China y las democracias: una amenaza que Zaratustra nos permite anticipar

Copio un escrito del amigo IA que además de interpretar correctamente mi construcción ideológica y, por suerte, coincidir con ella aunque siempre toma precauciones cuando considera que mis predicciones o conclusiones no tienen suficiente sustento para considerarse comprobable.
En ésta oportunidad examinamos los eslabones que se van cumpliendo, uno a uno, de las advertencias que busco difundir en el post https://razonvsinstinto.blogspot.com/2018/04/la-nueva-guerra-fria-desarrollo-vs.html.
Falta cumplirse el último eslabón que aún no es demostrable que pueda estar desarrallondose y por éso el amigo IA lo pone como un "eslabón a cumplirse" pero que al incluir a Zaratustra en el análisis, las posibilidades de que también éste eslabón se haga realidad son muy elevadas.
Veamos:

China, Europa y Zaratustra: los eslabones de una advertencia que comienza a cumplirse

La competencia industrial, la convergencia salarial, los conflictos sociales y la naturaleza humana como claves para comprender una posible transformación del orden mundial.

Una advertencia escrita ocho años atrás

Hace aproximadamente ocho años publiqué una advertencia sobre las consecuencias que podría tener para las democracias desarrolladas, especialmente las europeas, el extraordinario crecimiento industrial y tecnológico de China.

Mi preocupación no se limitaba a la competencia comercial. Imaginaba un proceso mucho más profundo, capaz de comprometer progresivamente el bienestar económico, la estabilidad social y, finalmente, las propias instituciones democráticas.

Advertía entonces que las economías desarrolladas podrían verse obligadas a reducir progresivamente determinados beneficios sociales, desencadenando protestas y conflictos cada vez más difíciles de administrar.

En aquel momento China todavía no había alcanzado el desarrollo tecnológico e industrial que exhibe actualmente.

Hoy, al observar su avance y las crecientes dificultades económicas y sociales de Europa, considero necesario revisar aquella advertencia.

No porque todos sus desenlaces se hayan cumplido. No sería correcto afirmarlo.

Sino porque varios de los mecanismos que entonces imaginaba ya pueden identificarse y porque existe un último eslabón, todavía imposible de demostrar mediante hechos consumados, cuya aparición considero particularmente predecible desde mi construcción sobre la naturaleza humana.

Me refiero a Zaratustra.

Primer eslabón: China descubre cómo estimular la ambición productiva

El extraordinario desarrollo chino no puede comprenderse únicamente mediante sus bajos salarios, su enorme población o la intervención estatal.

China logró algo mucho más importante: construir una organización económica que permitió expresar intensamente una de las pulsiones más poderosas de nuestra naturaleza humana.

La ambición.

En mi construcción ideológica denomino Zaratustra a esa pulsión primitiva que nos impulsa a destacar nuestro ego mediante la comparación con los demás.

Una de sus manifestaciones nos impulsa a progresar, superar, conquistar, acumular riqueza, reconocimiento y poder.

La otra puede expresarse mediante la envidia y el resentimiento, buscando reducir la superioridad ajena.

La primera, cuando encuentra incentivos adecuados, puede convertirse en uno de los motores más extraordinarios del progreso humano.

Y eso es precisamente lo que China comprendió al abandonar buena parte de las restricciones económicas del socialismo tradicional.

Permitió el enriquecimiento personal, la competencia empresarial, la inversión privada y la acumulación de capital, conservando simultáneamente un enorme poder de dirección estatal.

No eliminó a Zaratustra. Aprendió a canalizarlo hacia la producción.

Naturalmente, la ambición no explica por sí sola el desarrollo chino. También intervinieron la educación, la infraestructura, la apertura comercial, la transferencia tecnológica, el ahorro, la organización industrial y múltiples decisiones políticas.

Pero los incentivos económicos permitieron movilizar millones de decisiones individuales hacia actividades productivas.

El primer eslabón consiste en haber convertido la ambición individual en una poderosa herramienta de acumulación industrial y tecnológica.

Segundo eslabón: multiplicar las industrias estratégicas

China no se conformó con convertirse en la fábrica mundial de productos baratos.

Comprendió que el verdadero poder económico se encuentra en las actividades que concentran tecnología, productividad, conocimiento y capacidad de innovación.

Y comenzó a desarrollar deliberadamente esas actividades.

Automóviles, baterías, maquinaria avanzada, robótica, semiconductores, telecomunicaciones, inteligencia artificial, biotecnología, equipamiento médico, energías renovables y numerosos sectores adicionales.

La selección no es casual.

Se trata, en gran medida, de las industrias que permitieron a las economías desarrolladas alcanzar niveles extraordinarios de productividad y pagar salarios considerablemente superiores a los de los países menos desarrollados.

Aquí aparece una diferencia fundamental respecto de la competencia industrial de décadas anteriores.

Cuando China fabricaba principalmente productos sencillos, Europa conservaba una ventaja considerable en las manufacturas tecnológicamente complejas.

Pero cuando China comienza a producir vehículos, maquinaria, equipos industriales y tecnologías avanzadas de calidad comparable, aquella división internacional del trabajo empieza a desaparecer.

Y el gobierno chino continúa ampliando las áreas consideradas estratégicas.

¿Por qué?

Porque dominar un número creciente de actividades tecnológicas permite multiplicar la riqueza, reducir dependencias externas y aumentar la influencia internacional.

Además, cuando el Estado ofrece financiación, infraestructura, mercados y otras ventajas a esas actividades, estimula la ambición empresarial precisamente donde considera más conveniente.

El segundo eslabón consiste en dirigir una parte importante de la ambición productiva hacia las industrias que sostienen el poder económico de las naciones desarrolladas.

En el post referido cuando menciono las "nuevas armas de influencia, dominación y conquista" me refiero precisamente a éstas corporaciones industriales de producción e innovación de productos de alta tecnologías. Armamento que a los países incapaces de lograr un suficiente nivel de organización les resulta muy difícil obtenerlas (tal vez más difícil aún que conseguir construir una bomba nuclear)

Tercer eslabón: la convergencia salarial y la pérdida de competitividad europea

Durante décadas, Europa pudo mantener salarios elevados porque sus empresas producían bienes y servicios de alta productividad que muchos países no estaban en condiciones de ofrecer.

Pero esa ventaja comienza a reducirse cuando China desarrolla capacidades tecnológicas equivalentes conservando ventajas de costos, escala industrial y organización productiva.

No es necesario que los salarios europeos disminuyan nominalmente.

Puede bastar con que sus remuneraciones reales crezcan lentamente mientras aumentan los costos esenciales de vida y las empresas enfrentan dificultades para conservar mercados.

Es lo que en otras oportunidades he denominado el proceso de convergencia salarial.

Una convergencia que no necesariamente se produce mediante una mejora generalizada del bienestar, sino que puede manifestarse mediante el estancamiento relativo de las remuneraciones de los países desarrollados.

Naturalmente, los salarios no dependen exclusivamente de la competencia internacional. La productividad, la organización económica, los impuestos, la energía y numerosas circunstancias internas también intervienen.

Y tampoco es inevitable que Europa deba empobrecerse.

Podría responder mediante mayores inversiones, innovación, automatización y mejoras de productividad.

Pero aquí aparece una dificultad que considero decisiva.

Europa podría conservar los conocimientos y recursos necesarios para competir y, sin embargo, carecer de la capacidad política e institucional para realizar las transformaciones requeridas.

Sus estructuras regulatorias, sus compromisos fiscales, los intereses establecidos y la resistencia social a determinadas reformas pueden dificultar una adaptación suficientemente rápida.

Mientras tanto, China continúa avanzando.

El problema no consiste solamente en que Europa deba mejorar su productividad.

Consiste en que necesita hacerlo a una velocidad suficiente para competir con otra economía que también continúa mejorando.

El mayor obstáculo que encuentro para que Europa pueda realizar los cambios que necesita es la presión fiscal. Es muy difícil salir de ésa trampa para crear las condiciones necesarias que necesita Zaratustra para expresarse en su máximo potencial.


Cuarto eslabón: los conflictos sociales

Este es uno de los puntos centrales de mi advertencia original.

Las sociedades europeas construyeron durante décadas sistemas de bienestar que sus ciudadanos consideran conquistas permanentes.

Jubilaciones, salud, educación, asistencia social, protección laboral y numerosos beneficios que requieren recursos económicos importantes.

Mientras la productividad y los ingresos crecen suficientemente, esas estructuras pueden sostenerse.

Pero cuando el crecimiento se debilita, la situación cambia.

Los gobiernos encuentran mayores dificultades para satisfacer las demandas sociales, mientras los ciudadanos experimentan una creciente presión sobre su poder adquisitivo.

El costo de vida se convierte en una preocupación central.

Y aparecen las protestas.

No sería riguroso atribuir los conflictos sociales europeos actuales principalmente a China. La inflación, la vivienda, la energía, las decisiones fiscales y numerosos factores internos tienen una influencia considerable.

Pero la competencia industrial china puede añadir una presión estructural persistente sobre economías que ya enfrentan dificultades importantes.

Y aquí aparece una contradicción particularmente peligrosa.

Las reformas necesarias para recuperar competitividad pueden exigir esfuerzos y sacrificios inmediatos.

Sin embargo, cuanto mayor es el descontento social, más difícil resulta obtener el apoyo político necesario para realizarlas.

Se configura así un posible círculo vicioso:

La pérdida de competitividad debilita el crecimiento económico.

El menor crecimiento dificulta satisfacer las expectativas sociales.

La frustración alimenta las protestas y la polarización.

Y la polarización dificulta las reformas necesarias para recuperar competitividad.

El cuarto eslabón consiste en que una dificultad económica progresiva puede transformarse en una dificultad política cada vez más difícil de resolver.

Este es precisamente el proceso que temía cuando escribí aquella advertencia.

Quinto eslabón: de la superioridad industrial al poder de influencia

Pero la competencia china contiene otra dimensión, posiblemente más importante que la estrictamente económica.

Una nación que domina industrias estratégicas no solamente acumula riqueza.

También adquiere capacidad para influir sobre otras naciones.

Cuando un país depende de otro para obtener determinados componentes, tecnologías, medicamentos, equipos industriales, minerales o sistemas de comunicación, esa dependencia puede transformarse en un instrumento de presión.

No se trata de una posibilidad exclusivamente china.

Las grandes potencias democráticas también han utilizado históricamente su superioridad económica y tecnológica para obtener ventajas políticas.

Sin embargo, existe una diferencia institucional importante.

En una democracia, las decisiones de los gobernantes están sujetas, aunque imperfectamente, a controles parlamentarios, judiciales, electorales y de la opinión pública.

En una dictadura, esos mecanismos independientes son considerablemente más débiles o inexistentes.

Por eso no resulta equivalente depender estratégicamente de una democracia con instituciones de control que hacerlo de un régimen autoritario cuyo poder político puede orientar directamente las decisiones empresariales.

China ya ha demostrado que puede utilizar instrumentos económicos para ejercer presión diplomática y política sobre otros países.

Por lo tanto, la posibilidad de que una creciente superioridad industrial termine ampliando su capacidad de influencia no es una fantasía.

El quinto eslabón consiste en transformar el predominio productivo y tecnológico en capacidad de condicionamiento político.

Hasta aquí encontramos procesos económicos y políticos observables, aunque su intensidad y sus consecuencias futuras continúan siendo inciertas.

He allí las nuevas y más modernas armas de influencia, dominación y conquista 

Pero falta el último eslabón.

Y es precisamente aquel que considero más importante.

Sexto eslabón: Zaratustra y la ambición de supremacía

Llegamos al punto en el que los hechos actuales ya no pueden demostrar completamente lo que podría suceder.

¿Utilizará China una eventual supremacía económica y tecnológica para imponer su voluntad sobre otras naciones y debilitar sus instituciones democráticas?

No existe una demostración concluyente de que ese sea el objetivo final de su estrategia industrial.

Pero aquí aparece Zaratustra.

Y con él, la experiencia de miles de años de historia humana.

Los grandes imperios y potencias que alcanzaron posiciones de superioridad rara vez renunciaron voluntariamente a utilizarlas para ampliar su influencia.

Roma, las monarquías imperiales, las potencias coloniales, la Unión Soviética y Estados Unidos, con organizaciones políticas y métodos muy diferentes, utilizaron sus capacidades económicas, militares y tecnológicas para defender y ampliar sus intereses.

¿Por qué deberíamos suponer que los dirigentes chinos serían inmunes a las mismas pulsiones humanas?

Más aún, China posee una característica histórica particularmente significativa.

Durante generaciones, su narrativa nacional ha conservado la memoria de las humillaciones sufridas frente a las potencias extranjeras.

Esa memoria puede alimentar una aspiración legítima de recuperar prosperidad, autonomía y reconocimiento.

Pero también puede convertirse en combustible para las dos manifestaciones de Zaratustra.

La ambición de superar a quienes alguna vez fueron superiores.

Y el resentimiento frente a quienes alguna vez impusieron su voluntad.

La combinación de ambas pulsiones puede resultar extraordinariamente poderosa.

Primero se busca dejar de ser inferior.

Después alcanzar la igualdad.

Más tarde, conquistar la superioridad.

Y finalmente, utilizar esa superioridad para consolidarla y ampliar el poder adquirido.

No afirmo que esta secuencia sea inevitable ni que todos los dirigentes chinos compartan las mismas motivaciones.

Tampoco debemos olvidar que Zaratustra actúa en los dirigentes de las democracias y puede impulsarlos a conservar privilegios y posiciones de predominio.

Pero existe una diferencia decisiva: la concentración del poder político puede reducir los mecanismos institucionales capaces de contener las ambiciones de quienes gobiernan.

Mi hipótesis es que, si China alcanza una posición de supremacía industrial y tecnológica suficiente para condicionar políticamente a otras naciones, resultaría extraordinariamente imprudente esperar que sus dirigentes renuncien voluntariamente a utilizarla.

No necesito suponer que todos ellos sean malvados ni que exista un plan secreto perfectamente diseñado.

Basta con reconocer la persistencia de las pulsiones humanas y la tendencia histórica de quienes acumulan poder a utilizarlo para alcanzar nuevas posiciones de superioridad.

Ese es el eslabón que Zaratustra permite anticipar.

No como una demostración matemática de un acontecimiento futuro, sino como una hipótesis de riesgo sustentada en un mecanismo humano recurrente.

Acá vale mencionar el fenómeno reciente sucedido con el futbolista Mbappe. No solamente se hizo evidente el poder de influencia actual del régimen chino sino también la debilidad demostrada con su reacción a la presión de uno de los países más ricos de Europa. Reacción que en mi país lo conocemos con la frase "se bajaron los pantalones"

Séptimo eslabón: la posible Nueva Edad Media

Si los procesos anteriores continuaran desarrollándose, podríamos encontrarnos ante una transformación histórica de enorme importancia.

Una potencia autoritaria podría adquirir suficiente superioridad económica y tecnológica para condicionar progresivamente las decisiones de numerosas democracias.

Estas, debilitadas por conflictos sociales, dificultades fiscales, pérdida de competitividad y creciente dependencia industrial, podrían encontrar cada vez más difícil resistir las exigencias de aquella potencia.

Pero existe una posibilidad todavía más preocupante.

Que los propios ciudadanos y dirigentes de las democracias comiencen a considerar sus instituciones como un obstáculo para competir con sistemas autoritarios capaces de adoptar decisiones rápidas e imponer sacrificios económicos.

En ese escenario, el deterioro de la competitividad podría terminar afectando la legitimidad de la democracia.

Y algunos dirigentes podrían encontrar atractiva la posibilidad de concentrar poder político para superar las limitaciones institucionales que dificultan sus proyectos.

Nuevamente, Zaratustra.

La ambición de quienes desean gobernar sin restricciones.

El resentimiento de quienes buscan responsables de sus frustraciones.

Y la utilización instrumental de la razón para justificar decisiones que, en última instancia, pueden estar impulsadas por esas pulsiones.

No sería necesario que China conquistara militarmente Europa ni que impusiera directamente gobiernos dictatoriales.

Podría bastar con que su superioridad económica contribuyera a debilitar las condiciones que permiten sostener democracias estables y prósperas.

Naturalmente, ese desenlace no está demostrado ni es inevitable. Las democracias poseen capacidades de adaptación, cooperación y renovación que la historia también ha demostrado.

Pero el riesgo merece ser considerado.

A esta posibilidad me refería cuando, años atrás, utilizaba la expresión Nueva Edad Media.

No imaginaba un regreso literal a las instituciones medievales.

Me refería a un posible retroceso histórico de las libertades, de los límites al poder, de la autonomía de los ciudadanos y de los principios que permitieron construir las democracias modernas.

Un mundo tecnológicamente extraordinario, pero políticamente menos libre.


La advertencia final

Después de revisar estos eslabones, considero que mi preocupación original conserva su vigencia.

China ha demostrado una capacidad extraordinaria para movilizar recursos, estimular inversiones y desarrollar industrias estratégicas.

Su expansión ya representa una competencia importante para sectores fundamentales de las economías europeas.

Europa enfrenta dificultades estructurales para recuperar competitividad, mientras sus sociedades manifiestan crecientes tensiones vinculadas al costo de vida y al sostenimiento de sus expectativas de bienestar.

La expansión tecnológica china también puede aumentar las dependencias económicas y la capacidad de influencia internacional de su gobierno.

Hasta aquí podemos encontrar hechos, tendencias y mecanismos observables, aunque todavía no sea posible atribuir a China la responsabilidad principal de los conflictos sociales europeos.

Lo que permanece sin demostrar es que su objetivo final consista en debilitar las democracias para alcanzar una posición de dominación política.

Pero ese es precisamente el punto en el que considero indispensable incorporar a Zaratustra.

Porque la historia humana nos enseña que la acumulación de poder rara vez conduce espontáneamente a la renuncia a ejercerlo.

Y porque los dirigentes chinos no son seres humanos diferentes de quienes gobernaron los grandes imperios del pasado.

Están sujetos a las mismas pulsiones de ambición, superioridad y resentimiento que tantas veces condicionaron el destino de las civilizaciones.

La diferencia es que hoy esas pulsiones podrían disponer de instrumentos tecnológicos, industriales y económicos de una potencia nunca antes conocida.

El peligro no consiste simplemente en que China llegue a ser la primera potencia mundial. Consiste en que las democracias permitan que esa supremacía se transforme en una capacidad de dominación frente a la cual ya no puedan defender su autonomía.

No sabemos si ese escenario llegará a concretarse.

Pero tampoco necesitamos esperar a que ocurra para reconocer sus riesgos.

De eso se trata una advertencia.

Y de eso se trata mi insistencia en comprender a Zaratustra: reconocer las pulsiones que nos gobiernan para construir instituciones capaces de aprovechar su extraordinaria capacidad creadora y contener sus consecuencias destructivas.

Porque la historia del progreso humano no es solamente la historia de nuestra inteligencia.

Es también la historia de nuestra capacidad, todavía insuficiente, para gobernar nuestros propios instintos.

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