¿Qué significa realmente ser progresista?

La idea de escribir este artículo nació a partir de una inquietud que fue creciendo con el paso de los años.
Observando muchas de las políticas impulsadas por corrientes habitualmente identificadas como progresistas, advertí que, aunque compartía algunos de sus objetivos, en otras ocasiones me resultaba difícil considerarlas verdaderamente progresistas. Un ejemplo de ello es mi desacuerdo, al menos parcial, con algunas propuestas vinculadas a las ideologías de género o con sus posturas en los procesos migratorios, entre otras, que suelen presentarse como una ampliación de derechos y, por lo tanto, como un avance del progreso. Mi impresión era que el desacuerdo no radicaba solamente en esas políticas, sino en algo mucho más profundo: seguramente no compartíamos la misma idea acerca de qué significa realmente progresar.
Esa constatación me llevó a una pregunta que considero previa a cualquier debate político:
¿Qué entendemos por progreso?
Porque, si no somos capaces de responder con claridad esa pregunta, difícilmente podamos evaluar si una política, una institución o un cambio cultural representa realmente un avance o un retroceso para una sociedad.
No escribo estas líneas para impugnar al progresismo tradicional ni para defender una determinada corriente política. Tampoco pretendo presentar una verdad definitiva. Mi propósito es mucho más modesto: proponer un criterio diferente para comprender el progreso y ponerlo a consideración del lector.
Es posible que esta propuesta sea incompleta o que algunos de sus principios deban corregirse. Si así fuera, la crítica habrá cumplido una función tan valiosa como la aceptación. Mi intención no es cerrar un debate, sino abrir uno que, a mi juicio, casi nunca se plantea: el significado mismo del progreso.
Por esa razón considero conveniente comenzar exponiendo los axiomas sobre los que se apoya esta concepción. No pretenden demostrar la teoría, sino hacer explícitos sus fundamentos. Si esos fundamentos resultan razonables, el resto del desarrollo será una consecuencia lógica de ellos. Si no lo son, la teoría deberá ser revisada o abandonada.
Invito al lector, entonces, a dejar por un momento de lado las etiquetas políticas tradicionales y acompañarme en una pregunta que considero tan simple como decisiva:
¿Qué significa realmente progresar?


Axiomas del progresismo racional 

Axioma I. La naturaleza humana es constante.

Los seres humanos nacemos con pulsiones profundas que no elegimos: ambición, miedo, deseo sexual, búsqueda de reconocimiento, rechazo de la inferioridad, cooperación, agresividad y muchas otras. Las culturas pueden modificarlas parcialmente, pero no eliminarlas.

Axioma II. Las pulsiones son energía, no moral.

Ninguna pulsión es buena o mala por sí misma.
Son fuerzas naturales.
La ambición puede producir riqueza o corrupción.
La sexualidad puede producir familias o sufrimiento.
La búsqueda de reconocimiento puede generar ciencia o guerras.
La diferencia nunca está en la pulsión sino en cómo se la canaliza.

Axioma III. La razón no existe para eliminar las pulsiones sino para comprenderlas y gobernarlas.

Pretender una humanidad sin pulsiones es tan absurdo como pretender una humanidad sin gravedad.
La misión de la razón consiste en conocerlas, prever sus consecuencias y construir formas superiores de convivencia.

Axioma IV. La cultura y las instituciones son las herramientas de la razón.

La razón individual posee escaso poder.
La razón colectiva construye cultura e instituciones.
Ellas son el verdadero instrumento mediante el cual una civilización consigue gobernar sus pulsiones.

Axioma V. El progreso consiste en aumentar la capacidad de la razón para canalizar las pulsiones hacia una mejor vida en comunidad.

Ésta es la definición central.
Toda política, institución o costumbre puede evaluarse mediante esta pregunta:
¿Contribuye a que la razón gobierne mejor nuestras pulsiones o simplemente racionaliza sus consecuencias?

Axioma VI. El progreso nunca es definitivo.

Toda institución es provisional.
Debe conservarse mientras sea la mejor solución conocida y modificarse cuando aparezca otra superior.
No existen instituciones sagradas.

Axioma VII. El progreso exige prudencia adaptativa.
No siempre es posible alcanzar el ideal.

La razón debe aceptar las restricciones impuestas por la naturaleza humana y elegir, en cada momento histórico, la mejor solución disponible.
La perfección imaginaria jamás debe imponerse sobre la realidad.

Axioma VIII. Las ideologías son hipótesis, no verdades.

Ninguna doctrina merece ser aceptada por autoridad.
Toda idea debe ser juzgada por sus consecuencias reales sobre la convivencia humana.

Axioma IX. Ninguna ideología posee el monopolio del progreso.

Una idea puede provenir de la izquierda, de la derecha o de cualquier tradición.
Será progresista únicamente si fortalece el gobierno racional de las pulsiones humanas.
Será regresiva si simplemente construye nuevas racionalizaciones para ellas.

Axioma X. El verdadero progresismo es un método de aprendizaje permanente.

No consiste en imponer una sociedad ideal.
Consiste en aprender continuamente de la experiencia, corregir errores y construir instituciones cada vez más eficaces para vivir mejor en comunidad.

¿Qué significa entonces realmente ser progresista?

La palabra progresista forma parte de nuestro lenguaje cotidiano. La utilizamos para describir avances científicos, cambios sociales, reformas políticas o ampliaciones de derechos. Sin embargo, rara vez nos detenemos a preguntarnos qué significa realmente progresar.
Con frecuencia damos por sentado que el progreso consiste en ampliar libertades, reconocer nuevos derechos o modificar instituciones consideradas injustas. Sin duda, muchos de esos cambios han representado avances extraordinarios para la humanidad. Pero ¿es suficiente ese criterio? ¿Toda ampliación de derechos constituye necesariamente un progreso? ¿Toda innovación social hace avanzar a una civilización?
Creo que no.
Mi propuesta parte de una pregunta previa: ¿cuál es el propósito último del progreso?
A mi entender, la respuesta es sencilla: vivir mejor en comunidad.
Si aceptamos ese objetivo, entonces el progreso no puede definirse únicamente por la cantidad de derechos que una sociedad reconoce ni por el grado de libertad que concede a sus ciudadanos. Debe evaluarse por algo más profundo: su capacidad para construir una convivencia cada vez mejor.
Para comprender esta idea considero necesario comenzar por la naturaleza humana.
Los seres humanos no somos seres puramente racionales. Estamos impulsados por fuerzas profundas que no elegimos: ambición, miedo, deseo sexual, necesidad de reconocimiento, orgullo, cooperación, resentimiento y muchas otras pulsiones que forman parte de nuestra condición.
Esas pulsiones no son, en sí mismas, ni buenas ni malas. Constituyen simplemente una realidad de la naturaleza humana. Lo que determina sus consecuencias no es su existencia, sino la manera en que son canalizadas.
Aquí aparece el verdadero papel de la razón.
La razón no existe para eliminar nuestras pulsiones. Esa pretensión sería tan ingenua como imposible. Su función consiste en comprenderlas, prever sus consecuencias y construir instituciones y una cultura capaces de orientarlas hacia formas de convivencia cada vez mejores.
Por esa razón propongo una definición diferente del progreso:
Una sociedad progresa cuando aumenta la capacidad de la razón para comprender las pulsiones humanas y construir instituciones y una cultura que las canalicen de manera cada vez más eficaz hacia una mejor vida en comunidad.
Esta definición tiene varias consecuencias importantes.
En primer lugar, el progreso deja de pertenecer a una ideología determinada. Ninguna corriente política posee el monopolio del progreso. Una idea será progresista si contribuye efectivamente a mejorar la convivencia mediante una mejor canalización de la naturaleza humana. Será regresiva si simplemente racionaliza o facilita las consecuencias destructivas de nuestras pulsiones.
En segundo lugar, el progreso deja de ser un estado final para convertirse en un proceso permanente de aprendizaje.
No conocemos una sociedad perfecta. Ninguna institución es definitiva. Las sociedades avanzan porque aprenden de sus errores, corrigen sus excesos y descubren formas superiores de organizar la convivencia. El verdadero progreso no consiste en imponer un ideal previamente imaginado, sino en aproximarse gradualmente a soluciones mejores mediante la experiencia, la reflexión y la crítica.
En tercer lugar, esta concepción obliga a abandonar tanto el idealismo como la resignación.
El idealismo supone que basta imaginar una sociedad mejor para poder construirla. La resignación acepta que la naturaleza humana hace imposible cualquier mejora significativa.
Creo que ambos extremos se equivocan.
La naturaleza humana impone límites reales, pero esos límites no impiden el progreso. Lo condicionan.
Existen instituciones que hoy aceptamos no porque representen un ideal moral absoluto, sino porque, hasta donde sabemos, constituyen las mejores herramientas disponibles para convivir con nuestra naturaleza. Si algún día descubrimos instituciones superiores, el verdadero progresismo consistirá precisamente en adoptarlas.
Por eso el progreso nunca debe confundirse con la fidelidad a una determinada tradición política.
Una sociedad verdaderamente progresista conserva aquello que la experiencia demuestra valioso y modifica aquello que la experiencia demuestra insuficiente. Conserva sin inmovilismo y cambia sin utopías.
Este criterio también exige una profunda humildad intelectual.
Toda teoría, incluida la que aquí propongo, debe permanecer abierta a la crítica. Si la experiencia demuestra que una idea produce mejores resultados para la convivencia humana, deberá incorporarse. Si demuestra lo contrario, deberá abandonarse.
Las ideologías no deberían juzgarse por la belleza de sus principios ni por la nobleza de sus intenciones, sino por su capacidad real para construir sociedades donde las personas vivan mejor unas con otras.
Tal vez ése sea, finalmente, el verdadero significado del progreso.
No la victoria definitiva de una ideología.
No la realización de una utopía.
No la desaparición de nuestras pulsiones.
Sino el lento, permanente e inacabado aprendizaje mediante el cual la razón, la cultura y las instituciones consiguen gobernar cada vez mejor la naturaleza humana para hacer posible una convivencia más libre, más estable, más próspera y, sobre todo, más humana.

Comentarios

Posts más vistos

Instituto Patria, un psiquiátrico. Y sin psiquiatras.

Borges, la crisis Argentina y lo que nadie dice.

Pfizer, muerte e ideología.

Cristina, el gran problema argentino

El comunismo y su enemigo imbatible

Guia para el visitante del blog

La Nueva Guerra Fria. Desarrollo vs subdesarrollo. Occidente vs Oriente. Posmodernidad vs Medioevo

Cultura colectivista vs cultura individualista

El pueblo y la envidia

Cuanto peor, mejor