Cuando Corea comenzó a trabajar para Zaratustra


Cuando Corea comenzó a trabajar para Zaratustra

Cómo las instituciones que hicieron posible un extraordinario desarrollo pueden necesitar cambiar para que el desarrollo continúe siendo progreso

Corea del Sur protagonizó uno de los procesos de desarrollo más extraordinarios de la historia contemporánea.
En pocas décadas pasó de ser un país pobre, devastado por una guerra, a convertirse en una potencia industrial y tecnológica. Construyó algunas de las empresas más competitivas del mundo, desarrolló una infraestructura formidable, alcanzó niveles educativos excepcionales y consiguió proporcionar a su población una esperanza de vida y unas condiciones materiales que sus habitantes de mediados del siglo XX difícilmente hubieran podido imaginar.
Pocas experiencias históricas permiten observar con tanta claridad lo que unas instituciones adecuadas pueden conseguir cuando logran canalizar eficazmente las capacidades y motivaciones de una sociedad.
Precisamente por eso Corea del Sur constituye un caso particularmente interesante para analizar desde la concepción del progresismo que he venido desarrollando.
Porque la pregunta que quisiera formular no es por qué Corea fracasó.
Corea no fracasó.
La pregunta, mucho más interesante, es otra:
¿Puede ocurrir que las instituciones y características culturales que permitieron un extraordinario progreso durante determinada etapa histórica dejen posteriormente de producir los mismos resultados y comiencen incluso a deteriorar algunos aspectos de la calidad de vida?
Creo que Corea del Sur proporciona suficientes indicios como para que valga la pena explorar esa posibilidad.
No pretendo demostrar que ésta sea la explicación definitiva de los problemas que actualmente enfrenta el país. Mucho menos proponer desde aquí las reformas concretas que debería realizar una sociedad extremadamente compleja que conocemos de manera necesariamente limitada.
La intención es diferente.
Quisiera observar Corea desde una perspectiva que utilizo reiteradamente en este blog: la interacción entre nuestras pulsiones —aquello que he denominado metafóricamente Zaratustra—, la cultura y las instituciones.
Tal vez esa perspectiva permita comprender de una manera diferente algunos fenómenos que, considerados aisladamente, parecen no tener demasiado en común.

El milagro coreano

Para comprender el problema actual es necesario comenzar reconociendo la magnitud del éxito anterior.
La Corea que comenzó su industrialización acelerada durante el gobierno de Park Chung-hee necesitaba prácticamente todo: capital, infraestructura, tecnología, educación, empresas competitivas y capacidad exportadora.
El Estado orientó crédito y recursos hacia determinados sectores, promovió grandes conglomerados empresariales y exigió resultados. Los futuros chaebol encontraron enormes oportunidades para crecer, pero ese crecimiento estaba fuertemente relacionado con su capacidad para industrializar, producir y exportar.
Desde la perspectiva que propongo, aquello puede interpretarse como una extraordinaria canalización de Zaratustra.
No fue necesario pedirles a los empresarios que abandonaran su ambición.
Se la utilizó.
Podían enriquecerse extraordinariamente, pero para hacerlo debían contribuir simultáneamente al desarrollo industrial de Corea.
Algo semejante ocurrió con buena parte de la población.
La educación permitía ascender. El trabajo permitía mejorar. El ahorro permitía acumular patrimonio. El sacrificio de una generación podía proporcionar a la siguiente una vida extraordinariamente superior.
Durante buena parte de ese proceso podía establecerse una relación bastante clara:
ambición → esfuerzo → productividad → crecimiento → movilidad social → mejora de la calidad de vida.
Zaratustra quería más.
Las instituciones consiguieron que para obtener ese “más” fuera necesario producir también algo útil para los demás.
Difícilmente podría imaginarse una canalización más exitosa de la ambición humana.
Pero existía además otro componente fundamental.
La cultura.
Corea poseía características culturales que resultaron extraordinariamente compatibles con aquel proyecto: valoración de la educación, disciplina, capacidad de sacrificio, importancia de la familia, respeto por las jerarquías, preocupación por el estatus y una enorme disposición a postergar gratificaciones presentes en busca de resultados futuros.
Sin embargo, sería incompleto afirmar que las instituciones coreanas simplemente aprovecharon una cultura ya existente.
La relación parece haber funcionado también en sentido inverso.

Cuando las instituciones transforman la cultura

Corea no comenzó su transformación como la sociedad extraordinariamente organizada, disciplinada y cívicamente exigente que hoy conocemos.
Las primeras décadas posteriores a la independencia estuvieron atravesadas por pobreza, clientelismo, corrupción, inestabilidad política y una administración mucho menos eficaz.
El Estado desarrollista modificó profundamente ese entorno.
No eliminó la corrupción.
Mientras disciplinaba amplios sectores del Estado y construía una administración más funcional, mantuvo al mismo tiempo relaciones privilegiadas y opacas con grandes conglomerados empresariales.
Pero precisamente esta contradicción resulta importante.
Durante décadas, el ciudadano común comenzó a vivir cada vez más dentro de un sistema donde el acceso a numerosas posiciones dependía del estudio, los exámenes, el desempeño, la disciplina y el cumplimiento de reglas relativamente previsibles.
Las instituciones modificaron incentivos.
Los incentivos modificaron conductas.
Las conductas repetidas durante generaciones comenzaron a modificar expectativas.
Y las expectativas compartidas pueden convertirse finalmente en cultura.
Esto permite introducir una dimensión fundamental:
las instituciones no solamente funcionan mejor o peor dependiendo de la cultura sobre la cual actúan. También pueden transformar esa cultura.
Y normalmente esa transformación requiere algo más que reglas.
Requiere liderazgo capaz de sostenerlas durante suficiente tiempo.
Instituciones y liderazgo pueden así cambiar progresivamente aquello que una sociedad considera normal, legítimo o intolerable.
En ese sentido, Corea constituye uno de los ejemplos más interesantes de cómo una sociedad puede modificar profundamente su cultura cívica.
El desarrollo produjo además educación masiva, urbanización y una extensa clase media con creciente capacidad para cuestionar al propio sistema que había contribuido a crearla.
La posterior democratización permitió que esa nueva ciudadanía comenzara a exigir algo que el antiguo modelo desarrollista nunca había aplicado completamente:
que las reglas que disciplinaban al ciudadano común alcanzaran también a quienes ocupaban la cúspide del poder político y económico.
Aquí aparece una paradoja particularmente interesante.
Las instituciones desarrollistas no solamente transformaron la economía de Corea.
También contribuyeron a transformar al ciudadano coreano.
Y ese ciudadano, formado durante décadas dentro de una sociedad donde el esfuerzo, el cumplimiento y la competencia reglada adquirieron enorme importancia, comenzó finalmente a cuestionar aquellos espacios donde las élites parecían continuar funcionando bajo reglas diferentes.
Podría decirse entonces que la propia cultura cívica que el desarrollo ayudó a fortalecer comenzó a presionar para completar una transformación institucional que el antiguo sistema había dejado inconclusa.

Una transformación cultural posiblemente incompleta

Aquí aparece una cuestión delicada pero importante.
La transformación cultural coreana parece haber avanzado notablemente en amplios sectores de la sociedad.
La ciudadanía desarrolló una menor tolerancia hacia determinadas formas de corrupción, abusos de poder y privilegios evidentes.
Sin embargo, cabe preguntarse si ese cambio cultural penetró con igual intensidad en las altas esferas económicas.
No puede afirmarse de manera categórica.
Pero resulta razonable explorar la posibilidad.
Los grandes conglomerados familiares nacieron y crecieron dentro de un sistema donde la cercanía con el poder político, la concentración económica y la capacidad de negociación privilegiada formaban parte de la propia arquitectura del desarrollo.
Ese entorno pudo haber generado una cultura empresarial diferente de la que se consolidó progresivamente entre los ciudadanos comunes.
Mientras la población fue interiorizando crecientemente reglas impersonales, meritocracia y cumplimiento, parte de las élites económicas pudo conservar prácticas y expectativas asociadas a otro período:
protección de posiciones adquiridas, transmisión familiar del control, utilización estratégica de relaciones políticas y capacidad de influir sobre las condiciones institucionales dentro de las cuales compiten los demás.
Si esto fuera así, Corea presentaría una tensión especialmente interesante:
una cultura cívica transformada desde abajo coexistiendo con restos culturales e institucionales del antiguo modelo en la cúspide.
No se trata de demostrar que exista una élite homogénea actuando coordinadamente.
Pero sí de preguntar si determinadas conductas que fueron funcionales o toleradas durante la industrialización permanecieron más tiempo entre quienes más se beneficiaron de aquel sistema.
Y si esto ocurrió, la transformación cultural coreana podría considerarse todavía incompleta.

El éxito cambia las condiciones que hicieron exitosas a las instituciones

Aquí comienza el verdadero problema.
Las instituciones coreanas tuvieron éxito.
Y precisamente porque lo tuvieron, transformaron completamente la sociedad sobre la cual actuaban.
Corea dejó de ser pobre.
Se urbanizó.
Se educó.
Acumuló capital.
Creó enormes empresas.
Desarrolló tecnología.
La población comenzó a concentrarse alrededor de Seúl y de otros grandes centros urbanos. La educación superior se generalizó. La vivienda pasó a constituir no solamente un lugar donde vivir sino también una importante forma de patrimonio. Las expectativas sobre aquello que significa alcanzar una posición social satisfactoria aumentaron extraordinariamente.
El país cambió.
Pero Zaratustra no cambió.
Y la cultura, aunque modificada profundamente, no cambió de manera uniforme ni al mismo ritmo en todos los sectores.
Aquí aparece una cuestión que considero fundamental:
las instituciones pueden modificar la sociedad y la cultura, pero ese proceso nunca es completo ni definitivo.
Una institución puede transformar positivamente determinados comportamientos y al mismo tiempo conservar estructuras que posteriormente se convierten en obstáculos.
Y precisamente porque tuvo éxito, puede terminar enfrentando problemas que antes no existían.

Del Zaratustra productivo al Zaratustra posicional

Cuando una sociedad es pobre existen enormes posibilidades de que la competencia produzca beneficios para todos.
Si dos personas quieren un automóvil, pueden producirse dos automóviles.
Si millones quieren electrodomésticos, pueden construirse fábricas que produzcan millones de electrodomésticos.
Si todos quieren mayor educación, pueden construirse escuelas y universidades.
En esos casos:
más ambición → más producción → más bienestar.
Pero existen otros bienes cuya naturaleza es completamente diferente.
Todos los coreanos pueden tener un excelente televisor.
Pero no todos pueden vivir en los barrios más prestigiosos de Seúl.
Todos pueden recibir educación universitaria.
Pero no todos pueden graduarse de las universidades de mayor prestigio.
Todos pueden trabajar.
Pero no todos pueden ocupar las posiciones profesionales de mayor estatus.
Aquí aparece una forma diferente de competencia.
Ya no competimos fundamentalmente por tener más bienes.
Competimos por ocupar mejores posiciones relativas.
Y Zaratustra no distingue demasiado entre ambas cosas.
Simplemente nos dice:
no quiero quedar por debajo.

La cinta de correr de Zaratustra

Imaginemos que aumenta enormemente la productividad de una sociedad.
Sus habitantes producen más por cada hora trabajada y, por tanto, disponen potencialmente de mayor capacidad para consumir, ahorrar, descansar y disfrutar de su vida.
Pero entonces comienza la competencia posicional.
Una familia tiene mayores ingresos y puede pagar más por una vivienda situada en determinado lugar.
Las demás familias también.
Cuando el bien es escaso, aumenta su precio.
Parte del aumento de capacidad económica termina capitalizado en el valor del suelo y de la vivienda.
Algo semejante puede ocurrir con la educación.
Una familia utiliza su mayor ingreso para proporcionar educación adicional a sus hijos.
Las demás hacen lo mismo.
Aquello que inicialmente proporcionaba una ventaja comienza a generalizarse.
Entonces deja de ser una ventaja y se convierte en un nuevo requisito para competir.
Hay que estudiar más para mantener aproximadamente la misma posición relativa.
Y puede ocurrir algo semejante en el mercado laboral.
Si trabajar más permite ascender, cada trabajador tiene individualmente incentivos para hacerlo.
Pero si todos trabajan más, aumenta el estándar necesario para demostrar compromiso y conservar la posición.
Todos corren más rápido.
Pero sus posiciones relativas cambian poco.
Es lo que podríamos llamar la cinta de correr de Zaratustra.

La racionalidad al servicio de la pulsión

Aquí conviene realizar una distinción fundamental.
Estos comportamientos no son necesariamente irracionales en el sentido habitual de la palabra.
Pueden ser perfectamente racionales.
Pero la pregunta es:
¿al servicio de qué está trabajando esa racionalidad?
Zaratustra proporciona el impulso.
La razón instrumental encuentra la estrategia más eficiente para satisfacerlo.
Un padre puede comprender perfectamente que sería preferible que todos los niños coreanos estudiaran menos horas.
Pero si los demás continúan enviando a sus hijos a academias privadas y él decide no hacerlo, puede perjudicar las oportunidades de su propio hijo.
Entonces paga la academia.
Su comportamiento es racional.
Pero el impulso original —mi hijo no debe quedar por debajo— pertenece a Zaratustra.
Un trabajador puede preferir marcharse antes de la oficina.
Pero si cree que hacerlo perjudicará su carrera mientras sus compañeros permanecen trabajando, continuará allí.
Otra vez: conducta racional individualmente.
Un propietario puede comprender perfectamente que los precios extraordinariamente elevados de la vivienda perjudican a los jóvenes y simultáneamente utilizar toda su capacidad racional para maximizar el valor de su propiedad.
No necesitamos trabajadores irracionales.
No necesitamos padres obsesionados.
No necesitamos empresarios moralmente malos.
Necesitamos solamente seres humanos actuando como seres humanos dentro de determinadas reglas.
Y entonces aparece uno de los problemas fundamentales que justifican la existencia de instituciones:
aquello que resulta racional individualmente puede producir un resultado irracional colectivamente.

Cuando Zaratustra adquiere poder sobre las propias reglas

Hasta aquí podría parecer que todos participan de la competencia aproximadamente de la misma manera.
Pero evidentemente no es así.
Zaratustra actúa tanto sobre quien intenta ascender como sobre quien ya ha alcanzado una posición privilegiada y desea conservarla.
El estudiante quiere acceder a una posición mejor.
El trabajador quiere aumentar sus ingresos.
El empresario quiere ampliar sus beneficios.
Pero quien ya ha acumulado una enorme cantidad de riqueza posee además algo que los demás no tienen en igual proporción:
poder.
Y ese poder puede permitirle no solamente competir dentro de las reglas existentes, sino también influir sobre las propias reglas.
Aquí aparece una posibilidad que merece ser considerada en Corea debido a la extraordinaria concentración económica alcanzada por los grandes conglomerados empresariales y al peso histórico que han tenido en el desarrollo del país.
Los chaebol fueron instrumentos fundamentales del milagro coreano.
Pero una gran concentración de capacidad productiva puede transformarse también en una gran concentración de capacidad de influencia.
Y Zaratustra no desaparece cuando una persona alcanza la cima.
Probablemente ocurra exactamente lo contrario.
Quien ha conseguido riqueza, posición y poder posee fuertes incentivos para conservarlos y, en muchas ocasiones, transmitirlos a sus descendientes.
Podríamos entonces distinguir entre un Zaratustra ascendente, que intenta alcanzar posiciones superiores, y un Zaratustra defensivo, que intenta impedir perder aquellas que ya consiguió.
La diferencia fundamental es que el segundo dispone de muchos más recursos para alcanzar sus objetivos.
Aquí surge una pregunta que no deberíamos omitir:
¿Hasta qué punto los sectores económicos y sociales que más se beneficiaron del modelo coreano han contribuido, consciente o inconscientemente, a preservar aquellas características institucionales que continúan favoreciendo sus posiciones aun cuando algunas de ellas puedan estar generando costos crecientes para el conjunto de la sociedad?
No conocemos la respuesta.
Y no necesitamos afirmar que exista una conspiración.
Puede haber influencia deliberada.
Pero también puede ocurrir algo mucho más sencillo.
Cada actor utiliza racionalmente los recursos de los que dispone para defender sus intereses.
Una empresa intenta obtener mejores condiciones.
Un propietario intenta preservar el valor de sus activos.
Una familia empresarial intenta conservar el control de su patrimonio.
Un sector económico intenta evitar regulaciones que lo perjudican.
Un político intenta conservar los apoyos necesarios para permanecer en el poder.
El resultado acumulado puede ser una progresiva inclinación de las instituciones hacia quienes poseen mayor capacidad de influir sobre ellas.
Si esto ocurre, aparece una consecuencia particularmente importante:
las instituciones no solamente canalizan a Zaratustra. Las propias instituciones pueden convertirse en objeto de la competencia de Zaratustra.
El proceso podría representarse así:
instituciones → canalización de Zaratustra → creación y distribución de riqueza → acumulación de poder → influencia sobre las instituciones.
El círculo vuelve al punto de partida.
Y entonces surge una exigencia nueva.
No basta con que una institución sea capaz de canalizar a Zaratustra. Debe ser también suficientemente resistente para impedir que Zaratustra termine capturando el canal.

El costo de pertenecer

Esta dinámica permite introducir un concepto que me parece especialmente útil para comprender la Corea actual:
el costo de pertenecer.
Pertenecer plenamente a una sociedad no significa simplemente sobrevivir.
Significa alcanzar aquello que esa sociedad considera una vida razonablemente exitosa.
Y ese costo no se mide solamente en dinero.
Incluye:
tiempo, esfuerzo, vivienda, educación, trabajo, patrimonio, apariencia, relaciones sociales, prestigio y seguridad respecto de la propia posición.
Corea parece proporcionar ejemplos particularmente interesantes.
Una vivienda adecuada en determinados lugares puede requerir esfuerzos extraordinarios.
La educación de los hijos puede implicar enormes inversiones económicas y personales.
El mercado laboral puede exigir niveles elevados de compromiso y competencia.
La posición profesional adquiere enorme importancia.
Incluso la apariencia física parece haberse convertido en otro terreno donde se expresa la competencia social.
Esto último resulta especialmente revelador.
La competencia ya no determina solamente qué tenemos.
Puede terminar determinando incluso cómo consideramos que debemos vernos para pertenecer.
Y nuevamente aparece el mismo mecanismo:
ventaja → difusión → normalización → nuevo estándar → nueva exigencia.
Aquello que ayer era una posibilidad adicional mañana puede convertirse en una obligación implícita.

¿Adónde fue el milagro?

Llegamos entonces a una pregunta particularmente importante.
Corea multiplicó extraordinariamente su productividad.
¿En qué se transformó todo ese incremento?
Una parte evidentemente mejoró enormemente la vida de los coreanos.
Mejores viviendas.
Mejor alimentación.
Automóviles.
Infraestructura.
Salud.
Tecnología.
Viajes.
Educación.
Mayor esperanza de vida.
Patrimonio.
Sería absurdo negar semejante progreso.
Otra parte se transformó en capital empresarial, beneficios e inversión que permitieron continuar aumentando la capacidad productiva.
Pero cabe preguntarse si existe además una tercera parte:
una fracción del milagro puede haber terminado financiando el aumento del costo de competir por pertenecer al propio milagro.
Más ingresos permiten pagar viviendas más caras.
Más ingresos permiten financiar más educación competitiva.
Más riqueza permite adquirir más elementos de diferenciación.
Mayor educación eleva las credenciales necesarias para distinguirse.
Y así sucesivamente.
Entonces puede ocurrir algo paradójico:
una sociedad se vuelve muchísimo más rica sin que su sensación de suficiencia aumente proporcionalmente.
Porque el ser humano no compara solamente su situación con la de sus abuelos.
La compara fundamentalmente con quienes lo rodean.
Zaratustra no pregunta:
“¿Vivo muchísimo mejor que un coreano de 1960?”
Pregunta:
“¿Dónde estoy respecto de los demás coreanos de hoy?”

Productividad y tiempo: otra forma de distribuir el progreso

Cuando aumenta la productividad existen diferentes maneras de utilizar ese incremento.
Podemos producir más bienes.
Podemos consumir más.
Podemos acumular más patrimonio.
Podemos invertir más.
Pero también podemos utilizar una parte del aumento de productividad para trabajar menos.
El tiempo también constituye una forma de distribución del progreso.
Si una tecnología permite producir en seis horas aquello que antes necesitaba diez, una sociedad puede utilizar las cuatro horas restantes para producir todavía más.
O puede utilizar parte de ellas para vivir.
Ninguna de las dos decisiones es necesariamente correcta en todas las circunstancias.
Una sociedad pobre probablemente necesite utilizar buena parte de esa productividad adicional para acumular capital y aumentar producción.
Pero ¿debe hacerlo indefinidamente una sociedad rica?
Ésta es precisamente una pregunta progresista en el sentido que propongo.
¿Para qué queremos finalmente ser más productivos?
Si el aumento de productividad no termina proporcionándonos también mayor capacidad para disponer de nuestra propia existencia, debemos al menos preguntarnos qué parte del esfuerzo adicional continúa siendo necesaria.

Educación: cuando aprender y competir dejan de ser exactamente lo mismo

Corea proporciona probablemente uno de los mejores ejemplos de esta dificultad.
La extraordinaria valoración de la educación fue una de las grandes fortalezas de su desarrollo.
Pero existe una diferencia fundamental entre:
educación que aumenta capacidades
y
educación que permite superar a otro competidor.
Naturalmente ambas funciones pueden coexistir.
El problema aparece cuando una proporción creciente del esfuerzo se destina a la segunda.
Si todos los estudiantes estudian dos horas adicionales para mejorar realmente sus conocimientos, la sociedad puede beneficiarse.
Pero si todos estudian esas dos horas simplemente porque los demás también las estudian y nadie puede permitirse quedar atrás, el beneficio colectivo puede ser mucho menor.
Ninguna familia puede abandonar unilateralmente la competencia.
La cultura la refuerza.
Zaratustra la impulsa.
Y entonces aparece nuevamente la necesidad de instituciones capaces de resolver un problema de acción colectiva.

Vivienda: trabajar más para pagar más

La vivienda puede representar otro caso especialmente claro.
Si aumenta la productividad y con ella los ingresos, esperaríamos que acceder a una vivienda se volviera progresivamente más sencillo.
Pero si las oportunidades se concentran territorialmente y la oferta de viviendas deseables permanece relativamente limitada, puede ocurrir lo contrario.
Las familias poseen mayor capacidad de pago.
Compiten por los mismos lugares.
Los precios aumentan.
Entonces deben trabajar y ahorrar todavía más.
Parte del aumento de productividad termina incorporándose al precio del activo.
La sociedad es más rica.
Pero acceder a aquello que considera necesario para pertenecer puede resultar cada vez más difícil.
Aquí tampoco necesitamos afirmar que exista una coordinación deliberada destinada a mantener elevados los precios.
Pero tampoco deberíamos excluir que determinados actores con poder económico tengan incentivos para preservar escaseces, valores patrimoniales o reglas que los favorezcan.
La pregunta relevante no es únicamente si existe intención.
Es también:
¿quién se beneficia del funcionamiento actual y cuánto poder posee para impedir que cambie?

La cirugía estética y la competencia sobre uno mismo

La enorme importancia de la apariencia física en Corea introduce una dimensión adicional.
Cuando una determinada característica estética proporciona alguna ventaja social, profesional o afectiva, modificarla puede convertirse en una decisión racional.
Pero si suficientes personas lo hacen, el estándar cambia.
Lo excepcional se vuelve frecuente.
Lo frecuente se normaliza.
Y aquello que era una posibilidad puede comenzar a sentirse como una exigencia.
La competencia posicional termina invadiendo incluso el cuerpo.
Esto permite comprender que el costo de pertenecer no es simplemente económico.
Puede ocupar progresivamente más dimensiones de la existencia.
Y muestra algo particularmente importante:
el aumento de posibilidades individuales puede producir nuevas exigencias colectivas.
Una sociedad puede ofrecer cada vez más opciones y, paradójicamente, hacer que sus integrantes sientan que cada vez existen más cosas que deben hacer para no quedar atrás.

La natalidad como señal de alarma

Aquí aparece probablemente el indicador más inquietante.
Corea del Sur ha alcanzado durante los últimos años niveles de fecundidad extraordinariamente bajos, incluso comparados con otras sociedades desarrolladas.
Naturalmente sería un error atribuir toda la caída de natalidad al modelo coreano.
La fecundidad disminuye en gran parte del mundo desarrollado y también en numerosos países de ingresos medios.
Pero el carácter extremo del fenómeno coreano obliga a preguntarse si existe algo adicional.
Tener un hijo no significa simplemente alimentarlo.
Dentro de una sociedad extraordinariamente competitiva puede significar proporcionarle vivienda adecuada, educación, actividades adicionales, oportunidades profesionales y todos los elementos necesarios para que pueda competir exitosamente.
El costo relevante deja entonces de ser solamente:
¿cuánto cuesta mantener un niño?
Y pasa a ser:
¿cuánto cuesta formar un adulto capaz de pertenecer?
Si ese costo económico, temporal y psicológico se vuelve extraordinariamente elevado, no debería sorprendernos que algunas personas posterguen indefinidamente la decisión de tener hijos o directamente renuncien a ella.
Entonces puede aparecer una paradoja formidable:
el sistema de sacrificio que permitió construir una de las sociedades más exitosas del mundo puede terminar haciendo demasiado costoso realizar el sacrificio adicional necesario para producir la siguiente generación.

Movilidad: cuando sacrificarse deja de significar ascender

Hay además otro elemento que podría resultar decisivo.
El enorme sacrificio de las primeras generaciones del desarrollo coreano tenía una recompensa extraordinariamente visible.
Los hijos vivían muchísimo mejor que los padres.
La movilidad era tangible.
Podríamos simplificarlo así:
abuelos: sacrificio → enorme ascenso.
Posteriormente:
padres: sacrificio → consolidación.
Pero puede aparecer una tercera etapa:
nietos: enorme sacrificio → intentar simplemente no descender.
Si esto ocurre, cambia completamente la percepción del contrato social.
Trabajar y estudiar intensamente deja de ser el precio de avanzar.
Empieza a convertirse en el precio de permanecer.
Y entonces expresiones como Hell Joseon adquieren un significado mucho más profundo.
No necesariamente describen pobreza material.
Pueden expresar la frustración de vivir en una sociedad extraordinariamente rica donde, sin embargo, el costo percibido de alcanzar una posición satisfactoria resulta desmesurado.

Corea como un caso difícil para Zaratustra

Existe una razón adicional por la que considero especialmente interesante analizar Corea del Sur desde esta perspectiva.
Corea constituye, en cierto sentido, un caso difícil para la hipótesis que he denominado Zaratustra.
Si observáramos solamente sociedades pobres, institucionalmente débiles, con bajos niveles educativos, elevada corrupción o frecuentes conflictos sociales, resultaría relativamente sencillo encontrar comportamientos donde las pulsiones parecen imponerse sobre una canalización racional orientada al bienestar colectivo.
Pero siempre podría plantearse una objeción razonable:
quizás aquello que atribuyo a Zaratustra no sea más que una consecuencia del subdesarrollo, la pobreza o unas instituciones deficientes.
Corea del Sur dificulta esa explicación.
Estamos ante una de las sociedades más desarrolladas, educadas, tecnológicas, productivas y organizadas del planeta.
Y, sin embargo, Zaratustra parece seguir allí.
No necesariamente produciendo las mismas consecuencias que en una sociedad pobre.
Al contrario.
Mucho más sofisticado.
La ambición puede transformarse en una extraordinaria carrera profesional.
El temor a quedar rezagado puede convertirse en una competencia educativa desmesurada.
La búsqueda de estatus puede trasladarse hacia la vivienda, la universidad, la profesión o incluso la apariencia física.
La razón no ha desaparecido en ninguno de estos procesos.
Precisamente ocurre lo contrario.
Personas extraordinariamente educadas utilizan racionalmente los medios disponibles para alcanzar los objetivos hacia los cuales las empujan sus pulsiones.
Zaratustra proporciona el impulso y la razón instrumental perfecciona la estrategia.
El desarrollo económico, la educación y la tecnología pueden aumentar enormemente nuestra capacidad racional sin garantizar que esa capacidad sea utilizada para decidir racionalmente qué pulsiones conviene satisfacer y cuáles conviene limitar.
Podemos volvernos extraordinariamente eficientes para conseguir aquello que deseamos sin preguntarnos con la misma frecuencia si conseguirlo mejora realmente nuestra vida.
Y eso refuerza una conclusión importante:
el progreso material no elimina a Zaratustra.
Puede modificar los territorios sobre los cuales compite.
Puede sofisticar sus estrategias.
Puede reducir algunas de sus manifestaciones más destructivas.
Pero la pulsión permanece.
Por eso la diferencia fundamental entre sociedades no debería buscarse solamente en cuánto de Zaratustra existe en ellas, sino en cómo su cultura y sus instituciones consiguen canalizarlo.
Y si incluso una sociedad extraordinariamente desarrollada necesita revisar permanentemente las instituciones que canalizan nuestras pulsiones, cuánto mayor puede ser su importancia allí donde las instituciones son débiles y la cultura facilita formas de competencia menos compatibles con el bienestar colectivo.

Una sociedad mucho más rica, ¿pero proporcionalmente mejor para vivir?

Aquí aparece una comparación incómoda pero útil.
Comparemos Corea con sociedades mucho menos exitosas institucionalmente.
Argentina constituye un ejemplo particularmente interesante.
Corea supera enormemente a Argentina en productividad, estabilidad, infraestructura, tecnología, organización, seguridad y numerosas dimensiones objetivas del desarrollo.
Argentina, por el contrario, constituye un ejemplo persistente de incapacidad para transformar adecuadamente enormes recursos humanos y naturales en bienestar colectivo.
Desde la perspectiva que propongo, podría decirse que Argentina muestra problemas de insuficiente canalización productiva de Zaratustra.
Pero entonces surge una pregunta provocadora:
¿es proporcionalmente mayor la calidad de vida experimentada por el coreano medio?
Si la respuesta no resulta tan evidente como debería considerando la extraordinaria diferencia de desarrollo entre ambos países, tenemos algo que investigar.
No porque Argentina constituya una alternativa deseable.
No la constituye.
Sino porque quizá estemos observando dos extremos diferentes.
Argentina puede representar insuficiente canalización productiva de nuestras pulsiones.
Corea podría representar una canalización competitiva tan intensa que comienza a invadir excesivamente la vida.
Una sociedad produce menos bienestar del que permitirían sus recursos.
La otra podría exigir más sacrificio del necesario para producir el extraordinario bienestar material que ya es capaz de generar.

Crecimiento económico no es necesariamente progreso

Llegamos aquí al punto donde este análisis se relaciona directamente con la concepción del progresismo que intento desarrollar.
El crecimiento económico es extraordinariamente importante.
La productividad también.
La tecnología también.
Pero ninguno constituye por sí solo el objetivo final.
Son herramientas.
El objetivo debería ser algo mucho más sencillo y al mismo tiempo mucho más difícil:
vivir mejor en comunidad.
Una sociedad donde todos trabajaran catorce horas diarias, estudiaran desde la infancia para superar al vecino, vivieran en espacios mínimos porque la vivienda absorbe gran parte de sus ingresos y renunciaran masivamente a formar familias podría alcanzar un PIB extraordinariamente elevado.
Pero difícilmente deberíamos considerar que representa el máximo progreso humano posible.
El desarrollo proporciona los medios.
El progreso debe juzgar qué hacemos con ellos.

Una buena institución o política no siempre será buena

El caso coreano permite entonces formular un principio más general:
una institución que fue buena no necesariamente seguirá siendo buena cuando cambien las circunstancias que la hicieron buena.
Esto no significa que necesariamente deba desaparecer.
Significa que debe ser revisada.
Pero ahora podemos agregar una segunda dimensión:
las buenas instituciones no solamente cambian la economía; también pueden cambiar la cultura.
Y precisamente por cambiarla pueden terminar creando ciudadanos que exijan instituciones diferentes de aquellas que hicieron posible la transformación original.
Corea podría constituir un magnífico ejemplo.
Las instituciones desarrollistas ayudaron a crear una sociedad más disciplinada, educada y cívicamente exigente.
Pero algunos elementos del viejo sistema —especialmente determinadas relaciones entre poder económico y poder político— pudieron sobrevivir durante más tiempo.
Entonces la propia cultura transformada comienza a entrar en tensión con instituciones que conservan rasgos del período anterior.
Una institución exitosa puede así terminar creando:
la sociedad, la cultura y finalmente las demandas que exigen su propia modificación.

Zaratustra no cambia, la cultura puede cambiar y las instituciones son nuestra principal herramienta

Nuestras pulsiones son extraordinariamente persistentes.
Zaratustra no puede eliminarse mediante una ley.
La cultura puede modificarse, y Corea demuestra que instituciones adecuadas acompañadas de liderazgo pueden contribuir profundamente a esa transformación.
Pero ese proceso requiere tiempo.
Las instituciones, en cambio, pueden modificarse con mayor rapidez.
Por eso constituyen nuestra principal herramienta inmediata.
No podemos decirle al estudiante:
deja de competir.
No podemos decirle al empresario:
deja de buscar beneficios.
No podemos decirle al propietario:
deja de querer que aumente el valor de tu propiedad.
No podemos decirle a los padres:
dejen de preocuparse por la posición futura de sus hijos.
Pero sí podemos construir reglas bajo las cuales esas mismas pulsiones produzcan consecuencias diferentes.
Y, sostenidas durante suficiente tiempo, esas nuevas reglas pueden también transformar progresivamente la cultura.
Eso es precisamente lo que significa canalizar a Zaratustra.

El progresismo no debería luchar contra la naturaleza humana

Aquí encuentro una de las principales diferencias entre esta concepción del progresismo y determinadas formas de idealismo político.
El problema no debería formularse así:
¿cómo debería comportarse el coreano?
La pregunta correcta sería:
dadas las personas que realmente existen, las pulsiones que realmente poseen y la cultura dentro de la cual realmente viven, ¿qué instituciones tienen mayores probabilidades de permitirles vivir mejor en comunidad?
Y después:
¿qué instituciones pueden, además, ir modificando gradualmente aquellos componentes culturales que dificultan ese objetivo?
Ésta es una diferencia fundamental.
Porque una política puede perseguir un objetivo moralmente extraordinario y fracasar completamente si ignora cómo responderán los seres humanos a los nuevos incentivos.
Zaratustra encontrará otro camino.
La cultura modificará la respuesta.
Y aparecerán consecuencias que el diseñador idealista nunca imaginó.

No sabemos qué debe hacer Corea

Llegados a este punto sería tentador proponer soluciones.
Reducir jornadas laborales.
Reformar educación.
Construir más viviendas.
Limitar determinados privilegios empresariales.
Modificar impuestos.
Descentralizar oportunidades.
Estimular natalidad.
Pero hacerlo con demasiada seguridad sería contradictorio con todo lo expuesto.
Corea es una sociedad extremadamente compleja.
Cada modificación alteraría incentivos.
Cada modificación produciría respuestas difíciles de anticipar.
Y además debemos considerar algo adicional:
quienes se benefician de las instituciones existentes pueden intentar impedir o desviar las reformas.
Por eso cualquier cambio debería preguntarse no solamente qué respuesta tendrá el ciudadano común.
También:
¿qué hará Zaratustra en las posiciones de poder cuando perciba que determinadas reglas amenazan sus intereses?
Precisamente por eso considero indispensable otro principio que he denominado prudencia adaptativa.
No sabemos exactamente dónde se encuentra el equilibrio adecuado.
Debemos modificar, observar, medir consecuencias y volver a corregir.
No existe necesariamente una institución definitivamente perfecta.
Existen instituciones mejor o peor adaptadas a determinadas circunstancias.

Una advertencia para quien intente reformar Corea

Por eso el objetivo de este análisis no consiste en decirle a Corea qué debe hacer.
Consiste en sugerir qué sería peligroso ignorar al intentarlo.
No debería reformarse la vivienda ignorando a Zaratustra.
No debería reformarse la educación ignorando la cultura.
No debería reducirse la presión laboral ignorando los incentivos empresariales.
No debería intentarse aumentar la natalidad mediante subsidios sin comprender el costo cultural de pertenencia.
No debería combatirse la desigualdad sin preguntarse cómo reaccionarán quienes buscan conservar o mejorar su posición.
Y no debería diseñarse una nueva institución sin considerar que aquellos que poseen suficiente poder pueden intentar moldearla a su favor.
Toda intervención modifica el terreno sobre el cual compiten millones de personas.
Y esas personas volverán a competir.
La cuestión fundamental es:
por dónde conseguiremos que lo hagan.

Cuando Corea trabaja para Zaratustra

Durante décadas Corea consiguió algo extraordinario:
hizo trabajar a Zaratustra para Corea.
La ambición produjo empresas.
La competencia produjo educación.
El deseo de ascenso produjo esfuerzo.
La búsqueda de riqueza produjo industrialización.
El sacrificio produjo acumulación.
Las instituciones canalizaron aquellas fuerzas.
Y esas mismas instituciones, sostenidas por liderazgo y tiempo, contribuyeron además a transformar la cultura.
Pero el éxito cambió el escenario.
Y entonces aparece la pregunta que quizá resuma todo este análisis:
¿Existe el riesgo de que Corea haya pasado progresivamente de hacer trabajar a Zaratustra para Corea a hacer trabajar excesivamente a Corea para Zaratustra?
No afirmo que haya ocurrido.
Pero vivienda, educación, intensidad laboral, competencia por el estatus, importancia de la apariencia, dificultades de movilidad y extraordinariamente baja natalidad proporcionan suficientes indicios como para que la pregunta merezca ser formulada.
Y ahora debemos agregar otra posibilidad.
Quizá una parte de ese proceso no sea solamente consecuencia espontánea de millones de individuos compitiendo.
Puede existir además una influencia desde arriba.
Quienes acumularon riqueza y poder dentro del antiguo sistema pueden poseer incentivos para preservar determinados componentes que continúan favoreciéndolos.
Voluntaria o involuntariamente, podrían contribuir a mantener reglas que aumentan el costo de pertenencia para los demás.
No podemos afirmarlo sin una investigación mucho más profunda.
Pero tampoco deberíamos excluirlo.
Porque si fuera cierto, su importancia sería enorme.
En ese caso Corea no necesitaría solamente recalibrar las instituciones que canalizan a Zaratustra.
Necesitaría además garantizar que quienes acumularon suficiente poder gracias a ellas no puedan impedir esa recalibración.

La paradoja final

Quizá la enseñanza más interesante de Corea del Sur sea precisamente ésta.
Las sociedades pobres necesitan instituciones capaces de transformar esfuerzo en desarrollo.
Pero las sociedades que tienen éxito necesitan algo adicional:
la capacidad de reconocer cuándo las instituciones que produjeron ese éxito deben cambiar porque el éxito modificó las condiciones que las justificaban.
Y Corea agrega una enseñanza todavía más profunda.
Las instituciones no solamente modifican la economía.
Pueden modificar la cultura.
Pueden transformar expectativas.
Pueden crear ciudadanos diferentes.
Y esos ciudadanos pueden terminar exigiendo que las instituciones continúen evolucionando.
Esto significa que una buena institución nunca debería considerarse una obra terminada.
Porque el mundo sobre el que actúa cambia.
La cultura cambia.
Los incentivos cambian.
La distribución del poder cambia.
Pero Zaratustra permanece.
Por eso necesitamos instituciones capaces de canalizarlo.
Necesitamos culturas capaces de colaborar con esa canalización.
Necesitamos liderazgo capaz de iniciar y sostener transformaciones culturales cuando sean necesarias.
Y necesitamos instituciones suficientemente resistentes como para impedir que quienes acumulan poder terminen capturando el canal.
Todo ello requiere suficiente humildad racional para aceptar que ninguna solución será necesariamente definitiva.
Eso es, precisamente, prudencia adaptativa.
Y también es, desde la concepción que intento desarrollar, una característica esencial del verdadero progresismo.
Progresar no consiste en conservar eternamente las instituciones que alguna vez produjeron progreso.
Consiste en conservar su finalidad.
Modificar las instituciones cuando cambian las circunstancias.
Permitir que esas nuevas instituciones transformen gradualmente la cultura cuando sea necesario.
Y evitar que Zaratustra, especialmente cuando consigue poder suficiente, termine apropiándose de las reglas creadas para canalizarlo.
Todo con un propósito final mucho más sencillo que cualquier ideología:
vivir cada vez mejor en comunidad.

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