestra capacidad racional de justificar nuestra irracionalidad mediante una racionalidad."
Ésta no es una crítica a la razón.
Es, precisamente, una advertencia sobre su inmenso poder.
Solemos creer que el mayor enemigo de la humanidad es la irracionalidad. Sin embargo, la irracionalidad, por sí sola, rara vez cambia el curso de la historia. Un impulso desnudo es fácilmente reconocible y, muchas veces, rechazado.
Lo verdaderamente peligroso ocurre cuando ese impulso encuentra una racionalidad capaz de legitimarlo.
En Razón vs. Instinto denomino Zaratustra al conjunto de pulsiones profundas que impulsan al ser humano a buscar grandeza, poder, reconocimiento, pertenencia, prestigio, trascendencia o superioridad. Zaratustra no es bueno ni malo. Es una fuerza inherente a nuestra naturaleza.
Gracias a él construimos civilizaciones, descubrimos nuevos conocimientos, fundamos empresas, exploramos el espacio y desarrollamos tecnologías.
Pero esa misma fuerza también puede alimentar la conquista, el fanatismo, la opresión y la guerra.
Todo depende de cómo sea canalizada.
El problema comienza cuando la razón deja de cumplir su función crítica y pasa a convertirse en la arquitecta intelectual de Zaratustra.
Entonces dejamos de utilizar la razón para descubrir la realidad.
Comenzamos a utilizarla para justificar aquello que nuestro Zaratustra ya desea.
Éste es, quizá, el fenómeno psicológico más peligroso de la condición humana.
La irracionalidad rara vez se presenta diciendo:
"Deseo dominar."
"Quiero ser recordado como un gran conquistador."
"Necesito sentirme superior."
No.
La irracionalidad comprende que necesita algo mucho más poderoso.
Necesita una racionalidad.
Entonces aparecen los grandes relatos.
"La nación posee un destino histórico."
"El Estado está por encima del individuo."
"La revolución exige sacrificios."
"La patria debe ser defendida a cualquier costo."
"La historia nos obliga."
Cada una de estas afirmaciones puede desarrollarse mediante argumentos rigurosos y perfectamente coherentes dentro de su propio sistema lógico.
Y precisamente allí reside el verdadero peligro.
La coherencia de una racionalidad no demuestra que sea el origen de una decisión.
Con frecuencia sucede exactamente lo contrario.
Primero aparece la pulsión.
Después nace la racionalidad.
No pensamos una idea porque necesariamente sea verdadera.
Muchas veces pensamos una idea porque permite que nuestro Zaratustra actúe con la conciencia tranquila.
Por eso las ideologías no nacen exclusivamente de las pulsiones humanas.
Pero su aceptación, persistencia y radicalización dependen, en gran medida, de su capacidad para satisfacerlas.
Las personas no siguen únicamente las ideas que consideran correctas.
Siguen aquellas ideas que logran reconciliar sus impulsos con su conciencia.
En ese instante ocurre algo extraordinario.
La ambición deja de sentirse como ambición.
La conquista deja de percibirse como conquista.
La violencia deja de experimentarse como violencia.
Todo adquiere el aspecto de una obligación moral.
La razón se transforma en el mecanismo mediante el cual la irracionalidad deja de parecer irracional.
Por eso creo que, para comprender la historia, no basta con analizar las ideologías.
Debemos preguntarnos qué Zaratustra alimenta cada una de ellas.
¿Qué necesidad humana satisface?
¿Qué impulso profundo legitima?
Tal vez esa pregunta explique mejor el comportamiento de numerosos líderes y de millones de seguidores que interminables discusiones acerca de la coherencia lógica de sus argumentos.
No afirmo que toda racionalidad o toda ideología oculten necesariamente una pulsión ilegítima.
Tampoco sostengo que toda convicción profunda sea una mera racionalización.
Lo que afirmo es algo más modesto y, al mismo tiempo, más inquietante:
cuanto mayor es la capacidad de una racionalidad para satisfacer un Zaratustra poderoso, mayor es la probabilidad de que esa racionalidad sea utilizada para justificar acciones que, observadas con suficiente distancia, resulten profundamente irracionales.
En un mundo que dispone de armas capaces de destruir la civilización, ésta deja de ser una reflexión filosófica para convertirse en una advertencia.
Quizá el mayor riesgo para la humanidad no sea la existencia de líderes ambiciosos.
Siempre los habrá.
El verdadero peligro aparece cuando la inteligencia, la cultura, la filosofía, la historia, la política o la religión logran construir una racionalidad tan convincente que permita a esos líderes —y a millones de personas— creer sinceramente que sus impulsos representan la verdad, la justicia o el destino.
Por eso sigo creyendo que la advertencia más importante de nuestro tiempo es ésta:
Nada me preocupa más que nuestra capacidad racional de justificar nuestra irracionalidad mediante una racionalidad.
Porque cuando la razón deja de buscar la verdad y comienza a construir justificaciones para Zaratustra, la inteligencia deja de ser el antídoto contra nuestros instintos y se convierte en su arma más poderosa.
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