El error de confundir al inmigrante con la inmigración
"Uno de los errores más frecuentes en el debate sobre inmigración consiste en confundir al inmigrante con la inmigración. El primero es un individuo; la segunda es un fenómeno colectivo. Y ambos deben analizarse con herramientas distintas."
La inmigración y el error de confundir al individuo con el colectivo
El debate sobre la inmigración se ha convertido en uno de los más trascendentes de nuestro tiempo. Sin embargo, tengo la impresión de que gran parte de la discusión pública contiene un error metodológico que impide analizar el fenómeno con la profundidad que merece.
Ese error consiste en confundir dos planos de análisis completamente distintos: el comportamiento individual y el comportamiento colectivo.
Quien haya tenido contacto personal con inmigrantes sabe que, en la inmensa mayoría de los casos, se encuentra con personas trabajadoras, respetuosas y de buenas intenciones. Esa experiencia suele ser real y merece ser reconocida.
El problema aparece cuando esa observación individual se utiliza para extraer conclusiones sobre un fenómeno colectivo.
Las ciencias sociales muestran que el comportamiento de un grupo no puede deducirse simplemente observando a algunos de sus integrantes. Cuando las personas actúan como parte de una comunidad intervienen factores que no aparecen en la relación interpersonal: identidades compartidas, normas culturales, incentivos políticos, liderazgos, dinámicas de grupo y procesos de transmisión cultural.
En otras palabras, la buena impresión que produce un inmigrante como individuo no permite, por sí sola, anticipar cómo evolucionará una comunidad numerosa desde el punto de vista político, institucional o cultural.
Ésta es la distinción que, a mi juicio, debería ocupar un lugar central en el debate.
No se trata de cuestionar la dignidad ni las intenciones de quienes emigran. Tampoco de sostener que toda inmigración produce efectos negativos. Se trata, simplemente, de reconocer que los fenómenos colectivos obedecen a reglas diferentes de las relaciones individuales.
Existe además otro aspecto que suele pasarse por alto.
Las personas no emigran dejando atrás su cultura. Emigran llevándola consigo. La verdadera cuestión es si esa cultura experimenta un proceso suficiente de integración cívica en la sociedad receptora.
Por integración cívica no entiendo el abandono de la identidad, la religión, el idioma familiar o las tradiciones. Me refiero a algo diferente y mucho más importante para el funcionamiento de una democracia: la incorporación de valores como el respeto por el Estado de derecho, la igualdad ante la ley, la confianza en las instituciones, la resolución pacífica de los conflictos, el rechazo de la corrupción y la aceptación de las reglas impersonales de convivencia.
Cuando ese proceso de integración ocurre, la inmigración puede convertirse en una enorme fuente de enriquecimiento humano y económico.
Pero si ese proceso no se produce, o se produce muy lentamente, la situación cambia. Una comunidad suficientemente numerosa puede conservar durante generaciones patrones culturales y políticos propios del país de origen. Si esos patrones son incompatibles con las instituciones del país receptor, el problema deja de ser individual para transformarse en colectivo.
Ésta no es una conclusión; es una hipótesis que merece ser investigada con datos y sin prejuicios.
El error sería ignorarla.
Durante demasiado tiempo, parte del debate ha oscilado entre dos extremos igualmente equivocados.
Unos juzgan al individuo por pertenecer a un determinado grupo.
Otros creen que la experiencia positiva con individuos concretos basta para descartar cualquier riesgo asociado a procesos colectivos de gran escala.
Ambas posiciones cometen el mismo error intelectual: extrapolan indebidamente conclusiones de un nivel de análisis a otro.
Quizá haya llegado el momento de introducir una regla metodológica sencilla para abordar la inmigración:
Toda evaluación de un proceso migratorio debe distinguir claramente entre la integración individual de las personas y los efectos que pueden surgir cuando comunidades culturalmente diferenciadas alcanzan una dimensión colectivamente relevante.
Separar ambos planos no implica condenar la inmigración.
Implica, simplemente, analizarla con el mismo rigor que exigimos para cualquier otro fenómeno social.
Las democracias no deberían diseñar sus políticas públicas ni desde el miedo ni desde el idealismo.
Deberían hacerlo desde la comprensión de cómo interactúan la cultura, las instituciones y el comportamiento colectivo.
Porque, en ocasiones, los mayores errores políticos no nacen de observar mal la realidad, sino de observar correctamente una parte de ella y creer, equivocadamente, que esa parte explica el todo.
Creo que este texto tiene una virtud importante: el foco no está puesto en un grupo concreto de inmigrantes, sino en un principio de análisis. Eso hace que la discusión se desplace desde las personas hacia la metodología con la que evaluamos un fenómeno social. A mi juicio, esa formulación fortalece el argumento y facilita que sea debatido por quienes piensan distinto sin que puedan descartarlo simplemente como una generalización sobre un colectivo.
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