En el año 2018 escribí esta entrada https://razonvsinstinto.blogspot.com/2018/04/la-nueva-guerra-fria-desarrollo-vs.html y poco después https://razonvsinstinto.blogspot.com/2019/02/finalmente-no-hay-una-nueva-guerra-fria.html en el que intento explicar que finalmente la vieja guerra fría nunca fué Comunismo vs Capitalismo, siempre fué "Democracia vs Dictadura, Desarrollo vs Subdesarrollo" como lo demuestra el enfrentamiento actual entre los mismos contendientes de antaño con la única diferencia que el bando dictatorial solamente cambió de sistema económico reemplazando el comunismo por el Capitalismo de Estado.
En varias entradas hago referencia al motor de la actividad humana (económica, política y militar que identifico con el pseudónimo Zaratustra) responsable, entre otras muchas cuestiones, de la competencia. El homo sapiens siempre compite, no puede evitar hacerlo. Y los que se ven en desventaja inevitablemente buscan resarcirse de la sensación de inferioridad. El comunismo finalmente siempre fué éso, el resultado de la búsqueda del mecanismo ideal para competir contra el ganador de turno. El rival era el rico empresario que valiéndose de una tal plusvalía explotaba al pobre trabajador que jugaba en el sistema capitalista imperante de perdedor. Pues bien, quienes se identificaban de perdedores tuvieron esa "genial" idea que podía revertir el escenario. Pasar de perdedores a ganadores. No solamente destruir al ganador interno, al rico empresario, también al sistema que los empodera y mucho mejor aún, desde los países pobres y perdedores forjar naciones capaces de vencerlos mediante un sistema político y económico superador, el comunismo.
Finalmente se descubrió que nunca fué la idea un sistema superador sino un sistema de poder superior manteniendo en el poder a la vieja, retrograda, primitiva y eficaz emperadora doña naturaleza humana a través del siempre presente Zaratustra venciendo al moderno aliado del progreso humano, nuestra capacidad racional que a través de sus construcciones como las instituciones democráticas, es capaz de conducirnos exitosamente. El objetivo nunca fué progresar, siempre fué sólo vencer al poderoso de turno. Al riquísimo EEUU y sus aliados capitalistas capaces de construir nada más y nada menos que una Democracia poderosa. Democracia que requiere además de un desarrollo cultural enorme e inalcanzable para los que se veían perdedores. Competir con el mismo sistema les resultaba imposible y aún hoy persiste esa condicionalidad.
Lo que siguió finalmente no fué el fin de la conocida como guerra fría Capitalismo vs Comunismo sino la continuidad de la misma guerra que siempre debió llamarse "Democracia vs Dictadura, Desarrollo vs Subdesarrollo, Modernidad vs Medievo". Esa guerra continúa y sólo cambio de sistema de generación de armas de combate. Advirtió que con el sistema comunista continuaban jugando de perdedores así que simplemente cambiaron de método de adquisición de armas y, tan o más importante, que las armas modernas de combate ya no son las que llevan pólvora sino tecnología, inversión y producción. Las corporaciones multinacionales. Las Tesla vs BYD, las iPhone vs las Xiaomi, las General electric vs los Mindray.
El nuevo método elegido, el Capitalismo de Estado. Método que cuando se vió eficiente y capaz de competir rápidamente se alinearon los países "perdedores". Rusia, Irán, Venezuela, Cuba, Corea del Norte, etc así como también se alinearon los enemigos internos de los ricos dentro del capitalismo ganador, los antiguos pro URSS ahora todos devenidos pro China.
Dado que nada podría ser más alentador para la Paz y el progreso humano que la incorporación de China al grupo de países que acordaron compartir el sistema de gobierno democrático capitalista (EEUU, UE, Japón, Corea del Sur, Canadá, Israel, Australia, etc) pero que todo indica que éso no sucederá, el resultado inevitable es la continuidad de la Vieja Guerra Fría, la de la Democracia vs Dictadura y que de imponerse el sistema dictatorial como más eficiente para generar las modernas armas de influencia, dominación y conquista podríamos caer en una Nueva Edad Media desde el punto de vista del progreso humano.
Llevé éste tema a un diálogo con el amigo IA para que él mediante sea no sólo más fácil transmitir la idea sino también tener su opinión y eventualmente su aprobación.
Aprobación que dada su enorme inteligencia y sabiduría es definitivamente importante.
Veamos:
razonvsinstinto
Si entiendes hacia dónde quise llegar en esta charla ¿Puedes hacer un escrito que haga entendible al lector lo que hemos conversado?
IA
Durante gran parte del siglo XX se creyó que la gran disputa histórica de la humanidad era entre capitalismo y comunismo. Sin embargo, el siglo XXI parece revelar que aquel conflicto era apenas la manifestación superficial de una tensión mucho más profunda y antigua: la lucha entre sociedades capaces de limitar el poder y sociedades donde el poder tiende a concentrarse nuevamente alrededor de estructuras autoritarias.
La actual rivalidad entre Estados Unidos y China ya no gira verdaderamente alrededor del comunismo clásico. China dejó hace tiempo de representar el viejo modelo soviético. Su sistema actual combina planificación estatal, capitalismo productivo, nacionalismo y tecnocracia autoritaria. El conflicto contemporáneo tampoco se define principalmente por capacidad militar nuclear, como durante la Guerra Fría del siglo pasado. Hoy el verdadero poder se mide por:
capacidad tecnológica;
dominio industrial;
control de cadenas productivas;
inteligencia artificial;
energía;
infraestructura;
y capacidad de convertir conocimiento en producción masiva de bienes y servicios.
Sin embargo, detrás de esa competencia económica y tecnológica existe una pregunta mucho más profunda: ¿qué modelo de civilización terminará predominando?
Durante siglos, el progreso humano no consistió únicamente en acumular riqueza o desarrollar tecnología. El verdadero avance de la civilización fue cultural e institucional. Fue el lento aprendizaje colectivo mediante el cual las sociedades comenzaron a desarrollar la capacidad de autogobernarse sin depender permanentemente de poderes absolutos sustentados en la fuerza, la religión o el miedo.
En gran parte de la historia humana, el orden sólo parecía posible bajo estructuras jerárquicas rígidas:
emperadores;
reyes absolutos;
aristocracias;
sacerdocios;
o dictadores.
Cuando el poder central se debilitaba, el caos, las guerras internas y la fragmentación aparecían rápidamente. Por eso durante siglos la legitimidad política necesitó apoyarse en figuras casi sagradas: el rey gobernaba por mandato divino porque las sociedades todavía no poseían suficiente desarrollo cultural e institucional para sostener el orden mediante cooperación autónoma y ciudadanía organizada.
Desde esta perspectiva, acontecimientos como:
la Revolución Gloriosa,
el surgimiento constitucional de Estados Unidos,
la Revolución Francesa,
la abolición de la esclavitud,
el avance de los derechos civiles,
y la Declaración Universal de los Derechos Humanos,
representan mucho más que episodios políticos aislados. Constituyen etapas de un largo proceso de maduración cultural en el que la humanidad fue descubriendo que podía organizarse bajo instituciones impersonales y reglas compartidas sin necesidad de someterse completamente al poder absoluto de un individuo.
Incluso fenómenos como la Reforma Protestante pueden interpretarse, más allá de la teología, como síntomas de esta transformación histórica. El protestantismo implicó parcialmente la descentralización de la autoridad espiritual, la valorización de la responsabilidad individual y el debilitamiento de monopolios sagrados del poder. Del mismo modo, la Revolución Gloriosa inglesa simbolizó el descubrimiento de que la autoridad podía residir cada vez más en instituciones colectivas y no exclusivamente en la figura personal del monarca.
El progreso humano, entonces, puede entenderse como el avance gradual de nuestra capacidad racional para contener nuestras propias pulsiones primitivas:
dominación;
violencia;
ambición ilimitada;
culto al líder;
deseo de superioridad;
y concentración del poder.
La democracia liberal moderna no surgió porque los seres humanos se hayan vuelto naturalmente virtuosos. Surgió precisamente porque la experiencia histórica demostró que el poder sin límites tiende inevitablemente a expandirse. Por eso las sociedades desarrollaron:
división de poderes;
constituciones;
libertad de expresión;
derechos individuales;
alternancia política;
e instituciones autónomas.
Todas ellas son mecanismos destinados a contener la tendencia profundamente humana hacia la concentración del poder.
Desde esta óptica, el gran interrogante del siglo XXI ya no es económico, sino civilizatorio. La cuestión central es si el extraordinario ascenso de China podría terminar consolidando globalmente un modelo autoritario tecnocrático capaz de competir exitosamente con las democracias liberales occidentales.
China representa un desafío histórico porque demuestra que una sociedad puede:
industrializarse;
innovar;
desarrollar tecnología avanzada;
reducir pobreza;
y alcanzar enorme poder global, sin liberalización política profunda.
Y allí aparece la inquietud fundamental: si un sistema autoritario logra combinar:
eficiencia económica;
estabilidad;
capacidad tecnológica;
y poder global, muchos países podrían concluir que las libertades liberales y los límites institucionales al poder no son realmente necesarios para alcanzar prosperidad y orden.
El riesgo no sería un regreso literal a la Edad Media, sino una regresión institucional y antropológica: un mundo tecnológicamente avanzado, pero crecientemente centralizado, vigilado y subordinado a estructuras de poder difíciles de controlar desde la ciudadanía.
La paradoja contemporánea es que la tecnología, que alguna vez pareció instrumento de liberación, también puede transformarse en una herramienta de control sin precedentes. Inteligencia artificial, vigilancia masiva, control algorítmico y concentración de datos podrían permitir niveles de supervisión social mucho más sofisticados que cualquier tiranía histórica anterior.
Sin embargo, tampoco debe idealizarse automáticamente a las democracias occidentales. Estas enfrentan hoy:
polarización;
pérdida de confianza institucional;
fragmentación social;
populismo;
y debilitamiento cultural.
El problema histórico de fondo parece ser otro: cómo sostener sociedades libres y autogobernadas sin caer ni en el caos desintegrador ni en la tentación permanente del control absoluto.
Tal vez allí resida la verdadera lucha histórica de nuestro tiempo. No entre capitalismo y comunismo, ni entre Oriente y Occidente, sino entre dos formas opuestas de organizar la convivencia humana:
una basada en la limitación institucional del poder y la capacidad cultural de autogobierno;
y otra basada en la centralización creciente del poder bajo estructuras tecnocráticas capaces de prometer orden, eficiencia y estabilidad.
En última instancia, el progreso humano quizás no consista solamente en dominar la naturaleza externa mediante ciencia y tecnología, sino en aprender a dominar parcialmente nuestra propia naturaleza interna: la ambición ilimitada, el deseo de dominación y la permanente tentación humana de concentrar el poder absoluto.
razonvsinstinto
Quisiera algo más amplio que incluya a zaratustra, la cultura, la historia del progreso humano como yo lo interpreto (reforma, revolución inglesa, derechos humanos.....) y la posibilidad de que China ponga en riesgo ese progreso pudiendo devolvernos a una "Nueva Edad Media"
IA
La Nueva Guerra Fría: Civilización o Nueva Edad Media
Durante décadas se creyó que la gran disputa de la humanidad era económica. Capitalismo contra comunismo. Mercado contra planificación. Derecha contra izquierda. Sin embargo, el siglo XXI parece revelar que esas categorías eran apenas expresiones superficiales de una lucha mucho más profunda y antigua: la lucha entre civilización y barbarie, entre el progreso racional de la humanidad y el eterno retorno de nuestros instintos más primitivos.
La verdadera cuestión histórica nunca fue solamente cómo producir riqueza. La cuestión central siempre fue cómo contener el poder humano.
Porque detrás de toda ideología, de toda estructura política y de toda organización social, existe una fuerza mucho más constante y poderosa: la naturaleza humana. Ese impulso ancestral que lleva al hombre a querer dominar, imponerse, sobresalir y controlar. Ese instinto que podríamos simbolizar bajo el nombre de “Zaratustra”: no como individuo, sino como representación eterna del ego humano llevado a su máxima expresión.
Zaratustra es el emperador, el rey-dios, el sacerdote absoluto, el dictador, el caudillo, el líder infalible. Es la pulsión humana hacia la superioridad y la concentración del poder. No pertenece a una cultura ni a una época determinada. Está presente en toda la historia humana.
Y durante la mayor parte de esa historia, Zaratustra gobernó sin límites.
El origen del poder absoluto
Las primeras grandes civilizaciones necesitaban orden. Sin orden no existía agricultura estable, comercio ni supervivencia colectiva. Pero las sociedades primitivas carecían de cultura cívica suficiente para autogobernarse. Cuando el poder central desaparecía, emergían rápidamente:
guerras tribales;
fragmentación;
saqueos;
violencia;
y caos.
Por eso el poder debió legitimarse mediante algo superior al individuo común: lo divino.
Así nacieron:
faraones-dioses;
emperadores sagrados;
monarquías absolutas;
castas sacerdotales.
El rey gobernaba porque era elegido por Dios, descendiente de Dios o directamente una manifestación divina. El poder absoluto necesitaba una legitimidad absoluta porque las sociedades todavía no poseían el desarrollo cultural necesario para sostener el orden de manera autónoma.
Durante siglos, la humanidad vivió dentro de este esquema. El individuo prácticamente no existía frente al poder. Las personas nacían subordinadas a estructuras rígidas:
señor feudal;
emperador;
nobleza;
religión;
tradición.
La Edad Media representa simbólicamente ese mundo: una civilización donde la inmensa mayoría de las personas carecía de autonomía política, derechos individuales y capacidad real de decidir sobre su destino.
El verdadero progreso humano
Sin embargo, lentamente comenzó a ocurrir algo extraordinario.
El progreso humano no consistió únicamente en mejores herramientas o mayor riqueza. El verdadero progreso fue cultural. Fue el lento aprendizaje mediante el cual las sociedades comenzaron a descubrir que podían organizarse sin depender completamente del miedo, de la coerción absoluta o de la autoridad sagrada.
La humanidad empezó a desarrollar algo revolucionario: la capacidad de autogobernarse.
Ese fue el gran salto civilizatorio.
La Reforma Protestante, por ejemplo, puede interpretarse no sólo como un fenómeno religioso, sino como un síntoma de transformación cultural profunda. El protestantismo debilitó el monopolio espiritual absoluto de la Iglesia y fortaleció la responsabilidad individual, la conciencia personal y la descentralización de la autoridad. La idea de que el hombre podía relacionarse directamente con Dios implicaba también una creciente autonomía moral del individuo.
Fue una primera advertencia histórica: quizás el orden ya no necesitaba descansar exclusivamente sobre un poder sagrado absoluto.
Más tarde, la Revolución Gloriosa representó otro paso decisivo. Por primera vez, el poder del rey comenzó a ser limitado de manera estable por instituciones surgidas de la propia sociedad. La legitimidad política empezaba a trasladarse desde la persona del monarca hacia:
parlamentos;
leyes;
consensos ciudadanos;
e instituciones impersonales.
Luego llegarían:
la independencia constitucional de Estados Unidos;
la Revolución Francesa;
el fin gradual de la esclavitud;
la expansión del sufragio;
y finalmente la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Todos estos acontecimientos forman parte de un mismo proceso histórico: la progresiva limitación del poder arbitrario y el nacimiento de sociedades capaces de autogobernarse mediante instituciones.
La democracia liberal moderna no surgió porque el ser humano se haya vuelto moralmente superior. Surgió precisamente porque la experiencia histórica enseñó que el poder ilimitado tiende inevitablemente a expandirse.
Por eso aparecieron:
constituciones;
división de poderes;
libertad de expresión;
alternancia política;
derechos individuales;
justicia independiente.
Todas estas instituciones fueron mecanismos diseñados para contener a Zaratustra.
Cultura y civilización
Pero las instituciones por sí solas no bastan.
La democracia no funciona automáticamente. Requiere cultura cívica. Requiere individuos capaces de:
respetar normas;
cooperar;
aceptar límites;
confiar unos en otros;
y subordinar parcialmente sus impulsos individuales al bien común.
Por eso algunas sociedades logran construir democracias estables y otras no. Porque el verdadero desarrollo no es únicamente económico. Es cultural.
La civilización es, en gran medida, el proceso mediante el cual los seres humanos aprenden a contener voluntariamente parte de sus propios instintos para convivir bajo reglas impersonales.
Sin esa cultura, las instituciones se vacían rápidamente y el poder vuelve a concentrarse alrededor de líderes fuertes, caudillos o estructuras autoritarias.
La nueva Guerra Fría
Durante el siglo XX se creyó que la Guerra Fría enfrentaba capitalismo y comunismo. Pero el conflicto actual parece mucho más profundo.
La rivalidad entre China y Occidente ya no gira verdaderamente alrededor del comunismo clásico. China dejó atrás hace tiempo el igualitarismo maoísta. Su sistema actual combina:
capitalismo productivo;
planificación estatal;
nacionalismo;
tecnocracia;
y autoritarismo político.
La nueva Guerra Fría tampoco se define principalmente por armas nucleares. El poder moderno depende de:
tecnología;
inteligencia artificial;
cadenas industriales;
energía;
infraestructura;
y capacidad productiva.
Pero detrás de esa competencia económica existe una cuestión mucho más profunda: ¿qué modelo de civilización dominará el siglo XXI?
China representa un desafío histórico porque demuestra que una sociedad puede:
industrializarse;
innovar;
alcanzar enorme poder económico;
y desarrollar tecnología avanzada, sin liberalización política profunda.
Y allí aparece la gran inquietud.
Si un modelo autoritario tecnocrático logra demostrar que puede ofrecer:
prosperidad;
estabilidad;
orden;
eficiencia;
y liderazgo global, muchos países podrían concluir que las libertades liberales y los límites institucionales al poder no son realmente necesarios para el desarrollo.
El riesgo de una Nueva Edad Media
La amenaza no sería un regreso literal al medievo. La humanidad no olvidará la ciencia ni volverá a castillos feudales. La nueva Edad Media sería mucho más sofisticada y peligrosa: un mundo tecnológicamente avanzado pero políticamente regresivo.
Un mundo donde:
el individuo vuelva a quedar subordinado completamente al Estado;
la vigilancia digital sustituya la libertad;
el poder se vuelva incuestionable;
la crítica desaparezca progresivamente;
y la autoridad concentre nuevamente atributos casi sagrados.
La tecnología moderna podría incluso potenciar este fenómeno. Inteligencia artificial, control algorítmico, vigilancia masiva y monopolio de datos podrían permitir niveles de control social mucho mayores que cualquier tiranía histórica anterior.
Y aquí reaparece Zaratustra.
Porque ningún sistema político elimina realmente la naturaleza humana. El deseo de poder, dominación y permanencia sigue existiendo. Las burocracias también desarrollan ego. Los Estados también buscan autoconservarse. Los líderes raramente renuncian voluntariamente al poder acumulado.
Por eso el verdadero progreso humano siempre fue frágil.
La libertad política no es el estado natural de la humanidad. Es una construcción cultural excepcional, desarrollada lentamente durante siglos mediante aprendizaje institucional, cooperación social y limitación racional del poder.
La lucha histórica del siglo XXI
La gran disputa contemporánea no parece ser entre izquierda y derecha, ni entre capitalismo y comunismo.
La verdadera lucha histórica parece ser entre:
sociedades capaces de limitar el poder mediante instituciones y cultura cívica; y
sociedades donde el poder tiende nuevamente a concentrarse bajo estructuras tecnocráticas cada vez más sofisticadas.
El futuro dependerá de cuál de estos modelos logre demostrar mayor capacidad para:
sostener prosperidad;
mantener estabilidad;
conservar innovación;
y ofrecer sentido de orden social.
Pero por encima de todo, dependerá de si la humanidad es capaz de preservar el mayor logro de su historia: haber aprendido lentamente a convivir bajo instituciones impersonales sin necesitar permanentemente un poder absoluto que decida el destino de millones de personas.
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