Exigencias ciudadanas y sus resultados según la cultura

A menudo recurro al ejemplo de aquél individuo que desecha la colilla del cigarrillo en la vereda del vecino o estaciona en doble fila molestando al otro o los otros, para mostrar como las costumbres y hábitos transmitidos a través de generaciones, que se pueden resumir con el término cultura, pueden influir en el desarrollo de las sociedades, remarcando que es fundamental comprender que son actos no calculados o razonados previamente.
Como si de un reflejo se tratara, simplemente se ejecutan.
Obviamente, ejemplos como estos se pueden citar de a miles y miles, tantos que la sumatoria de estos pequeños actos son mucho más importantes en la organización social que aquellos actos que son conducidos y elaborados previamente por la razón.
La fuerza social de la cultura es arrolladora a la hora de organizar una sociedad.
Si las costumbres conducen a actitudes que favorecen la organización social, seguramente tanto más próspera será la sociedad y al revés, cuánto más inclinadas sean las actitudes a obstruir la buena convivencia (como la de tirar el desecho en la vereda del vecino), seguramente más desgraciadas serán.
De éste hecho ya extraordinariamente importante en la vida de los pueblos, se deduce otro tan o más importante que el anterior.
Me refiero a cuánto puede exigir del otro un individuo perteneciente a una cultura que prioriza su interés personal y presta mínima atención de las consecuencias de sus actos en los demás.
Si no me importa como puede repercutir en el otro si ensucio su vereda o entorpezco su tránsito, es obvio que también voy a esperar o exigir muy poco de ellos respecto a mí.
Seguramente no me provocará ninguna reacción el hecho que otro ensucia mi vereda o me dificulta el tránsito (si el que lee estas líneas no se considera incluído en estos ejemplos es porque seguramente pertenece a un país desarrollado y es obvio que así sea, sin embargo, si pertenece a uno subdesarrollado, créame que se trata de una excepción).
Siguiendo esta línea de pensamiento llegamos fácilmente a explicar porqué exigimos tan poco de los demás, como de nuestros maestros o nuestros controladores o auditores de la actividad pública y más importante aún, de la conducta y eficacia de nuestros funcionarios públicos y sus jefes, los políticos.
Es clave cuánto exigimos para obtener lo que se espera de ellos: si poco damos, poco exigiremos y por tanto, poco obtendremos.
En política, bajos niveles de exigencia, sin dudas se corresponden con los resultados obtenidos.
Esto explica cómo es posible que sociedades lleguen a votar a un candidato que todos saben corrupto, incluso con guarismos del 70% de aceptación.
Si poco nos importa los intereses de los demás, también sin dudas exigiremos poco de ellos, ¡tanto como para considerar irrelevante si un político es o no corrupto a la hora de seleccionar en una elección!
Para una enorme porción de la población exigir honestidad puede ser "demasiado pedir".
De éste punto a vivir en un país con un nivel de organización mínimo e incapaz de progresar, hay que hacer pequeñas y simples deducciones.
Así como la suma de actos conducidos por la cultura es enormemente mayor que la de  aquellos ejecutados con elaboración racional previa, las exigencias preestablecidas por fenómenos culturales son muchísimo más relevantes que aquellas que surgen del análisis y la racionalidad (aunque no parezca así cuando escuchamos quejas de todo tipo diariamente surgidas de algún análisis racional, acertado o no)
En cambio, no tengo la más mínima duda de que si consideramos al otro en cada acto realizado, consciente o inconscientemente, también exigiremos que el otro nos corresponda, entre ellos a cada uno de los funcionarios públicos protagonistas en la organización social y con ello, en la eficiencia de las instituciones y la efectividad de las políticas como su lógica consecuencia (económicas, educativas, judiciales, etc).
Lamentablemente, aunque quisiéramos cambiar, siempre nos encontraremos con un escollo que parece infranqueable (vea la entrada "¿Un escollo invencible?") y que se encarga de que el atraso y las desgracias se perpetuen eternamente, pero esto pertenece a otro difícil capítulo de nuestra historia.
Llegado a este punto, me parece importante refutar las ideas que dan prioridad a la educación para que, indirectamente, se mejore el grado de exigencias y de responsabilidad de nuestros actos respecto de los demás.
Si bien es cierto que la educación mejora los niveles de exigencia, también es absolutamente cierto que tanto los grupos sociales educados como los poco educados comparten hábitos, costumbres y respuestas típicas a ciertos estímulos que son mucho más relevantes a la hora de organizar una sociedad que aquellos que los diferencia.
La actitud individualista de un empresario o comerciante o profesional instruido ante sus responsabilidades fiscales, por ejemplo, es exactamente la misma que la del menos instruido de la sociedad y ejemplos como éste se pueden citar por horas.
De hecho, es nuestra cultura que poco se preocupa por el otro y poco exige de los demás, la que impide seriamente que las instituciones educativas sean eficientes.
Y sin ellas, difícilmente la educación del pueblo se destaque.
Y aunque la educación sea brillante (que podría lograrse si circunstancialmente se pone una gran dosis de voluntarismo en esa área) las características culturales más importantes a la hora de organizar eficientemente a una sociedad, seguramente se mantendrían.
Definitivamente, primero la cultura.
Insisto, cultura.

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