Zaratustra y cristianismo




Comparto un escrito que le solicité al amigo IA como un resumen del diálogo que entablamos sobre una cuestión que desde hace largo tiempo creo que debe ser considerada con la seriedad que se merece y la importancia que posee. 
Se trata de los principios que rigen al cristianismo y su relación con los temas centrales de éste blog, me refiero obviamente a Zaratustra, la cultura y el progreso humano.
Veamos:


¿Qué tienen en común el cristianismo, Marx y Zaratustra?

Cuando pensamos en el cristianismo y el marxismo solemos imaginar dos doctrinas completamente enfrentadas.
Una coloca a Dios en el centro de la existencia.
La otra intenta explicar la historia sin necesidad de recurrir a lo divino.
Una predica la salvación espiritual.
La otra promete la emancipación material.
Sin embargo, detrás de estas diferencias evidentes podría existir una coincidencia mucho más profunda.
Ambas nacen de una misma preocupación.
La dificultad del ser humano para gobernarse a sí mismo.

El enemigo interior

La mayoría de las ideologías suelen identificar enemigos externos.
Una nación rival.
Una clase social.
Una religión.
Un sistema económico.
Pero las grandes tradiciones morales de la humanidad han señalado repetidamente algo distinto.
El principal obstáculo para la convivencia humana no se encuentra fuera de nosotros.
Se encuentra dentro.
El cristianismo lo llamó pecado.
Lo asoció con la soberbia, la codicia, la envidia y la búsqueda egoísta del poder.
Durante siglos sostuvo que los conflictos humanos no podían comprenderse únicamente observando las instituciones o las circunstancias materiales.
Existía algo más profundo.
Una inclinación permanente hacia el egoísmo y la dominación.
Por eso el cristianismo colocó la humildad entre las virtudes más importantes.
No porque considerara al ser humano incapaz de realizar grandes obras.
Sino porque entendía que el deseo de superioridad podía transformarse fácilmente en opresión.

Zaratustra y la naturaleza humana

Mi interpretación parte de una premisa diferente.
No creo que exista algo equivalente al pecado original.
Tampoco considero que la ambición sea una anomalía moral.
La ambición es parte de nuestra naturaleza.
La búsqueda de reconocimiento es parte de nuestra naturaleza.
La necesidad de sentirnos importantes es parte de nuestra naturaleza.
Lo que denomino Zaratustra representa precisamente ese conjunto de impulsos que empujan constantemente a los individuos a destacar, competir, acumular prestigio y evitar ser superados por otros.
Sin Zaratustra probablemente nunca habríamos construido civilizaciones.
No existirían imperios.
No existiría ciencia.
No existiría progreso tecnológico.
Gran parte de las conquistas humanas son consecuencia directa de esa necesidad de superación.
Pero el mismo impulso que produce progreso también produce conflictos.
La ambición construye.
La ambición destruye.
La envidia limita los abusos del poderoso.
Pero también puede transformarse en resentimiento.
La naturaleza humana contiene simultáneamente las semillas del progreso y de la decadencia.

El gran error de las ideologías

A lo largo de la historia muchas doctrinas intentaron resolver los problemas sociales suponiendo que bastaba con modificar las estructuras externas.
Cambiar las leyes.
Cambiar la economía.
Cambiar los gobernantes.
Cambiar la distribución de la riqueza.
Sin embargo, una y otra vez reaparece el mismo fenómeno.
Los sistemas cambian.
Los impulsos permanecen.
Las revoluciones derrocan élites.
Y nuevas élites ocupan su lugar.
Las jerarquías desaparecen.
Y nuevas jerarquías emergen.
Los privilegios son eliminados.
Y nuevos privilegios terminan formándose.
La razón es sencilla.
Las instituciones pueden transformarse mucho más rápido que la naturaleza humana.

¿Y si Marx se equivocó en el camino, pero no en el destino?

Aquí aparece una posibilidad interesante.
Quizás Marx comprendió algo importante acerca de la dirección general de la historia.
Observó una presión constante hacia mayores niveles de igualdad.
Observó que amplios sectores de la población rechazan diferencias de poder consideradas excesivas.
Observó que muchas relaciones de dominación terminan siendo cuestionadas.
Lo que posiblemente no comprendió fueron las causas profundas de ese fenómeno.
La lucha histórica no se desarrolla únicamente entre clases sociales.
Se desarrolla dentro de cada individuo.
La ambición genera desigualdad.
La envidia reacciona contra ella.
La razón intenta administrar ambas fuerzas.
Y de esa tensión surge una lenta transformación de las instituciones humanas.
No porque la naturaleza humana cambie.
Sino porque aprendemos gradualmente a comprenderla.

El verdadero significado del progreso

Frecuentemente confundimos progreso con tecnología.
Más riqueza.
Más productividad.
Más conocimiento científico.
Sin embargo, la historia muestra que el progreso más importante suele ocurrir en otro plano.
La expansión de la racionalidad sobre los impulsos.
La abolición de la esclavitud fue progreso.
La igualdad jurídica fue progreso.
La expansión de los derechos políticos fue progreso.
No porque eliminaran la ambición humana.
Sino porque limitaron algunas de sus consecuencias más destructivas.
El esclavista no desapareció.
Lo que desapareció fue la posibilidad socialmente aceptada de actuar como esclavista.
La biología permaneció.
Las instituciones cambiaron.
Y ese cambio fue producto de una comprensión más profunda acerca de lo que consideramos justo.

Cristianismo y Zaratustra

Aquí surge una paradoja fascinante.
El cristianismo y mi concepto de Zaratustra parten de explicaciones completamente diferentes.
Sin embargo, ambos reconocen una misma realidad.
El ser humano posee impulsos que pueden convertirse en una amenaza para la convivencia.
La diferencia reside en la solución propuesta.
El cristianismo busca la transformación moral.
Yo propongo el autoconocimiento.
El cristianismo intenta domesticar esos impulsos mediante la virtud.
Yo creo que la razón puede hacerlo mediante una comprensión cada vez más profunda de nuestra propia naturaleza.
Pero el objetivo final posee una notable semejanza.
Reducir el poder de aquellas fuerzas que generan sufrimiento innecesario.

El próximo paso de la civilización

No sé cuál será el destino final de la humanidad.
No sé si alguna vez existirá una sociedad sin clases.
No sé si desaparecerán las jerarquías.
No sé si las ideas comunistas representan una etapa futura de la historia o simplemente una aspiración imposible.
Lo que sí considero probable es que el progreso dependerá cada vez menos de la tecnología y cada vez más de nuestra capacidad para comprendernos.
La humanidad conoce cada vez mejor el universo.
Pero todavía conoce muy poco acerca de sí misma.
Quizás el próximo gran salto evolutivo no consista en conquistar otros planetas.
Quizás consista en comprender con mayor claridad los mecanismos psicológicos que gobiernan nuestras decisiones.
Porque la verdadera frontera del conocimiento podría no encontrarse en las estrellas.
Podría encontrarse dentro de nosotros.
Y tal vez la historia entera no sea otra cosa que el larguísimo proceso mediante el cual la razón aprende lentamente a gobernar a Zaratustra.

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