China, Europa y una advertencia escrita 8 años atrás


En el año 2018 publiqué la entrada “La nueva Guerra Fría. Desarrollo vs subdesarrollo. Occidente vs Oriente. Posmodernidad vs Medioevo”, en la que alertaba sobre el riesgo al que podían quedar expuestas las democracias ante el avance y crecimiento de China.

El riesgo, llevado a un caso extremo, era el de caer en una nueva Edad Media, entendida no como una vuelta literal al medioevo, obviamente, sino como una regresión global hacia el autoritarismo. Utilicé entonces, de manera descriptiva, el sistema de servidumbre que de alguna manera aún persistía en China para potenciar la idea.

La preocupación partía de algo que hoy resulta mucho más evidente que entonces: la confrontación entre un conjunto de países dictatoriales y las democracias desarrolladas. China, Rusia, Irán, Corea del Norte y sus aliados de un lado; la Unión Europea, Estados Unidos, Canadá, Australia, Japón, Corea del Sur y sus aliados del otro.

Después de un recorrido por la historia, intentaba mostrar en aquel post la enorme relevancia que tiene la evolución de las culturas. Algunas consiguieron desarrollar suficientes elementos de integración cívica como para construir y sostener democracias. Otras permanecieron estancadas en culturas que, junto al amigo IA, hemos denominado anómicas: culturas con enormes dificultades para construir un Estado en el que los propios ciudadanos sean capaces de organizarse sin necesidad de recurrir a un soberano todopoderoso para mantener un mínimo nivel de orden y organización.

En estas últimas sociedades resulta extremadamente difícil desarrollar un capitalismo capaz de redistribuir una parte importante de los ingresos mediante servicios públicos esenciales —salud universal, retiro laboral, educación gratuita, derechos laborales e incluso participación de los trabajadores en las empresas privadas— y hacerlo de manera sostenible dentro de un marco institucional eficiente, democrático o no.

Existen cientos de experiencias que terminan desembocando en los conocidos populismos, frecuentemente acompañados por niveles enormes de corrupción e incapaces finalmente de brindar posibilidades sostenidas de progreso a sus sociedades.

Pero aparece un actor clave: China.

China emprende un proceso que, partiendo de una cultura anómica, no resulta completamente novedoso. Japón y Corea del Sur utilizaron en determinadas etapas políticas de desarrollo dirigidas fuertemente desde el Estado. Pero China cuenta con dos características extraordinarias: un poder autoritario sólidamente establecido y una población de más de 1.300 millones de habitantes.

Ese poder advirtió que el secreto del éxito económico requería desplegar todo el potencial del instinto que en este blog conocemos como Zaratustra, una de cuyas principales expresiones es la ambición o codicia.

La famosa frase atribuida a Deng Xiaoping —“No importa de qué color sea el gato, lo importante es que cace ratones”— podía interpretarse, desde la perspectiva que intento desarrollar en este blog, de una manera bastante sencilla:

no importa demasiado el instrumento; lo importante es que la economía crezca.

Capitalismo, enriquecimiento individual, desigualdad, salarios muy bajos o enormes diferencias patrimoniales podían ser tolerados mientras permitieran conseguir aquel objetivo.

Y eso hicieron.

Crearon las condiciones para que cuanto individuo ambicioso existiera en China y estuviera dispuesto a emprender, producir y enriquecerse encontrara un Estado dispuesto a facilitarle el camino, siempre que su actividad contribuyera al objetivo general de crecimiento y fortalecimiento económico.

El riesgo que planteaba entonces aparecía si ese sistema conseguía desarrollarse económicamente sin desembocar posteriormente en una democracia acompañada por un elevado nivel de vida y una distribución de los ingresos semejante a la de los países desarrollados.

China podía no repetir la evolución de Japón o Corea del Sur. Su enorme población, su historia política y las características de su cultura hacían que esa transformación estuviera lejos de estar garantizada.

Y si no ocurría, competir contra semejante estructura productiva podía resultar extraordinariamente difícil para los países desarrollados, hasta el punto de someterlos a presiones económicas, sociales y políticas cada vez más complicadas de resolver, especialmente a aquellos que habían construido los generosos Estados de bienestar europeos.

Pasaron ocho años.

Hace unos días, una conversación con el amigo IA comenzó con algo aparentemente bastante alejado de aquella entrada: las dificultades de Francia ante una participación extraordinariamente elevada del Estado en la economía, una deuda pública cada vez más difícil de manejar y una economía con serias dificultades para crecer.

Una cuestión llevó a la otra.

Francia nos llevó a Europa.

Europa a China.

China a la competitividad.

La competitividad a los salarios.

Los salarios a la desigualdad.

Y la desigualdad nuevamente a la democracia.

Fue entonces cuando recordé aquel escrito de 2018 y se lo transcribí completo.

Vale aquí una aclaración que desarrollé posteriormente en otra entrada: quizá no debamos hablar estrictamente de una “nueva” Guerra Fría, sino de una continuación, bajo otras condiciones, de la anterior. El gran bloque autoritario comprendió que con el comunismo difícilmente podía competir económicamente contra el capitalismo y China encontró otra posibilidad: utilizar precisamente al capitalismo como instrumento de desarrollo y poder.

Pero antes de continuar quiero reproducir los últimos párrafos de aquel escrito de 2018, porque permitirán comprender mejor lo que sigue:

“Entonces, tarde o temprano, los países desarrollados deberán ir abandonando beneficios sociales hasta poner en riesgo la estabilidad social por el inevitable surgimiento de protestas inacabables y desestabilizantes que en cualquier gobierno democrático [...] ante situaciones como éstas se desencadenarán.

Ese será el primer paso hacia una nueva Edad Media [...] Europa, Japón y EEUU no se podrán permitir quedar rezagados en la producción y mejoramiento de las armas de dominación. Al punto que se deberán plantear obligadamente, si este escenario se presenta, la necesidad de adoptar el mismo o similar sistema económico de los subdesarrollados. Competir con salarios. Incluso al límite de desentenderse de la democracia si la situación de vulnerabilidad ante semejante oponente lo hace necesario. Entonces, una nueva Edad Media habrá comenzado.”

Aquello fue escrito en 2018.

Finalmente, al amigo IA se le ocurrió hacer algo que me pareció particularmente interesante: tomar aquella advertencia y enfrentarla con lo ocurrido durante los ocho años siguientes.

No para intentar demostrar que la predicción era correcta.

Sino para hacer algo bastante más útil:

comprobar qué partes resistieron el paso del tiempo, cuáles fueron equivocadas o necesitan ser corregidas y, sobre todo, preguntarnos si los acontecimientos ocurridos desde entonces aumentaron o disminuyeron la probabilidad del escenario que intentaba advertir.

Y apareció además una consecuencia que en 2018 no había advertido.

Si China consiguiera converger tecnológicamente con Europa sin que sus salarios y su distribución de los ingresos convergieran en la misma proporción, la presión sobre Europa podría terminar produciendo una convergencia inesperada.

No solamente salarial.

También de desigualdad.

En un nivel inferior, seguramente.

Pero convergencia al fin.

El resultado de enfrentar aquella predicción de 2018 con los datos disponibles ocho años después es el escrito que comparto a continuación 



Ocho años después: la nueva Guerra Fría ya no es una hipótesis

Una predicción de 2018, los datos de 2026 y una consecuencia que entonces no había advertido

En noviembre de 2018 publiqué en este blog un escrito titulado “La nueva Guerra Fría. Desarrollo vs subdesarrollo. Occidente vs Oriente. Posmodernidad vs Medioevo”.

La confrontación entre China y Occidente comenzaba a hacerse visible, pero estaba lejos de alcanzar la claridad que tiene actualmente.

Mi preocupación, sin embargo, no era fundamentalmente militar.

Sostenía que las verdaderas armas de dominación del mundo moderno estaban dejando de ser las tradicionales. Las grandes corporaciones, la capacidad productiva, la tecnología y el control económico podían resultar instrumentos de poder mucho más eficaces que la pólvora.

China parecía haber comprendido algo que la Unión Soviética nunca terminó de comprender.

No era necesario derrotar al capitalismo.

Había que utilizarlo.

Ocho años después creo que vale la pena hacer algo que pocas veces hacemos con nuestras propias predicciones:

volver atrás y enfrentarlas con los hechos.

Y para evitar en lo posible uno de nuestros defectos más humanos —encontrar siempre argumentos para demostrar que teníamos razón— decidí hacerlo acompañado por una inteligencia artificial con acceso a una cantidad de información que obviamente yo no poseía en 2018.

El resultado me parece suficientemente inquietante como para volver sobre aquella advertencia.

La pregunta que quedó escrita en 2018

En aquel texto describía el extraordinario avance chino en industrias sencillas y escribí:

“Por suerte, no sucede, aún, lo mismo en armas de ‘grueso calibre’ como las de alta tecnología. ¿Continuará así?”

Hoy conocemos la respuesta.

No.

China dejó hace tiempo de ser simplemente la fábrica de productos baratos del planeta.

Automóviles eléctricos, baterías, paneles solares, telecomunicaciones, maquinaria, electrónica, inteligencia artificial, infraestructura energética y numerosos sectores de tecnología media y alta muestran una realidad completamente diferente.

El Banco Central Europeo viene advirtiendo precisamente sobre este fenómeno.

China ya no compite solamente gracias a menores costes. Compite crecientemente en los mismos sectores tecnológicos en los que Europa encontraba la productividad necesaria para justificar salarios muy superiores.

Éste es probablemente el cambio fundamental ocurrido desde aquel escrito.

Porque mientras un trabajador chino barato producía bienes tecnológicamente sencillos y un trabajador europeo caro producía bienes mucho más sofisticados, ambos podían convivir.

Pero si comienzan a producir bienes comparables manteniendo enormes diferencias salariales, aparece inevitablemente una pregunta:

¿cuánto tiempo puede mantenerse esa diferencia?

La guerra también cambió sus armas

En 2018 llamaba a las corporaciones multinacionales las nuevas armas de dominación.

Hoy ampliaría el concepto.

Probablemente deberíamos llamarlas armas geoeconómicas.

Corporaciones.

Tecnología.

Patentes.

Semiconductores.

Minerales críticos.

Baterías.

Energía.

Puertos.

Infraestructura.

Financiamiento.

Cadenas de suministro.

Estándares industriales.

Capacidad productiva.

Quien controla elementos esenciales para que los demás puedan producir adquiere poder sobre ellos sin necesidad de movilizar un solo soldado.

China desarrolló durante estas décadas una formidable capacidad en muchos de esos terrenos.

Y la confrontación que en 2018 todavía podía discutirse como hipótesis hoy es explícita.

Estados Unidos restringe tecnología china.

China restringe materiales estratégicos.

Europa intenta reducir dependencias.

Los gobiernos subsidian industrias consideradas esenciales.

Se levantan aranceles.

Se reorganizan cadenas de suministro.

La globalización encontró obstáculos que en 2018 probablemente subestimé.

Pero no creo que eso invalide aquella intuición fundamental.

Puede fragmentarse.

Puede ralentizarse.

Puede organizarse parcialmente alrededor de bloques.

Pero resulta extraordinariamente difícil desmontar la integración productiva, tecnológica y financiera construida durante décadas.

La competencia continuará.

Y ése es precisamente el problema.

Algo que China consiguió y algo que no ocurrió

En 2018 planteaba dos posibilidades.

China podía utilizar su particular combinación de capitalismo y autoritarismo para desarrollar grandes corporaciones capaces de competir con las occidentales.

O podía finalmente seguir un camino parecido al de Corea del Sur: después del desarrollo económico, avanzar también hacia una transformación institucional y política.

La primera posibilidad ocurrió de manera extraordinaria.

La segunda, hasta ahora, no. Y todo parece indicar de que no sucederá.

China consiguió producir empresas globales y alcanzar niveles tecnológicos que hace apenas dos décadas parecían muy lejanos.

Pero no convergió políticamente hacia las democracias occidentales.

Con Xi Jinping ocurrió más bien lo contrario: aumentó la concentración del poder político.

Y tampoco ocurrió completamente otra convergencia que muchos daban por supuesta.

La económica.

La convergencia que esperábamos

Durante décadas imaginamos una secuencia relativamente lógica.

China aumentaría productividad.

Sus salarios aumentarían.

Su enorme población consumiría cada vez más.

Su economía dependería menos de inversión y exportaciones.

Crecería una gran clase media.

Disminuirían progresivamente las diferencias económicas con Occidente.

Y quizá finalmente también aparecerían mayores demandas de participación política.

China terminaría aproximándose gradualmente al modelo de los países desarrollados.

Una parte ocurrió.

Otra todavía no.

Los salarios chinos crecieron y cientos de millones de personas mejoraron su nivel de vida.

Pero China continúa teniendo un consumo doméstico extraordinariamente bajo para su nivel de desarrollo, elevados niveles de ahorro, desigualdad importante, salarios aún muy inferiores a los de países desarrollados manteniendo cargas horarias excesivas y una estructura económica donde Estado, empresas e inversión conservan un peso enorme.

Y ahora aparece un problema adicional.

China está desacelerándose.

La paradoja del estancamiento chino

Intuitivamente podríamos creer que una China creciendo menos sería una buena noticia para Europa.

Podría ocurrir exactamente lo contrario.

Si el crecimiento chino disminuye mientras el consumo interno continúa débil, su gigantesca capacidad industrial necesita compradores.

Y esos compradores están fuera de China.

Si simultáneamente los salarios dejan de crecer mientras continúa aumentando la productividad mediante automatización, tecnología e innovación, China puede conservar durante mucho tiempo una formidable ventaja competitiva.

Entonces aparece una posibilidad paradójica:

el estancamiento chino puede aumentar la presión sobre Europa.

Una China creciendo menos puede necesitar exportar más agresivamente.

Y una China cuyos salarios convergen lentamente con los europeos puede mantener durante más tiempo su ventaja de costes.

Eso nos devuelve exactamente a la pregunta que formulé en 2018.

¿Quién tendrá que converger con quién?

Hace ocho años escribí que, llegado un determinado punto, los países desarrollados podrían verse obligados a:

“competir con salarios”.

Era una afirmación extraordinariamente especulativa.

Hoy continúa siendo una predicción.

Pero ya no parece tan remota.

Si dos trabajadores alcanzan productividades semejantes y uno cuesta varias veces más que el otro, alguna variable debe compensar la diferencia.

Europa puede hacerlo mediante mayor innovación.

Mejor calidad.

Marcas.

Propiedad intelectual.

Automatización.

Energía más barata.

Mayor eficiencia.

Nuevas tecnologías.

Y fundamentalmente aumentando productividad.

Ése sería el camino deseable.

Pero ¿qué ocurre si no consigue hacerlo suficientemente rápido o mejor aún, si no consigue hacerlo que es el escenario más probable?

Entonces el ajuste tendrá que aparecer en algún otro lugar.

Probablemente no veremos grandes reducciones nominales de salarios.

Las sociedades democráticas difícilmente las aceptarían.

El proceso puede ser mucho más lento y silencioso.

Salarios aumentando menos que los precios.

Menor crecimiento del poder adquisitivo.

Desaparición de determinados empleos industriales.

Traslado hacia sectores menos productivos.

Menores beneficios sociales.

Mayor presión tributaria.

Décadas de crecimiento mediocre, si lo hubiera.

Y lentamente comenzaría una convergencia que en 2018 imaginé fundamentalmente como convergencia salarial.

Pero conversando ahora con la inteligencia artificial apareció una consecuencia que entonces olvidé advertir.

La convergencia de la desigualdad

El capital y el trabajo no enfrentan este proceso en igualdad de condiciones.

El capital puede trasladarse.

Puede invertir en China.

En Estados Unidos.

En India.

Puede comprar acciones internacionales.

Puede automatizar.

Puede beneficiarse precisamente de los menores costes laborales de otros países.

El trabajador europeo tiene mucha menos capacidad para hacerlo.

Su salario depende en gran medida de la productividad y competitividad del lugar donde vive.

Por eso, si Europa debe realizar parte del ajuste mediante el trabajo, no necesariamente caerán simultáneamente y en igual proporción las rentas del capital.

Puede suceder algo mucho más problemático:

estancamiento del salario real acompañado por mantenimiento o crecimiento de determinadas rentas patrimoniales.

Entonces la presión competitiva externa comienza a producir una transformación interna.

Aumenta la desigualdad.

Y aparece una segunda convergencia.

China se aproxima a Europa tecnológicamente.

Europa comienza a aproximarse parcialmente a China distributivamente.

No hasta alcanzar sus mismos niveles.

Pero la distancia disminuye.

La convergencia ya no sería solamente salarial. También podría convertirse en una convergencia de la desigualdad: en un nivel inferior, seguramente, pero convergencia al fin.

Y aquí el problema deja de ser exclusivamente económico.

Francia permite imaginar el límite

Francia resulta particularmente interesante.

Su gasto público se encuentra alrededor del 57% del PIB.

Su presión tributaria está entre las mayores de los países desarrollados.

Su deuda pública supera ampliamente el 100% del PIB.

Simultáneamente perdió buena parte del peso industrial que tenía décadas atrás y su productividad muestra desde hace años un desempeño preocupante.

Durante mucho tiempo Europa pudo responder a las tensiones producidas por el capitalismo mediante una herramienta extraordinariamente exitosa:

redistribuir.

Impuestos.

Pensiones.

Salud.

Educación.

Subsidios.

Seguro de desempleo.

Servicios públicos.

El Estado de bienestar permitió combinar capitalismo con cohesión social.

Pero ¿qué sucede si la desigualdad, consecuencia de la adecuación a las exigencias que impone el sistema chino, comienza nuevamente a aumentar cuando ese Estado ya administra más de la mitad de la economía?

¿Subimos todavía más los impuestos?

¿Aumentamos nuevamente el gasto?

¿Seguimos incrementando deuda?

Existe margen.

Pero mínimo.

Podríamos entonces encontrarnos ante una situación política extraordinariamente complicada:

la necesidad social de redistribuir exactamente cuando disminuye la capacidad económica del Estado para hacerlo.

Y ahí vuelve a aparecer Zaratustra.

El problema nunca fue solamente económico

Un trabajador puede aceptar que otro gane muchísimo más cuando siente que su propia situación mejora.

Resulta mucho más difícil cuando lleva diez años prácticamente estancado.

Comienza la comparación.

Después la sensación de inferioridad.

Después la envidia.

Después el resentimiento.

Y finalmente la búsqueda de responsables.

El empresario.

El inmigrante.

El funcionario.

El rico.

El extranjero.

China.

Europa.

La izquierda.

La derecha.

El sistema.

Aquí comienza a aparecer aquello que en 2018 denominaba el riesgo de una nueva Edad Media.

No imaginaba necesariamente caballeros, castillos ni señores feudales.

Hablaba de involución política.

De que sociedades que tardaron siglos en construir instituciones capaces de limitar el poder pudieran comenzar a considerar esas mismas limitaciones un obstáculo.

El escenario extremo

En aquel escrito planteé incluso una posibilidad que merece ser aclarada.

Europa podría llegar a considerar necesario adoptar elementos del sistema de su competidor.

No porque los europeos repentinamente admiraran una dictadura.

Sino por agotamiento.

Imaginemos décadas de estancamiento.

Reformas necesarias que ningún gobierno consigue realizar.

Gobiernos que caen.

Protestas cada vez que se intenta modificar una prestación.

Deuda creciente.

Impuestos difíciles de aumentar.

Competitividad deteriorándose.

Un gobierno propone reformas.

La sociedad las bloquea.

Llega otro gobierno.

Ocurre nuevamente.

Hasta que alguien plantea una proposición peligrosísima:

“El problema es que este sistema no permite hacer lo que sabemos que debemos hacer.”

Entonces el autoritarismo puede dejar de presentarse como enemigo de la sociedad.

Puede presentarse como solución a la parálisis.

Éste es un escenario extremo.

No afirmo que Europa vaya hacia allí inevitablemente.

Pero precisamente porque sería extremo merece ser advertido antes de que resulte probable.

Y China tendría motivos para ayudar

Aquí aparece otro elemento que en 2018 intuía y que hoy podemos analizar mejor.

China no necesita provocar ninguna crisis europea.

Puede limitarse a esperar.

Pero una Europa económicamente estancada, socialmente dividida y políticamente polarizada sería extraordinariamente conveniente para el régimen chino.

Y paradójicamente, cuanto mayores fueran los problemas económicos internos de China, mayores podrían ser esos incentivos.

Durante décadas el Partido Comunista pudo legitimar su poder mediante una afirmación formidable:

“Miren cuánto hemos progresado.”

Una China estancada tendría más dificultades para utilizar ese argumento.

Pero podría utilizar otro:

“Miren cómo están ellos.”

Una democracia occidental desarrollada incapaz de solucionar sus problemas sería uno de los mejores instrumentos propagandísticos imaginables para un régimen autoritario.

China no necesitaría crear las fracturas.

Sólo amplificarlas.

Y hoy, a diferencia de 2018, sabemos que las operaciones de influencia, manipulación informativa y construcción de narrativas favorables forman parte del arsenal geopolítico de los Estados.

Otra arma geoeconómica —o quizás geopolitico-cultural— que no utiliza pólvora.

Ocho años después

Volví a leer aquel escrito de 2018 esperando encontrar principalmente los errores inevitables de cualquier intento de anticipar el futuro.

Los hay.

Subestimé la capacidad de los Estados para fragmentar parcialmente la globalización.

Las corporaciones multinacionales resultaron ser sólo una parte de un arsenal geoeconómico mucho mayor.

Y China tampoco permaneció como una economía simplemente basada en mano de obra barata: los salarios aumentaron enormemente y su estructura productiva se transformó.

Pero la pregunta central sobrevivió.

Y creo que hoy es incluso más importante que entonces.

China consiguió aquello que constituía una de las condiciones fundamentales de aquella predicción:

converger tecnológicamente con las economías desarrolladas sin converger simultáneamente hacia sus instituciones políticas y sociales.

Europa ahora debe demostrar que puede mantener salarios elevados, Estados de bienestar generosos, democracia, libertad y cohesión social mientras compite contra ese sistema.

Puede hacerlo.

Pero necesitará productividad, adaptación institucional y probablemente aceptar reformas difíciles.

Y aquí nuevamente aparece aquello que constituye el centro de prácticamente todos los análisis de este blog:

Zaratustra y su compañera, la cultura.

Porque saber qué reformas son necesarias no significa que una sociedad sea capaz de realizarlas.

Cada grupo defenderá racionalmente sus intereses.

Cada ciudadano intentará conservar aquello que posee.

Cada empresa buscará proteger su rentabilidad.

Cada político necesitará ganar elecciones.

Cada régimen intentará conservar el poder.

Y el resultado colectivo puede terminar siendo exactamente aquello que ninguno de ellos deseaba.

La nueva advertencia

En 2018 imaginaba fundamentalmente una competencia entre dos sistemas.

En 2026 agregaría algo.

El verdadero peligro quizá no sea que China consiga imponer su sistema político a Europa.

Ni siquiera necesita hacerlo.

El peligro puede ser más sutil.

Que China converja hacia Europa precisamente en aquello que le permite competir —tecnología y productividad— sin hacerlo suficientemente en salarios, distribución e instituciones.

Y que Europa, incapaz de adaptarse suficientemente rápido, comience entonces a converger hacia China en aquello que nunca hubiera querido imitar:

menor crecimiento salarial, mayor desigualdad y finalmente menor estabilidad política.

La dirección de la convergencia importa.

Durante décadas muchos dieron por supuesto que el desarrollo terminaría llevando a China hacia nosotros.

Quizá deberíamos empezar a contemplar seriamente la posibilidad inversa.

No para anunciarla como destino.

Sino precisamente para evitarla.

Porque si existe algo que ocho años adicionales de historia parecen haber reforzado es aquella vieja advertencia:

el progreso nunca está definitivamente conquistado.

Comentarios

Posts más vistos

Instituto Patria, un psiquiátrico. Y sin psiquiatras.

Borges, la crisis Argentina y lo que nadie dice.

Pfizer, muerte e ideología.

Cristina, el gran problema argentino

El comunismo y su enemigo imbatible

Guia para el visitante del blog

La Nueva Guerra Fria. Desarrollo vs subdesarrollo. Occidente vs Oriente. Posmodernidad vs Medioevo

Cultura colectivista vs cultura individualista

El pueblo y la envidia

Cuanto peor, mejor