Zaratustra, inmigración, natalidad, cultura cívica, Occidente, China y la Nueva Guerra Fría

Comparto un escrito que le solicité que redacte al amigo IA que resuma lo que surgió de una larga charla con él donde analizamos las interacciones que surgen de los fenómenos que considero más relevantes en la actualidad y para el futuro de éso que llamamos humanidad.
Me refiero a la acción del protagonista del blog, el complejo instintivo que bauticé con el nombre de Zaratustra, la cultura cívica (anómica o de integración cívica), la inmigración, la baja de la natalidad (fundamentalmente en los países desarrollados) y uno de los temas centrales del blog, me refiero a la Nueva Guerra Fría desarrollo vs subdesarrollo, Dictaduras vs Democracias que dependiendo de como se desarrollen los hechos podrían conducirnos a una Nueva Edad Medía que el amigo IA lo definió así: "podríamos llegar a la Edad Medía con una tecnología que sus habitantes habrían considerado propia de los dioses".
Veamos:

La baja natalidad y el camino hacia una nueva Edad Media

Cuando se habla de la caída de la natalidad en los países desarrollados, el problema suele plantearse en términos económicos: menos jóvenes, menos trabajadores, más jubilados y sistemas previsionales cada vez más difíciles de sostener.
Tal vez ése no sea el problema más importante.
La baja natalidad podría estar participando de una transformación mucho más profunda.

¿Por qué dejamos de tener hijos?

Resulta paradójico que algunas de las sociedades más ricas de la historia sean precisamente aquellas donde las personas encuentran mayores dificultades para formar familias numerosas.
Pero riqueza no significa necesariamente disponibilidad.
Vivienda, automóvil, internet, telefonía, educación, salud, transporte, servicios digitales y una lista creciente de bienes considerados necesarios para participar normalmente de una sociedad moderna consumen buena parte de los ingresos familiares.
A ello se agrega algo todavía más escaso: tiempo.
La formación profesional se prolonga, la incorporación estable al mercado laboral se retrasa, ambos integrantes de la pareja trabajan y la vivienda llega cada vez más tarde.
El resultado es bastante comprensible: los hijos se postergan y finalmente son menos.
Pero la humanidad no ha dejado de tener hijos de manera uniforme.

El desplazamiento demográfico

Mientras gran parte de Europa y Asia oriental presentan tasas de fecundidad muy inferiores al reemplazo, una proporción creciente de los nacimientos mundiales se concentra en África y otras regiones todavía pobres.
Por eso los países desarrollados encuentran una solución aparentemente evidente a su envejecimiento: inmigración.
Y aquí el problema deja de ser exclusivamente demográfico.
Toda persona puede aprender un idioma, incorporarse al mercado laboral, estudiar, consumir y respetar las leyes básicas de la sociedad que la recibe.
Mucho más difícil es transmitir una cultura.
Las normas informales aprendidas desde la infancia —la relación con la familia, el desconocido, la autoridad, el Estado, los bienes públicos, las reglas impersonales, la religión, la cooperación y la confianza— pueden sobrevivir durante generaciones.
No existe ninguna razón biológica para que el hijo de un inmigrante africano o asiático no pueda adquirir completamente la cultura cívica de Suecia, Alemania o Francia.
La pregunta es otra:
¿poseen esas sociedades suficiente integración cívica y suficiente capacidad para transmitirla?
Porque tampoco deberíamos idealizarlas.

El capital invisible

Las sociedades desarrolladas no funcionan solamente porque sean ricas.
Funcionan porque durante siglos consiguieron acumular un capital difícil de observar: suficiente confianza entre desconocidos, respeto por normas impersonales, burocracias relativamente profesionales, aceptación del Estado de derecho y capacidad de colaborar con personas que no pertenecen a la familia, tribu, religión o grupo propio.
A ese conjunto de normas lo llamo cultura de integración cívica.
No significa que los países desarrollados hayan alcanzado una cultura cívica ideal. Corrupción, corporativismo, evasión, privilegios, clientelismo y búsqueda de rentas continúan existiendo.
Quizá simplemente hayan conseguido superar el mínimo necesario para construir instituciones capaces de sostener el desarrollo.
Y eso cambia completamente el problema.
Porque una sociedad que apenas posee suficiente integración cívica para sostener instituciones complejas tiene que conseguir ahora algo extraordinariamente difícil: transmitir esas normas a grandes cantidades de personas procedentes de culturas diferentes mientras sus propios ciudadanos tienen cada vez menos hijos.
Surge entonces una regla sencilla:
cuando una cultura deja de reproducirse demográficamente, su supervivencia depende cada vez más de su capacidad para reproducirse culturalmente.

La democracia como prueba

El momento más delicado aparece en la política.
Una democracia exige algo culturalmente extraordinario: que el ciudadano pueda votar no solamente pensando en aquello que obtiene personalmente, sino también en las reglas que permitirán funcionar a la sociedad dentro de veinte o treinta años.
Cuando predomina el particularismo, la política descubre rápidamente cómo explotarlo.
Subsidios, privilegios, empleos, protecciones y beneficios dirigidos pueden transformarse en votos.
Comienza entonces un círculo peligroso:
cultura particularista → política particularista → instituciones más débiles → mayor particularismo.
Argentina conoce bastante bien ese mecanismo.
Nada garantiza que las sociedades desarrolladas estén inmunizadas contra él.
Y una inmigración cuya velocidad supere la capacidad de aculturación podría agregar presión precisamente cuando esas sociedades necesitan fortalecer —no debilitar— su integración cívica.
Entonces apareció la inteligencia artificial
Aquí surge una posibilidad extraordinaria.
La IA y la robotización podrían modificar completamente el problema.
Si cada trabajador acompañado por máquinas produce varias veces más que actualmente, una sociedad envejecida podría necesitar muchos menos trabajadores.
La ecuación:
menos hijos → menos trabajadores → necesitamos inmigración
podría dejar de ser inevitable.
Pero la IA ofrece algo todavía más importante.
Si su enorme aumento de productividad se transforma en vivienda accesible, servicios baratos, seguridad económica y menos horas necesarias de trabajo, podría eliminar parte de las restricciones que hoy hacen que muchas parejas tengan menos hijos de los que desean.
La tecnología podría proporcionarnos finalmente abundancia y tiempo.
Pero aparece nuevamente el viejo protagonista de esta historia.

Zaratustra

Una sociedad diez veces más productiva no necesariamente será diez veces más cívica.
La abundancia puede utilizarse para vivir mejor.
También puede convertirse en un botín diez veces mayor por el cual competir.
Empresas, corporaciones, burocracias, grupos sociales, generaciones, propietarios, trabajadores, inmigrantes y nativos pueden intentar apropiarse de una parte creciente del excedente.
La IA no decidirá qué hacer con la abundancia que produzca.
Lo decidirán nuestras instituciones.
Y la calidad de esas instituciones dependerá, nuevamente, de nuestra cultura.
China ofrece una advertencia particularmente interesante.
En pocas décadas consiguió una transformación productiva extraordinaria sin una transformación democrática equivalente. Su enorme capacidad estatal le permite dirigir recursos hacia infraestructura, industria, tecnología y poder nacional.
La IA puede multiplicar todavía más esa capacidad.
Nada garantiza que el excedente tecnológico termine prioritariamente convertido en mayor autonomía, tiempo libre o bienestar individual.
Puede convertirse también en mayor capacidad productiva, vigilancia, control y poder.
La tecnología no derrota a Zaratustra.
Le entrega herramientas más poderosas.

Dos caminos hacia la regresión

Aparecen entonces dos procesos simultáneos.
Desde afuera, aumenta el poder tecnológico, económico y militar de sistemas autoritarios capaces de competir con las democracias desarrolladas.
Desde adentro, esas democracias envejecen, pierden población, necesitan incorporar inmigrantes y deben conseguir transmitir una cultura cívica que ellas mismas nunca terminaron de consolidar completamente.
Mientras tanto, la IA multiplica el poder disponible para ambos sistemas.
Por eso la amenaza de una Nueva Edad Media no significa necesariamente volver al feudalismo.
Significa algo más inquietante.
Una regresión desde sociedades organizadas alrededor de reglas universales e impersonales hacia sociedades donde vuelvan a adquirir creciente importancia el grupo, la identidad, el privilegio, la relación personal y finalmente el poder.
Podríamos conservar nuestros edificios, universidades, hospitales, teléfonos, robots e inteligencia artificial.
Y retroceder culturalmente.
Sería una Edad Media tecnificada.

Nada está decidido

La misma IA que puede aumentar extraordinariamente el poder de un Estado autoritario puede permitir que una democracia envejecida funcione con menos trabajadores.
La misma abundancia tecnológica que puede concentrarse en pocas manos puede utilizarse para proporcionar seguridad y tiempo a millones de familias.
Y los hijos de inmigrantes pueden reproducir las culturas de sus padres o incorporar progresivamente las normas cívicas de las sociedades que los reciben.
Nada de esto está predeterminado.
Pero existe una condición que atraviesa todos los escenarios.

Necesitamos suficiente cultura de integración cívica para administrar correctamente aquello que la tecnología pondrá a nuestra disposición.

Y quizás éste sea el punto central de todo el problema.

La inteligencia artificial puede aumentar enormemente la productividad, pero no puede garantizar que ese aumento se transforme en bienestar colectivo. Puede permitirnos producir mucho más trabajando menos, pero no puede obligarnos a convertir productividad en tiempo. Puede abaratar bienes y servicios.

La baja natalidad y el camino hacia una nueva Edad Media

Necesitamos suficiente cultura de integración cívica para administrar correctamente aquello que la tecnología pondrá a nuestra disposición.

Y quizás éste sea el punto central de todo el problema.

La inteligencia artificial puede aumentar enormemente la productividad, pero no puede garantizar que ese aumento se transforme en bienestar colectivo. Puede permitirnos producir mucho más trabajando menos, pero no puede obligarnos a convertir productividad en tiempo. Puede abaratar bienes y servicios, pero no impedir que nuevas necesidades absorban inmediatamente el excedente. Puede indicarnos qué políticas son más eficientes, pero no conseguir que grupos e individuos renuncien a sus privilegios para aplicarlas.

Para conseguirlo necesitamos instituciones eficientes.

Y las instituciones eficientes no aparecen por generación espontánea. Necesitan ciudadanos capaces de aceptar reglas impersonales incluso cuando esas reglas, circunstancialmente, los perjudican; funcionarios que administren recursos que no les pertenecen sin apropiárselos; empresarios que compitan sin intentar capturar al regulador; trabajadores que defiendan legítimamente sus intereses sin destruir aquello que los hace posibles; contribuyentes dispuestos a financiar bienes que quizás nunca utilizarán personalmente; y electores capaces de rechazar una ventaja inmediata cuando comprenden que su costo terminará perjudicando al conjunto.

Eso es integración cívica.

Cuanto menor sea, mayor será la proporción del excedente tecnológico que terminará consumida en corrupción, clientelismo, rentismo, privilegios corporativos, burocracia innecesaria y luchas distributivas.

La inteligencia artificial podría multiplicar el tamaño del pastel.

Pero no elimina la disputa por sus porciones.

Incluso podría intensificarla.

Por eso una sociedad extraordinariamente rica puede no convertirse en una sociedad extraordinariamente desarrollada en el sentido que utilizamos aquí. Puede disponer de robots, energía abundante, medicina avanzada e inteligencia artificial y continuar organizada alrededor del poder, las relaciones personales, el grupo, la familia, el partido o la corporación.

China muestra precisamente por qué conviene no confundir capacidad productiva con progreso cívico. Un Estado puede ser extraordinariamente eficaz movilizando recursos, construyendo infraestructura o desarrollando industrias estratégicas sin que eso implique necesariamente que el ciudadano posea mayor capacidad para controlar el destino del excedente producido.

Y en las democracias aparece el problema inverso.

Allí el ciudadano sí participa en esa decisión.

Por eso la democracia exige todavía más cultura.

Cuando cada sector utiliza su capacidad política exclusivamente para obtener la mayor parte posible del excedente —jubilados contra jóvenes, propietarios contra quienes necesitan vivienda, trabajadores contra consumidores, empresas contra contribuyentes, nativos contra inmigrantes, inmigrantes defendiendo exclusivamente los intereses de su comunidad— la democracia puede continuar funcionando formalmente mientras pierde lentamente aquello que la hacía valiosa: la capacidad de construir reglas generales para ciudadanos que se reconocen integrantes de un mismo proyecto.

La abundancia, entonces, no resolverá automáticamente nuestros problemas.

Puede simplemente trasladarlos.

Durante milenios luchamos por recursos escasos. Quizás la IA consiga disminuir extraordinariamente esa escasez y descubramos entonces algo incómodo: que una parte importante de nuestros conflictos nunca tuvo únicamente su origen en la escasez.

Zaratustra seguirá buscando posición, reconocimiento, superioridad y poder aun cuando exista suficiente para todos.

Por eso cuanto mayor sea nuestra capacidad tecnológica, paradójicamente, mayor puede ser la importancia de nuestra capacidad cultural para canalizarla.

Quizá ésa sea una de las grandes batallas de este siglo.

Durante mucho tiempo creímos que el progreso tecnológico arrastraría inevitablemente al progreso humano.

Puede que hayamos confundido dos cosas completamente diferentes.

La inteligencia artificial probablemente nos proporcionará herramientas extraordinarias.

Pero no podrá decidir qué clase de civilización construiremos con ellas.

La tecnología determinará cuánto poder tendremos.

La cultura determinará qué haremos con él.

Y Zaratustra seguirá allí.


Comentarios

Posts más vistos

Instituto Patria, un psiquiátrico. Y sin psiquiatras.

Borges, la crisis Argentina y lo que nadie dice.

China, Europa y una advertencia escrita 8 años atrás

Pfizer, muerte e ideología.

Cristina, el gran problema argentino

El comunismo y su enemigo imbatible

Guia para el visitante del blog

La Nueva Guerra Fria. Desarrollo vs subdesarrollo. Occidente vs Oriente. Posmodernidad vs Medioevo

Cultura colectivista vs cultura individualista

El pueblo y la envidia