¿Y si todos conociéramos a Zaratustra? II
Sudáfrica: lo que podríamos haber sabido hace cuarenta años
Zaratustra, cultura y la utilidad de comprender nuestra naturaleza antes de diseñar políticas
En numerosas entradas de este blog he utilizado dos protagonistas para intentar comprender fenómenos sociales, económicos y políticos aparentemente muy diferentes.
Uno es Zaratustra, nombre con el que he denominado al conjunto de pulsiones competitivas que forman parte de nuestra naturaleza: la ambición, que puede transformarse en codicia, y la envidia asociada al rechazo del sentimiento de inferioridad, que puede convertirse en resentimiento y, bajo determinadas circunstancias, incluso en odio.
El otro protagonista es su inseparable hermana: la cultura.
La cultura no elimina esas pulsiones. Las contiene, las legitima, las desalienta o las canaliza. Y sobre ambas actúan, a su vez, las políticas y las instituciones, modificando los incentivos y ofreciendo diferentes caminos mediante los cuales aquellas pulsiones pueden expresarse.
Pero podría formularse una objeción razonable.
¿Para qué sirve saber todo esto?
Sudáfrica ofrece una oportunidad extraordinaria para intentar responder esa pregunta.
No porque constituya una demostración definitiva de la teoría. Las sociedades son demasiado complejas para semejante pretensión.
Sino porque permite realizar un experimento mental bastante sencillo.
Volvamos cuarenta años atrás
Situémonos aproximadamente en 1986.
Intentemos olvidar durante unos minutos todo lo que sabemos que ocurrió posteriormente.
Nelson Mandela continúa encarcelado. El apartheid permanece vigente. La minoría blanca controla el poder político y ocupa una posición económica extraordinariamente superior a la enorme mayoría negra.
No sabemos que Mandela será liberado en 1990.
No sabemos que habrá elecciones democráticas en 1994.
No conocemos el futuro del ANC, las políticas de acción afirmativa, el Black Economic Empowerment, Jacob Zuma, los Gupta, la state capture ni la aparición posterior de movimientos políticos que reclamarán una transformación económica mucho más radical.
No conocemos nada de eso.
Solamente conocemos dos cosas:
Zaratustra y cultura.
¿Qué podríamos haber previsto?
Una situación difícilmente sostenible
El apartheid había construido algo especialmente peligroso desde la perspectiva de Zaratustra.
No solamente existía desigualdad.
Existía una desigualdad extraordinariamente visible entre grupos humanos claramente identificables y, además, esa desigualdad estaba institucionalizada.
Millones de personas no necesitaban comparar estadísticas para saber que ocupaban una posición inferior. El propio Estado se encargaba de recordárselo.
Si una de las pulsiones más profundas del ser humano consiste precisamente en el rechazo a sentirse inferior frente a otros, era razonable esperar una consecuencia:
resentimiento.
La desigualdad no solamente podía producir insatisfacción material. Podía convertirse en una herida de estatus.
Y cuando la diferencia entre quienes están arriba y quienes están abajo coincide además con diferencias raciales, esa comparación encuentra fácilmente un destinatario.
El resentimiento puede entonces transformarse en hostilidad hacia el grupo identificado con la posición superior.
Por eso, sin necesidad de conocer cómo terminaría exactamente el apartheid, Zaratustra nos habría permitido sospechar algo elemental:
aquella situación no podía mantenerse indefinidamente sin generar una presión creciente contra ella.
Terminar con el apartheid no terminaría con el problema
Aquí aparece una segunda predicción, posiblemente más interesante que la primera.
Supongamos que desaparece el apartheid.
La igualdad jurídica puede establecerse mediante una Constitución.
Pero una Constitución no puede modificar instantáneamente la distribución del patrimonio, la educación, las capacidades profesionales, las empresas, las viviendas, las tierras, las redes económicas ni los hábitos culturales acumulados durante generaciones.
Por lo tanto, podía anticiparse algo bastante sencillo:
la desigualdad jurídica desaparecería mucho más rápidamente que la desigualdad económica.
Y con ello permanecería una parte importante del combustible de Zaratustra.
Una persona podía ser ahora jurídicamente igual a otra y, sin embargo, continuar observando que el grupo que históricamente había ocupado la posición superior seguía teniendo, en promedio, mucho más patrimonio, mejores viviendas, mayor educación y mayor participación empresarial.
El sentimiento de inferioridad no tenía por qué desaparecer simplemente porque hubiera desaparecido la ley que lo institucionalizaba.
Podía incluso adquirir una nueva forma:
“Ahora somos iguales ante la ley. ¿Por qué ellos siguen teniendo mucho más que nosotros?”
La siguiente consecuencia era previsible
En una democracia, la mayoría anteriormente excluida obtendría ahora el poder electoral.
Y utilizaría legítimamente ese poder para intentar corregir una desigualdad cuyo origen histórico era imposible negar.
Era, por tanto, razonable anticipar políticas destinadas a aumentar la participación económica de la población negra, facilitar su incorporación a empresas y profesiones, redistribuir oportunidades y compensar las consecuencias del apartheid.
No necesitábamos conocer el nombre que tendrían esas políticas.
No necesitábamos haber oído hablar de BEE o posteriormente B-BBEE.
Bastaba comprender el mecanismo.
Una desigualdad históricamente injusta, extraordinariamente visible y políticamente asociada a grupos humanos diferentes produciría una enorme presión por repararla.
Hasta aquí estaba actuando una de las caras de Zaratustra.
Pero faltaba la otra.
Zaratustra cambia de lugar
La ambición también forma parte de nuestra naturaleza.
Puede conducirnos a estudiar, trabajar, emprender, innovar y crear riqueza.
Pero cuando existen otros caminos más sencillos para alcanzar poder, riqueza o estatus, esa misma ambición puede dirigirse hacia ellos y transformarse en codicia.
El nuevo Estado sudafricano tendría necesariamente un enorme poder.
Tendría que redistribuir oportunidades, realizar contrataciones, administrar empresas públicas, adjudicar contratos y decidir de múltiples maneras quién accedería a recursos que anteriormente habían estado reservados fundamentalmente a la población blanca.
Todo aquello podía ser necesario.
Pero cada nuevo recurso políticamente distribuible crearía simultáneamente una oportunidad.
Y donde existe una oportunidad aparece Zaratustra.
Podíamos entonces formular otra predicción:
algunas personas intentarían utilizar el nuevo poder político para enriquecerse.
No porque fueran negras.
No porque pertenecieran al ANC.
No porque fueran sudafricanas.
Porque eran seres humanos.
El mismo Zaratustra que desde abajo podía expresarse mediante comparación, envidia y resentimiento podía expresarse desde una posición de poder mediante ambición, apropiación y codicia.
Si la cultura y las instituciones no conseguían limitar suficientemente esa conducta, podían aparecer clientelismo, nepotismo, corrupción y captura de recursos públicos.
No podíamos predecir nombres.
No podíamos anticipar a Jacob Zuma ni a la familia Gupta.
Pero sí podíamos anticipar el tipo de fenómeno que algún día podrían representar.
Una nueva élite y una vieja desigualdad
Las políticas destinadas a incorporar a la población negra a la economía podían producir resultados positivos.
Y efectivamente lo hicieron para millones de personas.
Surgiría una clase media negra y también empresarios, profesionales y grandes fortunas negras.
Pero existía otro riesgo perfectamente compatible con nuestro modelo.
Quienes estuvieran mejor posicionados para aprovechar las nuevas oportunidades probablemente obtendrían una proporción mayor de sus beneficios.
Podía aparecer entonces algo paradójico:
disminuiría una parte de la desigualdad entre blancos y negros mientras aumentaría la desigualdad dentro de la propia población negra.
Una pequeña parte ascendería extraordinariamente.
Millones continuarían abajo.
Y entonces Zaratustra volvería a entrar en escena.
Un joven negro nacido después del apartheid podía preguntarse:
“Si ahora gobernamos nosotros, ¿por qué sigo siendo pobre?”
Y observaría simultáneamente blancos que continuaban siendo considerablemente más ricos y negros que habían acumulado enormes fortunas después de la democratización.
La frustración tendría ahora nuevos destinatarios.
El círculo podía comenzar nuevamente
Si las políticas de reparación no conseguían reducir suficientemente la desigualdad y, simultáneamente, parte de los recursos destinados a hacerlo eran capturados por nuevas élites, podía esperarse otra consecuencia.
Aparecerían personas que considerarían insuficiente la transformación.
Y probablemente aparecerían dirigentes políticos dispuestos a representarlas.
Podían reclamar mayores transferencias, nacionalizaciones, expropiaciones o políticas mucho más radicales.
Otra vez no necesitábamos conocer nombres.
No podíamos predecir a Julius Malema ni a los Economic Freedom Fighters.
Pero sí podíamos anticipar que algo parecido tendría buenas posibilidades de aparecer.
El mecanismo podía retroalimentarse:
desigualdad → sentimiento de inferioridad → resentimiento → presión redistributiva → mayor poder para distribuir recursos → oportunidades de apropiación → corrupción y formación de nuevas élites → menor crecimiento y persistencia de desigualdad → nuevo resentimiento.
No se trataba de un destino inevitable.
Pero constituía un riesgo considerablemente previsible.
Y faltaba todavía la hermana de Zaratustra
Hasta aquí hemos hablado fundamentalmente de nuestras pulsiones.
Pero Zaratustra nunca actúa solo.
Lo acompaña su hermana: la cultura.
Sudáfrica no era solamente una sociedad profundamente desigual. Era también una sociedad constituida por comunidades con historias, valores, hábitos y formas de organización social diferentes.
Además, el propio apartheid había hecho todo lo posible por mantenerlas separadas.
Construir una democracia significaba entonces mucho más que permitir que todos votaran.
Había que construir gradualmente algo muchísimo más difícil:
una cultura cívica común.
Una sociedad moderna necesita que las obligaciones morales se extiendan más allá de la familia, la comunidad, el grupo étnico o las relaciones personales.
Necesita que un funcionario considere tan inadmisible apropiarse del dinero de un desconocido como del dinero de alguien cercano.
Necesita confianza en instituciones impersonales.
Necesita que beneficiar injustamente a los propios sea considerado corrupción y no una obligación hacia el grupo.
Necesita, en definitiva, ampliar aquello que podríamos llamar el radio de integración cívica.
Y semejante transformación no ocurre porque una Constitución lo ordene.
Necesita tiempo.
Necesita instituciones.
Necesita políticas.
Necesita educación.
Y necesita liderazgo.
Mandela y la posibilidad de cambiar el rumbo
Aquí aparece algo especialmente importante.
Zaratustra no determina nuestro destino.
Las instituciones, las políticas, el liderazgo y la cultura pueden modificar los caminos por los cuales nuestras pulsiones se expresan.
Nelson Mandela comprendió probablemente de manera intuitiva una parte fundamental de este problema.
Tenía frente a sí una población que disponía de motivos históricos enormes para sentir resentimiento.
Podía utilizarlo.
Políticamente habría sido extraordinariamente sencillo.
Sin embargo eligió en gran medida otro camino: reconciliación, convivencia y construcción de una identidad sudafricana común.
Desde la perspectiva que propongo en este blog, aquello puede interpretarse como un formidable intento de canalización de Zaratustra.
No eliminó el resentimiento.
Intentó impedir que se transformara en revancha.
Y probablemente Sudáfrica le deba muchísimo a aquella decisión.
Pero ningún liderazgo individual puede modificar en pocos años desigualdades, incentivos y culturas formadas durante generaciones.
Mandela podía abrir un camino.
La sociedad sudafricana debía recorrerlo.
Regresemos ahora al presente
Ya conocemos aquello que nuestro observador imaginario de 1986 ignoraba.
El apartheid terminó.
Sudáfrica construyó una democracia.
Aparecieron políticas de acción afirmativa y transformación económica.
Se desarrolló una importante clase media y empresarial negra.
Pero permaneció una desigualdad extraordinariamente elevada.
Creció enormemente la desigualdad dentro de la propia población negra.
Aparecieron clientelismo y corrupción.
La captura del Estado llegó a alcanzar dimensiones suficientes como para requerir una comisión judicial específica para investigarla.
El crecimiento económico se debilitó.
El desempleo continúa siendo extraordinariamente elevado.
Y aparecieron movimientos políticos que consideran insuficiente la transformación y reclaman medidas mucho más radicales.
No ocurrió exactamente aquello que hubiéramos predicho.
Eso sería una pretensión absurda.
Pero ocurrió sorprendentemente cerca del tipo de proceso que podíamos haber anticipado simplemente conociendo a Zaratustra y a la cultura.
Y entonces aparece la verdadera pregunta de este escrito.
Este artículo no trata realmente sobre Sudáfrica
Sudáfrica es solamente el ejemplo.
Lo que realmente me interesa es otra cosa.
Si conocer unas pocas características bastante persistentes de nuestra naturaleza y comprender la enorme importancia de la cultura podía ayudarnos a anticipar muchos de los problemas que aparecerían durante las siguientes décadas, ¿qué habría ocurrido si ese conocimiento hubiera formado parte del análisis antes de diseñar las políticas?
No estoy diciendo que Sudáfrica habría solucionado sus problemas.
Sería imposible saberlo.
Estoy planteando algo mucho más modesto:
probablemente habría aumentado sus posibilidades de resolverlos.
Quien quisiera corregir la desigualdad habría sabido que debía hacerlo porque mantenerla alimentaría permanentemente el sentimiento de inferioridad y el resentimiento.
Pero también habría sabido que los encargados de redistribuir seguirían siendo seres humanos sometidos a la ambición y la codicia.
Por tanto, cuanto mayor fuera el poder entregado para realizar esa transformación, mayores deberían ser los controles destinados a impedir su apropiación.
Quien quisiera favorecer el crecimiento económico habría comprendido la necesidad de canalizar la ambición hacia inversión, trabajo, innovación y creación de riqueza.
Pero también habría sabido que ignorar una desigualdad extraordinariamente visible podía terminar generando una reacción política capaz de destruir aquello que pretendía proteger.
Y todos deberían haber comprendido que ninguna institución funcionaría exactamente igual sobre cualquier cultura.
Ésa es la utilidad que encuentro en conocer a Zaratustra y a su hermana.
No alcanza con que lo sepan quienes gobiernan
Podría parecer entonces que mi aspiración consiste en conseguir que políticos, economistas, sociólogos o quienes diseñan políticas públicas incorporen estas variables.
Por supuesto que sería deseable.
Pero creo que no alcanza.
En una democracia las políticas no son producto solamente de quienes gobiernan.
Son también producto de aquello que los ciudadanos demandamos, premiamos, toleramos y castigamos.
Un político que descubre que puede obtener votos estimulando resentimiento tendrá incentivos para hacerlo.
Otro que pueda favorecer intereses particulares sin que sus votantes comprendan el mecanismo también tendrá incentivos para hacerlo.
Y una ciudadanía que exige políticas sin preguntarse qué conductas incentivarán puede terminar contribuyendo involuntariamente a producir precisamente aquello que pretendía evitar.
Por eso considero tan importante que la mayor cantidad posible de personas conozca a Zaratustra y a su hermana, la cultura.
No para que todos pensemos igual.
Exactamente lo contrario.
Una persona de izquierda puede seguir siendo de izquierda.
Una persona de derecha puede continuar siendo de derecha.
Y alguien situado en el centro puede seguir desconfiando de ambos.
Pero quizá todos podamos aprender a formular algunas preguntas antes de defender una política:
¿Qué pulsiones humanas estimulará?
¿Qué comportamientos premiará?
¿Quién intentará aprovecharse de ella?
¿Qué ocurrirá con quienes se sientan perjudicados o inferiores?
¿Cómo interactuará con nuestra cultura?
¿Y qué cultura estaremos construyendo si mantenemos esos incentivos durante veinte o treinta años?
Podremos responder esas preguntas de maneras diferentes.
Pero simplemente formularlas ya mejoraría enormemente la discusión.
Conocer a Zaratustra no elimina a Zaratustra
Éste es posiblemente el punto más importante.
Conocer nuestra naturaleza no significa vencerla.
Una persona que comprende el mecanismo seguirá sintiendo ambición.
Seguirá comparándose.
Podrá sentir envidia.
Podrá experimentar resentimiento.
Pero tendrá una posibilidad adicional:
reconocer qué está ocurriendo dentro de ella antes de que su razón construya una explicación destinada simplemente a justificarlo.
Una población que comprende este mecanismo puede preguntarse si un dirigente está solucionando realmente una injusticia o utilizando su sentimiento de inferioridad para obtener poder.
Puede preguntarse si una política favorable a determinados empresarios está canalizando productivamente la ambición o simplemente legitimando privilegios.
Puede reconocer que una política bienintencionada puede producir resultados completamente diferentes dependiendo de la cultura sobre la cual se aplique.
Y puede comprender algo todavía más incómodo:
Zaratustra no actúa solamente en los demás.
También actúa en nosotros.
Quizá ésa sea la enseñanza más difícil.
Mi aspiración
La aspiración central de este enfoque no consiste en vencer la naturaleza humana.
Tampoco en negar su existencia.
Consiste en comprenderla.
Si el Homo sapiens llega a conocerse mejor a sí mismo, aumentarán sus posibilidades de diseñar culturas, políticas, instituciones y sistemas políticos más compatibles con lo que realmente es.
No existe garantía de éxito.
No existe destino final.
No existe una fórmula definitiva.
Existe únicamente una posibilidad.
La posibilidad de que una especie que ha aprendido tanto sobre el universo aprenda también algo más sobre sí misma.
Y que ese conocimiento le permita convivir un poco mejor con las fuerzas que siempre la han acompañado.
Ésa es la razón por la que considero importante difundir estas ideas.
No porque Zaratustra pueda decirnos exactamente qué debemos hacer.
Sino porque puede ayudarnos a comprender qué probablemente harán los seres humanos con aquello que decidamos hacer.
Sudáfrica nos permite contemplar cuánto puede costar olvidarlo.
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