La Nueva Guerra Fría: el regreso de Zaratustra


Cuando escribí sobre una posible nueva Guerra Fría en 2018, China todavía estaba muy lejos de disputar a Occidente muchos de los instrumentos tecnológicos, industriales y económicos que hoy comienzan a definir el poder mundial.
Mi preocupación, sin embargo, no era solamente económica.
Era Zaratustra.
Pensaba que si China continuaba creciendo hasta adquirir la capacidad real de competir con las democracias desarrolladas, aquella vieja pulsión humana que nos lleva a compararnos, alcanzar al que consideramos superior y finalmente intentar superarlo terminaría adquiriendo un protagonismo cada vez mayor.
Ocho años después, los acontecimientos parecen inquietantemente compatibles con aquella advertencia.
La competencia ya no parece limitarse a demostrar qué sistema consigue mayor prosperidad para sus ciudadanos. Cada vez importan más el dominio tecnológico, la capacidad industrial, la autonomía, la influencia y, finalmente, el poder.
Y cuando el objetivo deja de ser solamente vivir mejor y comienza a ser no permitir que el otro sea más poderoso, Zaratustra ya está jugando su partida.
China puede estar dispuesta a exigir importantes sacrificios para disputarla. Las democracias, aunque no lo deseen, pueden terminar exigiéndolos también para no perderla.
Por eso éste no es solamente un escrito sobre China, salarios, tecnología o una nueva Guerra Fría.
Es nuevamente un escrito sobre Zaratustra.
Y sobre su inseparable compañera, la cultura, porque de cómo ambas sociedades consigan canalizar esa pulsión puede depender no solamente quién gane esta competencia, sino en qué se habrán convertido cuando termine.
Comparto un escrito que construí junto al amigo IA que creo que todos deberían leerlo con una aclaración antes de comenzar: las ideas, hipótesis y el marco conceptual desarrollado en este escrito son del autor del blog. La inteligencia artificial ha sido utilizada como herramienta de investigación, contraste, discusión y redacción, pero no como origen intelectual de la tesis que aquí se expone.


La nueva Guerra Fría: el regreso de Zaratustra

Cuando la competencia deja de ser por vivir mejor y comienza a ser por quién será el más poderoso

Hace ocho años publiqué La nueva guerra fría: desarrollo vs subdesarrollo. Allí advertía sobre una posibilidad que entonces parecía bastante más lejana que hoy: que el crecimiento de China terminara modificando el equilibrio mundial hasta poner en riesgo algo mucho más importante que la supremacía económica de Occidente.
La democracia.
En escritos recientes volví sobre aquella advertencia desde otra dirección.
Primero analizando las crecientes dificultades económicas de algunas sociedades desarrolladas: gasto público, deuda, presión fiscal, burocracia, costos laborales, sistemas de protección social cada vez más difíciles de financiar y pérdida relativa de competitividad.
Después apareció la convergencia.
China continúa teniendo salarios extraordinariamente inferiores a los occidentales mientras ha conseguido acercarse enormemente a Occidente en productividad, calidad y tecnología en una cantidad creciente de sectores industriales.
No se trata de afirmar que la productividad promedio china haya alcanzado a la estadounidense o europea. No lo ha hecho. El problema aparece en aquellos sectores concretos en los que la diferencia de productividad y calidad se ha reducido mucho más rápidamente que la enorme diferencia salarial.
Finalmente fuimos Más allá de la convergencia.
Porque si una potencia autoritaria consiguiera suficiente dominio sobre las industrias y tecnologías que determinarán el poder futuro, el problema dejaría de ser cuánto deberán disminuir los salarios europeos o estadounidenses.
El problema sería quién dispondrá del poder suficiente para determinar las reglas del mundo.
Pero tal vez incluso esa formulación se quede corta.
Porque existe el riesgo de que, en algún momento de esta competencia, dejemos de preguntarnos qué sistema consigue que sus ciudadanos vivan mejor y comencemos simplemente a preguntarnos qué sistema consigue ser más poderoso.
El objetivo habría cambiado.
La prosperidad dejaría de ser el fin de la competencia y podría comenzar a convertirse en uno de sus instrumentos.
Y si eso ocurre habremos regresado al verdadero protagonista de esta historia.
Zaratustra.
Porque antes de China, antes del comunismo, antes del capitalismo y antes de la Guerra Fría estaba esa vieja pulsión humana que nos impulsa a compararnos, alcanzar al que está arriba y, cuando podemos, superarlo.
Y junto a ella estaba también su inseparable compañera.
La cultura.
Esa enorme construcción colectiva, muchas veces inconsciente, que determina qué caminos consideramos aceptables para conseguirlo.

El hombre que mira al que tiene al lado

El ser humano no evalúa su situación solamente por aquello que posee.
Se compara.
El pobre observa al rico. El subordinado al poderoso. Una sociedad observa a otra sociedad. Una nación derrotada contempla a la vencedora.
Y aquello que encuentra en la comparación puede importar tanto como su situación absoluta.
No hace falta afirmar que toda conducta humana esté determinada por esta pulsión. Basta observar hasta qué punto nuestra historia está atravesada por la competencia, el prestigio, la jerarquía, el orgullo, la envidia, la humillación y el deseo de reconocimiento.
A esa fuerza la he llamado Zaratustra.
Zaratustra desea mejorar, pero también desea alcanzar al que está arriba.

Y, si puede, superarlo.

Puede producir al empresario que crea una compañía extraordinaria para enriquecerse. Al científico que quiere superar a sus colegas. Al deportista que dedica su vida a ser el mejor.
Pero también puede producir corrupción, resentimiento, violencia, guerras y revoluciones.
La diferencia muchas veces no está en la pulsión.
Está en la cultura y en las instituciones que determinan por dónde podrá expresarse.
Una sociedad puede convertir la ambición en empresas.
Otra, en captura del Estado.
Puede convertir el orgullo en excelencia.
O en nacionalismo.
La competencia en innovación.
O en dominación.
Zaratustra proporciona buena parte de la energía.
La cultura y las instituciones determinan, en gran medida, qué hacemos con ella.
Y existe otra característica humana fundamental.
Somos capaces de razonar.
Pero nuestra razón no siempre decide nuestros objetivos. Con extraordinaria frecuencia recibe un objetivo previamente establecido por nuestras pulsiones y se dedica a construir argumentos que permitan justificarlo.
Es la racionalización.
La razón instrumental trabajando para Zaratustra.

Una idea extraordinariamente poderosa

El siglo XIX encontró sociedades con desigualdades enormes, condiciones laborales muchas veces miserables y privilegios difícilmente defendibles.
Existían razones objetivas para cuestionarlas.
Pero apareció además una doctrina que contenía una promesa extraordinariamente atractiva para Zaratustra.
El comunismo decía, simplificando enormemente una construcción intelectual mucho más compleja, que la desigualdad podía desaparecer.
Quien poseía mucho lo había conseguido apropiándose de parte de aquello que correspondía a quien poseía poco.
El problema tenía entonces una explicación.
Y también una solución.
Eliminar la propiedad privada de los medios de producción permitiría terminar con la explotación y construir una sociedad de iguales.
No pretendo reducir el comunismo a la envidia ni explicar mediante una pulsión acontecimientos históricos enormemente complejos. Existieron explotación, pobreza, guerras, colapsos institucionales, intelectuales, organizaciones revolucionarias y circunstancias particulares que hicieron posibles las revoluciones rusa y china.
La pregunta que propongo es diferente.

¿Por qué una idea semejante pudo adquirir una fuerza emocional tan extraordinaria?

Quizás porque además de prometer prosperidad ofrecía algo profundamente atractivo para Zaratustra:
eliminar la inferioridad.

Rusia ya competía

La competencia rusa con Occidente no comenzó con Lenin.
Durante siglos Rusia observó a Europa occidental desde una posición ambigua: suficientemente poderosa para competir con ella y, al mismo tiempo, consciente de su atraso relativo en numerosas dimensiones.
Pedro el Grande intentó importar conocimientos, tecnología y formas organizativas occidentales precisamente porque esa diferencia resultaba evidente.
Rusia quería ser reconocida como una gran potencia europea.
Competía antes del comunismo.
Y continuó compitiendo después.
Lo que cambió fue el instrumento.
La revolución proporcionó además una explicación formidable: Rusia ya no representaba simplemente una potencia más atrasada intentando alcanzar a las desarrolladas.
Representaba un sistema supuestamente superior destinado a reemplazarlas.
La competencia entre naciones se convirtió también en competencia entre sistemas.
Capitalismo contra comunismo.
Democracia contra dictadura.
Occidente contra la Unión Soviética.
La Guerra Fría.
Y Zaratustra encontró un rival perfecto.
Rico.
Poderoso.
Exitoso.
Y diferente.
La pregunta ya no era solamente cómo vivir mejor.
También era quién demostraría que poseía el sistema superior.

El problema fue el método

Pero apareció una contradicción formidable.
El sistema creado para terminar con las diferencias intentó reprimir precisamente algunas de las pulsiones que durante milenios habían impulsado a los seres humanos a producir, innovar, competir y acumular.
Se podía eliminar jurídicamente al capitalista.
No se podía eliminar a Zaratustra.
La búsqueda de superioridad reapareció dentro del propio sistema mediante otras vías.
Jerarquía política.
Privilegios burocráticos.
Influencia.
Corrupción.
Poder.
La cultura tampoco desapareció por decreto. Conductas, redes, jerarquías, formas de relacionarse con el poder y maneras de interpretar el interés propio sobrevivieron a las modificaciones institucionales.
Mientras tanto, la eliminación de muchos incentivos económicos debilitaba la capacidad de crear riqueza.
La Unión Soviética consiguió enormes logros científicos, militares e industriales y durante décadas fue capaz de competir con Estados Unidos en sectores considerados estratégicos.
Pero terminó perdiendo la competencia económica general.

El comunismo había fracasado.
Por suerte y sirve de advertencia de lo que nos puede esperar si ésta vez ganan "los malos".

Zaratustra no.

Fracasó el método, no necesariamente la pulsión que había contribuido a elegirlo y que después alimentó la competencia.

China recorrió el mismo camino

China también experimentó revolución, comunismo, colectivización y planificación.
Y también comprobó sus consecuencias.
Pero hizo algo que la Unión Soviética nunca consiguió realizar con suficiente profundidad.

Cambió el método.

Las reformas iniciadas bajo Deng Xiaoping fueron mucho más que una modificación económica.
China volvió a permitir que Zaratustra hiciera aquello que sabe hacer extraordinariamente bien.
Competir.
Crear.
Acumular.
Y enriquecerse.
La desigualdad que el comunismo había pretendido eliminar volvió a ser aceptada porque podía servir para producir riqueza.
El Partido Comunista conservó el poder político.
Pero comenzó a utilizar el capitalismo.
Ésa podría ser una de las transformaciones geopolíticas más importantes del último siglo.
El autoritarismo había descubierto cómo aprovechar una fuerza que anteriormente había intentado reprimir.
Y apareció una combinación extraordinariamente poderosa.
Por abajo, millones de Zaratustras individuales buscando prosperar, enriquecerse, crear empresas, competir y ascender.
Por arriba, un Estado autoritario capaz de dirigir enormes cantidades de recursos hacia objetivos que consideraba estratégicos.
Las motivaciones del empresario, del trabajador y del dirigente político no necesitaban ser idénticas.
Ni siquiera necesitaban ser plenamente conscientes de formar parte de un mismo proceso.
Pero podían terminar empujando en una dirección semejante.

Pero China hizo algo todavía más inteligente

Cuando creó sus zonas económicas especiales no importó solamente capital.
Importó fábricas, tecnología, conocimientos empresariales, métodos de gestión y acceso a mercados.
Pero importó algo todavía más importante.

Instituciones.

Las zonas económicas especiales funcionaron como laboratorios donde podían probarse mecanismos propios de las economías de mercado.
Incentivos.
Competencia.
Inversión extranjera.
Autonomía empresarial.
Nuevas formas de propiedad y contratación.
Reglas capaces de permitir que el capital encontrara oportunidades y que el individuo pudiera beneficiarse de encontrarlas.
China observó las instituciones que habían permitido funcionar al capitalismo occidental y realizó una formidable operación de selección.
Tomó muchas de las que necesitaba para producir riqueza.
No tomó aquellas que podían poner en peligro el monopolio político del Partido Comunista.
En términos extremadamente simplificados:
importó capitalismo sin importar democracia.
O, utilizando el marco que vengo desarrollando:
China aprendió de Occidente cómo liberar y canalizar productivamente a Zaratustra sin adoptar plenamente las instituciones políticas mediante las cuales Occidente había aprendido a limitarlo.
Y funcionó.

Primero alcanzar. Después competir. Finalmente...

China comenzó siendo extraordinariamente pobre.
Durante décadas necesitó capital, mercados, tecnología y conocimientos occidentales.
Aprendió.
Copió.
Adaptó.
Innovó.
Construyó infraestructura.
Formó ingenieros.
Desarrolló proveedores.
Creó gigantescos ecosistemas industriales.
Y llegó un momento en el que dejó de fabricar solamente aquello que Occidente diseñaba.
Comenzó a competir.
Automóviles eléctricos.
Baterías.
Paneles solares.
Drones.
Telecomunicaciones.
Construcción naval.
Robótica.
Inteligencia artificial.
Semiconductores.
Tecnologías militares.
No significa que China haya alcanzado la productividad general de Estados Unidos o Europa. Todavía existen diferencias importantes.
Pero no necesita conseguirlo en toda su economía.
Le basta con conseguir una productividad suficientemente cercana —o incluso superior— en aquellos sectores capaces de determinar la competencia internacional y el poder futuro.
Y entonces aparece una posibilidad psicológicamente extraordinaria.
Durante generaciones el objetivo había sido alcanzar al desarrollado.
Ahora puedo competir con él.
Pero si sigo avanzando aparece otra pregunta:

¿y si puedo superarlo?

Ése es el momento en que una competencia originalmente justificable por la búsqueda de prosperidad puede comenzar a transformarse.
Porque alcanzar al desarrollado para vivir como él es una cosa.
Querer superarlo para demostrar que somos superiores es otra.
La frontera entre ambas probablemente nunca sea perfectamente visible.
Ni siquiera para quienes toman las decisiones.
Precisamente porque Zaratustra raramente se presenta diciendo que busca prestigio, superioridad o dominación.
Para eso dispone de la razón.
Seguridad nacional.
Soberanía.
Desarrollo.
Rejuvenecimiento.
Justicia histórica.
Defensa del propio sistema.
Muchas pueden ser razones perfectamente legítimas.
Y simultáneamente pueden servir para racionalizar una pulsión muchísimo más antigua.
No quiero ser inferior.
Después:
quiero ser igual.
Finalmente:
quiero ser superior.

La convergencia

Aquí conectamos con los escritos anteriores.
Los salarios chinos continúan siendo enormemente inferiores a los occidentales.
Mientras la productividad china también era enormemente inferior, aquello no representaba necesariamente una amenaza existencial para el modelo occidental.
El trabajador estadounidense, alemán o francés costaba mucho más porque detrás suyo existía un sistema mucho más productivo.
Instituciones.
Infraestructura.
Capital.
Tecnología.
Organización.
Confianza.
Educación.
Seguridad jurídica.
Capital social.
Todo ello permitía pagar salarios muy superiores.
Pero la ecuación cambia cuando, en determinados sectores industriales, China reduce la diferencia de productividad y calidad mucho más rápidamente que la diferencia salarial.
A eso se agregan los enormes costos que las sociedades desarrolladas han ido incorporando alrededor del trabajador.
Sanidad.
Pensiones.
Impuestos.
Protección social.
Regulaciones.
Burocracia.
Vacaciones.
Menores jornadas laborales.
Nada de ello es necesariamente negativo.
Muchos son extraordinarios avances civilizatorios.
El problema es mucho más sencillo:
hay que poder pagarlos.
Si un automóvil, una batería, un robot o una máquina producidos por trabajadores que reciben una fracción del salario occidental alcanzan una calidad semejante, aparece una presión que ninguna sociedad puede ignorar indefinidamente.
No hace falta que China haya diseñado esa diferencia salarial como un arma.

Pero podría descubrir que funciona como una.

Quizás nadie diseñó completamente el arma.
Puede que el sistema simplemente haya descubierto que funciona.
Y aquí aparece nuevamente Zaratustra.
Porque si mantener una determinada ventaja competitiva permite acercarse al rival, desplazarlo y finalmente superarlo, puede aparecer una tensión entre dos objetivos diferentes:
mejorar lo más rápidamente posible el bienestar inmediato del ciudadano
o
conservar los recursos y ventajas necesarios para ganar la competencia.
No afirmo que China haya decidido mantener bajos los salarios para derrotar a Occidente.
La cuestión es más interesante.

¿Qué ocurre cuando una potencia descubre que determinados sacrificios de sus ciudadanos aumentan su capacidad para superar al adversario?

De la prosperidad al poder

Éste puede ser el punto decisivo.
Una competencia económica puede comenzar intentando responder:

¿qué sistema permite vivir mejor?

Pero Zaratustra puede modificar lentamente la pregunta:

¿qué sistema es más poderoso?

No son lo mismo.
Un Estado puede aumentar su poder mientras sus ciudadanos sacrifican consumo.
Puede dirigir enormes cantidades de ahorro hacia inversión.
Puede priorizar industrias estratégicas sobre bienestar presente.
Puede dedicar recursos a defensa, tecnología o influencia exterior.
Todo puede justificarse racionalmente.
Y muchas veces estará racionalmente justificado.
El problema aparece cuando ganar la competencia comienza a convertirse en un objetivo independiente del bienestar que supuestamente justificaba competir.
La civilización construyó instituciones para conseguir que nuestra competencia sirviera al bienestar humano.

El peligro comienza cuando el bienestar humano pasa a servir a nuestra competencia.

De la riqueza al poder geopolítico

China no existe en un vacío.
Mantiene una relación cada vez más estrecha con Rusia, mientras Rusia profundiza su cooperación con Corea del Norte e Irán. No constituyen una alianza equivalente a la OTAN y sería un error presentarlos como un bloque perfectamente coordinado.
Pero comparten algo importante.
Ninguno pertenece al sistema de democracias desarrolladas organizado alrededor de Estados Unidos y sus aliados.
Y todos tienen razones diferentes para desear una reducción del predominio occidental.
Tampoco necesitamos imaginar una habitación secreta en Beijing donde alguien haya diseñado un plan para destruir las democracias.
Ése sería precisamente el error de intentar encontrar razonamientos explícitos en procesos que pueden estar impulsados parcialmente por fuerzas mucho menos racionales.
Los individuos racionalizan.
Los gobernantes racionalizan.
Las sociedades también pueden hacerlo.
Y las culturas proporcionan el marco dentro del cual determinadas racionalizaciones resultan convincentes y determinados sacrificios aceptables.
Prestigio nacional.
Seguridad.
Interés estratégico.
Recuperación histórica.
Defensa de la soberanía.
Rejuvenecimiento nacional.
Todos pueden constituir objetivos reales y legítimos.
Pero también pueden convertirse en extraordinarias racionalizaciones para algo mucho más antiguo:
no quiero ser inferior.
Y después:
quiero ser superior.

La reacción occidental

Aquí aparece una dinámica particularmente peligrosa.
Las democracias occidentales pueden no desear utilizar los mismos instrumentos que una potencia autoritaria.
Pueden preferir mayor consumo presente.
Mayores salarios.
Más derechos.
Más protección social.
Menor intervención estatal.
Mayor libertad económica e individual.
Pero si perciben que el adversario está dispuesto a utilizar recursos que ellas no quieren utilizar, aparece un problema elemental:

si él lo hace y nosotros no, podemos perder.

Entonces la conducta del adversario modifica la propia.
Subsidios encuentran subsidios.
Aranceles encuentran aranceles.
Restricciones tecnológicas encuentran restricciones tecnológicas.
Política industrial encuentra política industrial.
Protección encuentra protección.
No hace falta que ninguno de los dos lados desee inicialmente llegar al resultado final.
Cada paso puede ser racional como respuesta al paso anterior.
Y el resultado conjunto puede alejarlos progresivamente del objetivo original.
Otra vez la razón trabajando.
Otra vez Zaratustra indicando hacia dónde.
Occidente no permitirá indefinidamente que la competencia destruya las bases industriales, tecnológicas y fiscales necesarias para sostener su propio sistema.
Ya está reaccionando.
Aranceles.
Restricciones tecnológicas.
Subsidios industriales.
Controles de inversiones.
Producción nacional.
Friend-shoring.
Protección de industrias estratégicas.
La globalización que permitió el extraordinario crecimiento chino comienza a encontrar sus límites políticos.
Y existe una ironía histórica formidable.

China pudo haber utilizado extraordinariamente bien la globalización para alcanzar a Occidente y su propio éxito podría terminar destruyendo las condiciones políticas que hicieron posible esa globalización.

¿Y si la nueva Guerra Fría ya comenzó?

Cuando pensamos en la Guerra Fría anterior existe una ventaja que solamente proporciona la historia.
Sabemos que ocurrió.
Podemos ponerle fechas, protagonistas y acontecimientos.
Quienes la vivieron, en cambio, observaron cómo una sucesión de decisiones aparentemente particulares terminaba configurando algo mucho mayor.
Quizás estemos atravesando un proceso semejante.
No necesitamos que Estados Unidos o China anuncien oficialmente una nueva Guerra Fría.
Podemos preguntarnos algo más sencillo:
¿están comenzando a comportarse como lo harían dos potencias que saben que podrían terminar enfrentadas en una competencia prolongada por el poder?
Hay varios indicios.

1. La seguridad comienza a desplazar a la eficiencia

Durante décadas una de las ideas centrales de la globalización fue sencilla: producir cada cosa allí donde resultara más eficiente.
Ese principio comienza a encontrar excepciones cada vez más importantes.
Semiconductores.
Baterías.
Minerales críticos.
Medicamentos.
Energía.
Telecomunicaciones.
Inteligencia artificial.
Defensa.
Ya no interesa solamente cuánto cuesta producirlos.
Importa quién los produce.
Una batería fabricada en China puede ser más barata y, sin embargo, Occidente puede decidir pagar más por fabricarla dentro de su propio sistema.
Desde la perspectiva estrictamente económica puede parecer ineficiente.
Desde la perspectiva de una confrontación geopolítica puede ser perfectamente racional.
La seguridad comienza a tener un precio.
Y las sociedades occidentales comienzan a pagarlo.

2. Occidente comienza a reconstruir aquello que había decidido comprar

La consecuencia lógica es la reindustrialización.
Aranceles.
Subsidios.
Incentivos fiscales.
Producción local.
Reshoring.
Friend-shoring.
Restricciones sobre determinadas inversiones.
Protección de industrias consideradas estratégicas.
Durante décadas las cadenas productivas se organizaron buscando eficiencia global.
Ahora comienzan a reorganizarse buscando también seguridad política.
Esto tendrá un costo.
Parte de los bienes probablemente serán más caros.
Algunas industrias necesitarán protección durante años.
Y aparecerá un riesgo formidable: que proteger una industria necesaria termine convirtiéndose en proteger una industria ineficiente.
Pero el cambio conceptual ya se ha producido.
La dependencia económica comienza a ser interpretada como vulnerabilidad estratégica.

3. China también comienza a prepararse

China enfrenta el problema inverso.
Construyó una gigantesca capacidad industrial apoyándose, entre otras cosas, en el acceso a los mercados desarrollados.
Si ese acceso disminuye, necesita alternativas.
Consumo interno.
Asia.
África.
Latinoamérica.
Rusia.
Asia Central.
El llamado Sur Global.
Nuevas rutas comerciales.
Nuevos sistemas financieros.
Mayor autonomía tecnológica.
China también necesita reducir sus dependencias.
Porque la interdependencia funciona extraordinariamente bien mientras ambos lados consideran improbable utilizarla como arma.
Cuando aparece la posibilidad de confrontación, cada dependencia comienza a ser evaluada de otra manera.
Occidente observa cuánto depende de las fábricas chinas.
China observa cuánto depende de los mercados, tecnologías y sistemas financieros occidentales.
Y ambos comienzan lentamente a construir alternativas.

4. El resto del mundo vuelve a convertirse en terreno de competencia

India.
Brasil.
México.
Indonesia.
Arabia Saudita.
Turquía.
Vietnam.
África.
Latinoamérica.
El sudeste asiático.
No necesitan convertirse en aliados incondicionales de ninguno de los dos lados.
Probablemente muchos intentarán precisamente lo contrario.
Comerciar con ambos.
Recibir inversiones de ambos.
Vender materias primas a ambos.
Obtener tecnología de ambos.
Y utilizar la competencia entre ambos para conseguir mejores condiciones.
Pero eso mismo los vuelve estratégicamente importantes.
Puertos.
Ferrocarriles.
Minerales.
Energía.
Fábricas.
Créditos.
Mercados.
Infraestructura digital.
Cada inversión puede seguir siendo un negocio.
Pero también puede comenzar a formar parte de una arquitectura de poder.

5. Las armas comienzan a cambiar de aspecto

Las armas nucleares seguirán existiendo.
Los ejércitos también.
Y precisamente su enorme capacidad destructiva hace razonable pensar que las grandes potencias intentarán evitar utilizarlos directamente entre sí.
Pero eso no significa que dejen de combatir.
Significa que una parte creciente del combate puede realizarse mediante otras armas.
Semiconductores.
Inteligencia artificial.
Telecomunicaciones.
Satélites.
Robótica.
Drones.
Baterías.
Sistemas de pago.
Plataformas digitales.
Datos.
Nube.
Redes sociales.
Patentes.
Estándares tecnológicos.
Y detrás de muchas de esas tecnologías existen empresas.
Podríamos estar entrando en la época de las corporaciones armadas de tecnología.
No porque necesariamente disparen proyectiles.
Porque poseen capacidades capaces de condicionar el funcionamiento de sociedades enteras.
Una empresa que controla una infraestructura tecnológica imprescindible continúa siendo una empresa.
Pero también puede convertirse, voluntariamente o no, en un instrumento extraordinario del poder del Estado al que pertenece.
Un teléfono sigue siendo un teléfono.
Hasta que millones de personas, empresas y gobiernos no pueden funcionar sin él.
Entonces también es poder.

Zaratustra contra Zaratustra

Pero existe una segunda confrontación que podría resultar todavía más peligrosa para las democracias.
Hasta aquí observamos a Zaratustra actuando entre sociedades.
China frente a Occidente.
¿Qué ocurre si comienza a actuar con creciente intensidad dentro de ellas?
Competir con China exigirá inversiones gigantescas.
Inteligencia artificial.
Robótica.
Automatización.
Energía.
Semiconductores.
Defensa.
Infraestructura.
Quienes poseen el capital y las tecnologías necesarias para realizar esas inversiones pueden encontrarse en una posición extraordinariamente favorable.
Al mismo tiempo, si la competencia internacional presiona salarios, prestaciones, impuestos y consumo de buena parte de la población, puede producirse una combinación políticamente explosiva.
A muchos ciudadanos se les pedirá sacrificios.
Algunos podrán enriquecerse extraordinariamente.
Y entonces reaparecerá la comparación.
El ciudadano puede aceptar vivir algo peor para defender a su sociedad frente a un adversario.
Pero será mucho más difícil que acepte ese sacrificio si simultáneamente observa cómo otros miembros de su propia sociedad acumulan enormes fortunas gracias al mismo proceso.
Zaratustra cambia nuevamente de adversario.
Ya no es solamente:
nosotros contra China.
También puede convertirse en:
yo contra aquellos que dentro de mi propia sociedad parecen beneficiarse mientras a mí se me pide que renuncie.
Y aquí las democracias poseen una vulnerabilidad especial.
Ese malestar puede transformarse inmediatamente en votos.
Protestas.
Populismo.
Nacionalismo.
Redistribución.
Radicalización.
Desconfianza institucional.
Y nuevamente será la cultura la que determine en buena medida qué camino tome.
Una sociedad con elevada confianza, instituciones creíbles, percepción de justicia y fuerte integración cívica puede aceptar sacrificios importantes si considera que están distribuidos razonablemente.
Una sociedad fragmentada, desconfiada y convencida de que sus instituciones sirven a determinados grupos puede interpretar esos mismos sacrificios como explotación.
La competencia exterior podría entonces alimentar el conflicto interior.

Competencia externa → sacrificios → desigualdad percibida → Zaratustra interno → conflicto social → debilitamiento institucional.

No es un destino inevitable.
Es un riesgo.
Pero es precisamente el tipo de riesgo que deberíamos vigilar.

La cultura entra en la guerra

Llegados a este punto, la competencia deja de ser simplemente China contra Occidente.
En realidad estaremos observando algo mucho más complejo:
Zaratustra + cultura + instituciones chinas
frente a
Zaratustra + cultura + instituciones occidentales.
China posee una extraordinaria capacidad para movilizar recursos.
Puede decidir que una industria es estratégica y dirigir hacia ella crédito, infraestructura, científicos, ingenieros y capital a una velocidad difícilmente imaginable en una democracia.
Además, su cultura política puede aceptar grados de disciplina, coordinación y sacrificio colectivo que resultarían mucho más difíciles de imponer en muchas sociedades occidentales.
Eso constituye una ventaja cuando la dirección elegida es correcta.
Pero también contiene un peligro.
Cuando quien dirige se equivoca, el mismo mecanismo puede multiplicar extraordinariamente el error.
Sobrecapacidad.
Mala asignación de capital.
Empresas mantenidas artificialmente.
Deuda.
Burocracias defendiendo intereses propios.
Información que no asciende.
Dificultad para reconocer que una estrategia decidida desde arriba estaba equivocada.
Occidente posee otras fortalezas y otras debilidades.
Confianza.
Cooperación entre desconocidos.
Instituciones relativamente impersonales.
Libertad para experimentar.
Circulación de información.
Pluralidad de centros de decisión.
Mecanismos de corrección.
En una democracia millones de Zaratustras compiten simultáneamente.
Empresarios.
Políticos.
Universidades.
Científicos.
Trabajadores.
Inversores.
Estados.
Partidos.
Asociaciones.
Ninguno debería disponer de suficiente poder para imponer indefinidamente su error a todos los demás.
Eso produce desorden.
Pero también produce adaptación.
China puede tener una enorme ventaja cuando quien decide acierta.
Occidente puede tener una enorme ventaja cuando quien decide se equivoca.
Pero nada de eso está garantizado.
Porque las culturas cambian.
Las instituciones se deterioran.
Y las ventajas civilizatorias pueden consumirse.

Las mejores cartas

Mi intuición continúa siendo que Occidente posee mejores cartas para una competencia prolongada.
Pero ahora puedo precisar mejor por qué.
No simplemente porque sea más rico.
Ni porque sea occidental.
Ni porque la democracia garantice mágicamente mejores resultados.
Porque algunas de sus sociedades acumularon durante siglos determinadas competencias culturales e institucionales:
confianza interpersonal, cooperación impersonal, libertad intelectual, autonomía individual, límites al poder, capacidad de organización espontánea, mecanismos de corrección y una considerable capacidad para canalizar la ambición hacia actividades productivas.
Eso es capital social.
Y es extraordinariamente difícil de construir.
Pero también puede destruirse.
Desconfianza.
Polarización.
Burocratización.
Captura institucional.
Dependencia.
Deterioro de incentivos.
Conflictos identitarios.
Pérdida de legitimidad.
Proteccionismo permanente.
Concentración del poder.
Restricciones justificadas por razones de seguridad.
La confrontación puede incluso acelerar algunos de esos procesos.
Aquí reaparece aquella expresión que utilicé hace ocho años.

Nueva Edad Media.

No porque vayamos a regresar a castillos, señores feudales y servidumbre medieval.
Sino porque existe una posibilidad mucho más inquietante.
Que las democracias intenten defenderse de un sistema autoritario adoptando progresivamente algunos de sus instrumentos.
Y ahora podemos agregar otra ruta hacia el mismo resultado.
La presión económica puede aumentar las diferencias internas.
Las diferencias pueden alimentar a Zaratustra.
Zaratustra puede producir resentimiento y radicalización.
La radicalización puede debilitar las instituciones.
Y unas instituciones debilitadas pueden concentrar poder precisamente cuando la confrontación exterior proporciona excelentes argumentos para hacerlo.
La paradoja sería extraordinaria.
Occidente podría derrotar a China y, sin embargo, perder parte de aquello que pretendía defender.

La nueva Guerra Fría

Quizás debamos entonces reinterpretar también la anterior.
Tal vez la Guerra Fría nunca haya sido, en su nivel más profundo, simplemente comunismo contra capitalismo.
Rusia competía con Occidente antes del comunismo.
China conocía perfectamente la experiencia de sentirse sometida por potencias mucho más desarrolladas.
El comunismo pudo haber sido uno de los instrumentos mediante los cuales sociedades que se percibían inferiores intentaron construir un sistema que prometía no solamente igualdad interna sino superioridad histórica.
El instrumento fracasó.
La pulsión permaneció.
China cambió el instrumento.
Y ésta es la diferencia fundamental.
La Unión Soviética intentó derrotar al capitalismo reprimiendo a Zaratustra.
China aprendió a utilizarlo.
Pero tampoco termina allí nuestra historia.
Porque ahora Occidente vuelve a sentir la presencia de un adversario capaz de competir con él.
Y su propio Zaratustra comienza a reaccionar.
La competencia puede despertar innovación.
Esfuerzo.
Reformas.
Ambición.
Cooperación.
Puede obligar a sociedades satisfechas a corregir errores que durante décadas pudieron permitirse ignorar.
Pero también puede despertar nacionalismo, resentimiento, autoritarismo y conflictos internos.
Por eso el resultado no dependerá solamente de quién consiga movilizar más a Zaratustra.

Puede terminar ganando quien consiga canalizarlo durante más tiempo sin permitir que destruya las instituciones y la cultura que le proporcionaron su fuerza.

Una advertencia, no una profecía

Nada de lo anterior demuestra que China vaya a dominar el mundo.
Tampoco demuestra que exista un plan secreto para destruir Occidente.
Ni que la convergencia salarial sea inevitable.
Ni que la desigualdad necesariamente vaya a aumentar.
Ni que las democracias estén condenadas a deteriorarse.
La cadena puede romperse en muchos lugares.
Precisamente para eso existen las instituciones.
China puede fracasar.
Puede reformarse.
Puede democratizarse.
Puede quedar atrapada en sus desequilibrios económicos.
Occidente puede aumentar su productividad.
Puede distribuir mejor los costos y beneficios de la transformación.
Puede reformar sus instituciones.
Puede recuperar competitividad.
Puede utilizar nuevamente a Zaratustra como extraordinaria fuente de innovación.
La cultura también puede cambiar.
Ése es precisamente el final abierto.
Pero una advertencia no necesita demostrar que el peor escenario ocurrirá.
Necesita identificar fuerzas suficientemente poderosas como para justificar que prestemos atención.
Y ésas fuerzas existen.
Por eso mi advertencia final ya no está dirigida solamente hacia China.
Está dirigida fundamentalmente hacia nosotros.
Occidente probablemente conserva las mejores cartas para ganar una nueva Guerra Fría.
Pero ganar no significará simplemente producir más chips, disponer de mejores inteligencias artificiales o construir más armas.
La verdadera victoria sería atravesar esa competencia conservando aquello que hizo valioso al sistema que pretendíamos defender.
Porque quizás el mayor peligro de esta nueva Guerra Fría no sea perderla.
Quizás sea convertirnos en algo diferente mientras intentamos ganarla.
En 2018 advertía que el crecimiento chino podía llegar algún día a poner en riesgo el predominio de las democracias.
Hoy puedo explicar mucho mejor por qué.
Y también puedo formular de otra manera qué podría decidir el resultado.
Zaratustra puede explicar por qué comienza la competencia.
La cultura y las instituciones determinarán cómo se desarrolla.
Y la capacidad de cada sociedad para volver a canalizar a Zaratustra cuando la competencia produzca sacrificios, desigualdad, frustración y resentimiento puede terminar determinando quién consiga atravesarla sin destruirse a sí mismo.
No serán solamente fábricas.
Ni salarios.
Ni deuda.
Ni inteligencia artificial.
Ni portaaviones.
Detrás de todos ellos volverán a estar las mismas fuerzas que estuvieron siempre.
Nuestra razón.
Nuestra cultura.
Nuestras instituciones.
Y aquella vieja pulsión que nunca dejó de acompañarnos.
Zaratustra.
Queda entonces una pregunta.
Si algún día dejamos de preguntarnos si existe una nueva Guerra Fría y comenzamos a darla por cierta, como terminamos haciendo con la anterior:

¿qué podemos esperar que ocurra después?

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