Mi aspiración




Durante mucho tiempo la humanidad ha intentado comprender el mundo que la rodea. Ha estudiado las estrellas, la materia, la energía, la biología y las leyes que gobiernan la naturaleza. Gracias a ello ha alcanzado niveles de desarrollo material impensables para generaciones anteriores.
Sin embargo, existe una paradoja evidente.
La misma especie capaz de descifrar la estructura del átomo, desarrollar inteligencia artificial o enviar instrumentos al espacio continúa enfrentándose una y otra vez a conflictos políticos, guerras, crisis sociales, enfrentamientos ideológicos y errores colectivos que parecen repetirse a lo largo de la historia.
La explicación habitual suele buscarse en la maldad de ciertos individuos, en sistemas económicos defectuosos, en ideologías equivocadas o en instituciones mal diseñadas. Todos estos factores son importantes, pero existe una pregunta más profunda:
¿Y si una parte significativa de esos problemas surge de que todavía comprendemos insuficientemente nuestra propia naturaleza?

El punto de partida: las pulsiones humanas

El ser humano no es una criatura guiada exclusivamente por la razón.
Posee impulsos, deseos, miedos, necesidades de reconocimiento, tendencias competitivas, inclinaciones cooperativas y múltiples fuerzas psicológicas que condicionan sus decisiones.
La razón participa de la conducta humana, pero no la gobierna completamente.
Con frecuencia actúa como intérprete posterior de decisiones impulsadas por motivaciones más profundas.
Esta observación no implica negar la importancia de la racionalidad. Implica reconocer sus límites.
Comprender al ser humano exige mirar más allá de las explicaciones que ofrece sobre sí mismo y observar también las fuerzas que operan por debajo de ellas.

La ilusión de las explicaciones únicas

A lo largo de la historia numerosos pensadores han intentado encontrar el principio fundamental que explica el comportamiento humano.
Algunos han puesto el énfasis en la economía.
Otros en la cultura.
Otros en la moral.
Otros en el poder.
Otros en la razón.
Cada una de estas aproximaciones contiene parte de la verdad.
El problema surge cuando alguna de ellas pretende convertirse en la explicación definitiva.
La conducta humana parece surgir de la interacción constante entre múltiples factores:
pulsiones e instintos;
cultura;
instituciones;
incentivos económicos;
condiciones materiales;
procesos históricos.
Ninguno de estos elementos puede comprenderse de forma aislada.
Tampoco puede reducirse completamente a otro.

Las restricciones como realidad fundamental

La consecuencia de esta visión es que la historia humana no puede interpretarse como una marcha hacia un fin último claramente definido.
Tampoco parece razonable pensar que exista una solución definitiva para los problemas políticos o sociales.
Toda sociedad opera dentro de restricciones.
Las restricciones provienen de la naturaleza humana, de los recursos disponibles, de la cultura heredada, de las instituciones existentes y de las circunstancias históricas.
La política no consiste en eliminar estas restricciones.
Consiste en gestionarlas.
La economía no consiste en alcanzar un equilibrio perfecto.
Consiste en administrar tensiones permanentes.
La cultura no elimina los conflictos.
Los canaliza.
La existencia de restricciones no representa un fracaso de la humanidad.
Representa simplemente la condición bajo la cual la humanidad existe.

La imposibilidad de un ser humano ideal

Una consecuencia importante de este enfoque es el rechazo a la idea de un tipo humano universalmente superior.
Los individuos poseen capacidades diversas.
Algunos destacan por su inteligencia.
Otros por su voluntad.
Otros por su creatividad.
Otros por su capacidad organizativa.
Otros por su empatía.
Otros por su disciplina.
No existe un criterio único capaz de ordenar todas estas cualidades en una jerarquía definitiva.
Toda clasificación universal termina simplificando una realidad mucho más compleja.
Por ello, los intentos de construir sistemas políticos, económicos o culturales basados en un ideal humano único suelen derivar en proyectos utópicos.
La diversidad humana no desaparece porque una teoría la considere inconveniente.

El conocimiento de la especie sobre sí misma

Sin embargo, reconocer los límites no implica resignación.
Existe una oportunidad.
La humanidad ha desarrollado enormes conocimientos sobre el mundo exterior.
Tal vez uno de los desafíos más importantes del futuro consista en profundizar el conocimiento del mundo interior de la propia especie.
Comprender mejor nuestras pulsiones, nuestros sesgos, nuestras motivaciones y nuestras limitaciones podría convertirse en una herramienta de enorme valor.
No porque elimine los conflictos.
No porque produzca una sociedad perfecta.
No porque transforme a los seres humanos en seres puramente racionales.
Sino porque aumentaría nuestra capacidad para comprender las causas profundas de muchas decisiones individuales y colectivas.

Entre la utopía y el fatalismo

Este planteo rechaza dos posiciones extremas.
Por un lado, rechaza la utopía.
No existe evidencia de que los conflictos humanos puedan desaparecer completamente.
No parece probable que alguna ideología, sistema económico o diseño institucional consiga resolver de manera definitiva las tensiones inherentes a la condición humana.
Por otro lado, también rechaza el fatalismo.
El hecho de que las pulsiones sean permanentes no significa que todas las sociedades sean equivalentes ni que toda mejora sea imposible.
La historia demuestra que los seres humanos son capaces de construir instituciones más eficaces, culturas más cooperativas y sistemas más prósperos.
La mejora es posible.
Lo que no parece posible es la perfección.

Una aspiración modesta y profunda

La aspiración central de este enfoque no consiste en vencer la naturaleza humana.
Tampoco en negar su existencia.
Consiste en comprenderla.
Si el Homo sapiens llega a conocerse mejor a sí mismo, aumentarán sus posibilidades de diseñar culturas, instituciones y sistemas políticos más compatibles con lo que realmente es.
No existe garantía de éxito.
No existe destino final.
No existe una fórmula definitiva.
Existe únicamente una posibilidad.
La posibilidad de que una especie que ha aprendido tanto sobre el universo aprenda también algo más sobre sí misma.
Y que ese conocimiento le permita convivir un poco mejor con las fuerzas que siempre la han acompañado.

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