Zaratustra y Cultura, nuestros verdaderos soberanos


Zaratustra y Cultura: una teoría integradora de los ciclos político-económicos

Introducción: los dos protagonistas de la vida social

La mayor parte de las teorías políticas y económicas parten de un supuesto implícito: las sociedades son el resultado de decisiones predominantemente racionales. Bajo esta visión, las personas observan la realidad, evalúan costos y beneficios y, finalmente, eligen las políticas que consideran más convenientes para sus intereses.
Sin embargo, la evidencia acumulada por la neurociencia, la psicología política y la economía conductual sugiere un panorama muy diferente. Los seres humanos no solemos razonar primero para decidir después. Con frecuencia ocurre lo contrario: sentimos primero y racionalizamos después. Las emociones, las intuiciones y los impulsos constituyen el punto de partida de una gran parte de nuestras decisiones individuales y colectivas.
Pero tampoco basta con afirmar que la política es simplemente una expresión de las emociones. Si ello fuera así, sociedades expuestas a problemas similares producirían resultados políticos semejantes. La experiencia histórica muestra exactamente lo contrario. Países con niveles comparables de desigualdad, pobreza o frustración social pueden recorrer caminos institucionales completamente diferentes.
Por ello, el presente trabajo propone que la comprensión de los fenómenos políticos requiere integrar dos protagonistas fundamentales: el instinto y la cultura.

Zaratustra: el instinto como motor de la política

Denomino «Zaratustra» al conjunto de fuerzas instintivas y emocionales que impulsan el comportamiento humano y que, en gran medida, anteceden al razonamiento consciente.
Zaratustra no representa una emoción específica. Es la estructura profunda de impulsos que incluye la ambición, la envidia, la percepción de injusticia, el miedo, la esperanza, la necesidad de reconocimiento y la búsqueda de seguridad material y psicológica.
Su característica esencial es que opera antes de la razón. La razón, lejos de desaparecer, suele actuar posteriormente organizando, justificando y dotando de coherencia intelectual a preferencias que inicialmente tienen un origen emocional.
Las ideologías políticas, en consecuencia, no crean los deseos fundamentales de las personas. Más frecuentemente son esos deseos los que vuelven atractivas determinadas ideologías.
La política es, en buena medida, el lenguaje racional mediante el cual Zaratustra expresa sus aspiraciones.

Las dos culturas: integración cívica y anomia

Las emociones, sin embargo, no operan en el vacío. Toda sociedad dispone de mecanismos formales e informales que condicionan la manera en que los impulsos colectivos se traducen en decisiones políticas.
A este conjunto de normas, valores y comportamientos lo denomino cultura cívica.
La cultura cívica puede adoptar, de manera simplificada, dos formas ideales.

Cultura de integración cívica

En las culturas de integración cívica los individuos han internalizado la existencia de límites y responsabilidades compartidas.
Existe un elevado respeto por las normas, una razonable confianza institucional y una aceptación relativamente extendida de que los intereses particulares deben coexistir con restricciones colectivas.
En estas sociedades:
la corrupción es socialmente sancionada;
las reglas tienden a ser previsibles;
las políticas públicas suelen respetar restricciones fiscales y económicas;
las demandas emocionales son procesadas gradualmente por las instituciones.
Las emociones siguen existiendo y continúan influyendo en la política, pero las instituciones poseen la capacidad de absorberlas y transformarlas en cambios relativamente ordenados.

Cultura individualista anómica

En las culturas anómicas la internalización de las normas colectivas es considerablemente más débil.
Predomina una lógica de corto plazo en la cual el individuo tiende a priorizar la obtención de beneficios inmediatos, incluso cuando ello implica deteriorar las instituciones comunes.
En estas sociedades:
la transgresión de las normas suele ser tolerada o incluso admirada;
la corrupción encuentra mayores espacios de legitimación social;
la responsabilidad fiscal y las restricciones económicas son percibidas como obstáculos antes que como condiciones necesarias de sostenibilidad;
las instituciones poseen menor capacidad para moderar las demandas emocionales de la ciudadanía.
Las emociones colectivas no son necesariamente más intensas que en las sociedades integradas. La diferencia radica en la menor capacidad institucional y cultural para contenerlas y procesarlas.

Los dos protagonistas en interacción

La vida política puede entenderse entonces como la interacción permanente entre Zaratustra y la cultura.
Zaratustra proporciona la energía que moviliza a las sociedades.
La cultura determina la manera en que esa energía será canalizada.
El primero impulsa el cambio; la segunda establece sus límites.
El primero genera demandas; la segunda condiciona sus resultados.
Ninguna sociedad está libre de las emociones de Zaratustra. Ninguna puede prescindir de la función ordenadora de la cultura.
Precisamente de la tensión entre ambos protagonistas emergen gran parte de los ciclos políticos y económicos que observamos a lo largo de la historia.

La secuencia causal del ciclo político

Las sociedades experimentan periódicamente tensiones derivadas de desigualdades, frustraciones económicas, sensación de injusticia o pérdida de expectativas.
Estas circunstancias activan emocionalmente a Zaratustra.
La emoción colectiva busca entonces una explicación y una solución política.
Las propuestas de redistribución, protección estatal o ampliación de derechos adquieren gran atractivo porque ofrecen respuestas inmediatas a necesidades emocionalmente percibidas.
La razón no desaparece, pero opera principalmente como mecanismo de justificación y organización de preferencias previamente formadas.
En este punto la cultura se vuelve decisiva.
En las sociedades de integración cívica, las demandas emocionales son absorbidas por instituciones sólidas, mecanismos de control y restricciones fiscales relativamente respetadas.
En las sociedades anómicas, las mismas demandas pueden traducirse en expansión descontrolada del gasto, corrupción, inflación y deterioro institucional.
La emoción inicial es semejante; los resultados son distintos porque la capacidad de canalización también lo es.
Cuando las consecuencias económicas negativas se vuelven evidentes, emerge un nuevo estado emocional.
La esperanza es reemplazada por frustración.
La demanda de protección es sustituida por la demanda de orden, estabilidad y recuperación económica.
La ciudadanía modifica entonces sus preferencias electorales y favorece programas de estabilización económica, disciplina fiscal o liberalización.
Con el tiempo, las mejoras económicas reducen las tensiones inmediatas, pero nuevas desigualdades, frustraciones o expectativas insatisfechas vuelven a activar a Zaratustra y el ciclo comienza nuevamente.

La oscilación política como fenómeno estructural

La alternancia entre proyectos redistributivos y programas de estabilización no debe interpretarse simplemente como una sucesión de errores políticos.
Puede entenderse más adecuadamente como la consecuencia natural de la interacción entre dos fuerzas permanentes: el impulso emocional colectivo de Zaratustra y la capacidad de contención y procesamiento de la cultura cívica.
Todas las sociedades están sometidas a ambas fuerzas.
La diferencia entre países no radica en la presencia o ausencia de emociones políticas. Tampoco en la inexistencia de demandas redistributivas o de mercado.
La diferencia reside en la calidad de su cultura cívica y en su capacidad institucional para transformar las emociones colectivas en políticas sostenibles.
Por ello, las sociedades anómicas tienden a experimentar ciclos más pronunciados y traumáticos, mientras que las sociedades de integración cívica también oscilan, pero lo hacen dentro de márgenes considerablemente más moderados.

Conclusión

La política puede entenderse como un sistema dinámico de retroalimentación entre emociones colectivas, instituciones y resultados económicos.
La literatura existente ha estudiado con éxito cada uno de estos elementos por separado: la psicología política ha investigado las emociones; el institucionalismo, la cultura cívica; y la economía política, los ciclos económicos y electorales.
La presente propuesta sostiene que ninguna de estas dimensiones es suficiente por sí misma.
La historia política de las naciones puede interpretarse, en gran medida, como el resultado de la tensión permanente entre dos protagonistas fundamentales: Zaratustra, la fuerza instintiva que moviliza a las sociedades, y la cultura cívica, la capacidad colectiva de dar forma y límites institucionales a esa energía.

Comentarios

Posts más vistos

Instituto Patria, un psiquiátrico. Y sin psiquiatras.

Borges, la crisis Argentina y lo que nadie dice.

Pfizer, muerte e ideología.

Cristina, el gran problema argentino

El comunismo y su enemigo imbatible

Guia para el visitante del blog

La Nueva Guerra Fria. Desarrollo vs subdesarrollo. Occidente vs Oriente. Posmodernidad vs Medioevo

Cultura colectivista vs cultura individualista

El pueblo y la envidia

Cuanto peor, mejor