Inversión extranjera directa

Aproximadamente cada 10 años se producen en la Argentina severas crisis económicas y sociales que no serían tan graves si en los períodos de recuperación el país avanzara y el progreso fuera una realidad. Sin embargo, estos duros episodios hacen que nuestra nación sea uno de los muy pocos casos, sino el único, en que se registre un notorio atraso pasando de ser unos de los 7 o 10 países mas ricos del planeta a uno de los más desdichados tomando el indicador social que a cualquier analista se le ocurra. La razón económica para que se den estas experiencias es la inadecuada cantidad de inversión extranjera y actualmente es fácil corroborar esta afirmación observando las medidas del gobierno tendientes a atraerlas arreglando con el CIADI, el FMI, REPSOL, los fondos «buitres», etc. con el fin de evitar una nueva catástrofe.
Si es cierta esta afirmación sobre la inevitable necesidad de estos aportes foráneos, algo sobre lo que muchos dudan, es necesario preguntarse el por qué de su vital necesidad y por qué no vinieron en los últimos 70 años en la dosis adecuada para el desarrollo nacional.
La respuesta para ambas preguntas es la misma: organización del estado deficiente, entendiéndose por organizado aquel estado donde funcionan lo mas próximo a lo óptimo la mayor cantidad posible de las instituciones.
Cuando las instituciones son eficientes los capitales, con sus inversores atrás, se sienten atraídos a venir para ganar dinero, lo que constituye el corazón del capitalismo (sistema al cual pertenecemos nos guste o no). La consecuencia necesaria de este proceso es más actividad económica y más trabajo con lo que se cierra el círculo capitalista.
Si las instituciones no funcionan adecuadamente el riesgo de pasar malos momentos para los inversores aumenta en forma exponencial motivo por el cual,  no vienen, o de hacerlo, a cambio de enormes ganancias. En los dos casos el país se perjudica. Si bien se hace extenso explicar porque es necesaria la calidad institucional para estos eventos, debe quedar claro para el lector que es algo tan comprobado como que 2+2=4 (lo expreso de esta manera porque aún hay incrédulos sobre esto).
Una respuesta lógica a este problema es: si los capitales extranjeros no vienen entonces hagámoslo con los nuestros, de hecho en el pensamiento de la mayoría de los partidos políticos no solamente desean desarrollar la actividad económica con capitales propios, sino que en lo posible consideran conveniente evitar el aporte del capital foráneo porque pone en riesgo la soberanía (concepto no muy erróneo por cierto).
La respuesta a por qué no podemos hacerlo con lo nuestro es la misma de por qué no vienen los de afuera: organización.
¿Por qué organización?
Simple, para los capitales privados nacionales se da la misma encrucijada que para los foráneos, si no hay seguridad de que se va a ganar dinero no se invierte.
Para el capital que pueda aportar el estado nacional a través de la emisión monetaria (no tiene otra manera) si no hay confianza y credibilidad (palabras muy de moda estos días) ese dinero se traduce automáticamente en inflación y/o fuga (de acá la continua arenga de los ideólogos de izquierda que la emisión no genera inflación)
De hecho si no fuese por la desorganización esos capitales podrían ser utilizados para desarrollar la economía como sucede, claramente, en Estados Unidos donde una gran emisión de dólares (capital estatal y propio, el sueño dorado del político de izquierda en el enclave del capitalismo mas «rancio» según las palabras de nuestro ministro de economía) logra recuperar la economía sin traducirse en inflación.
El motivo de esta tremenda diferencia entre ellos y nosotros está en que ellos creen en sus políticas y ese dinero puede usarse como tal y no como papel pintado, por lo tanto genera actividad económica y finalmente empleo (por eso es tan importante para ellos monitorear la nueva creación de empleos para saber si hay o no vitalidad económica)
Solo resta comparar el nivel de funcionalidad de sus instituciones con las nuestras y se aclaran las dudas.
Finalmente la última pregunta surge ¿Si es tan importante tener instituciones adecuadas para cualquier política sea abierta o cerrada, de izquierda o derecha, por qué nosotros no podemos lograr ese estado de situación?
La respuesta está en cada uno de nosotros que somos desde una óptica política y económica la primera y fundamental institución.
Si no cambiamos nosotros, las demás instituciones tampoco lo harán y para que éste cambio se de es necesario un cambio cultural, esto es cambio de usos, costumbres, reacciones a ciertos estímulos propios de cada comunidad que nos lleven a básicamente cumplir las normas y reglas de nuestra constitución, leyes, normativas, etc.
Lo difícil de esta tarea explica la decadencia que ya lleva mas de 70 años.

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