Prudencia adaptativa: cuando ninguna ideología tiene siempre razón

En esta entrada comparto un escrito desarrollado por mi amigo IA que, a mi entender, logra describir de manera excelente y particularmente clara un resumen de toda la construcción ideológica que he venido desarrollando a lo largo de este blog.
En posts como “Instinto y cultura, nuestros verdaderos soberanos”, entre otros, he intentado mostrar la enorme influencia que nuestra naturaleza humana y las diferentes culturas ejercen sobre nuestras organizaciones sociales, políticas y económicas, y los errores en los que podemos caer cuando diseñamos instituciones ignorando esas fuerzas.
En otros, como “Míralo, ahí está Zaratustra”, he intentado describir y advertir sobre la presencia permanente de nuestros impulsos más primitivos detrás de muchas de las construcciones que posteriormente presentamos como producto de nuestra racionalidad.
En numerosos escritos he insistido también en la importancia de la cultura de integración cívica como condición para aspirar a un verdadero progreso humano.
En otros he planteado la necesidad de utilizar políticas más liberales o más redistributivas dependiendo del escenario cultural, institucional y económico existente, incluyendo el grado de desigualdad y sus consecuencias. Y reiteradamente he advertido sobre el peligro de confiar excesivamente en aquello que nuestra capacidad racional considera conveniente, porque esa confianza puede conducirnos a idealismos extraordinariamente atractivos en el terreno de las ideas pero difícilmente realizables cuando entran en contacto con el ser humano real.
Todas esas ideas fueron apareciendo a lo largo de los años en diferentes entradas del blog.
El escrito que comparto ahora consigue reunirlas.
Y al hacerlo aparece con mucha mayor claridad algo que probablemente yo mismo no había logrado expresar hasta ahora de manera suficientemente compacta: la Prudencia Adaptativa.
No se trata de proponer una nueva receta política o económica. Se trata de partir de nuestra naturaleza humana, comprender la cultura dentro de la cual esa naturaleza se expresa, adaptar a ambas las instituciones y políticas que utilizamos, observar sus consecuencias y estar dispuestos a modificarlas cuando la realidad lo haga necesario.
Y, al mismo tiempo, no resignarnos necesariamente a la cultura existente: cuando sea posible, intentar favorecer una evolución desde la anomia hacia una mayor integración cívica, ampliando así el espacio dentro del cual nuestra capacidad racional puede construir instituciones que funcionen aproximadamente como imaginamos que deberían hacerlo.
Por eso considero este escrito particularmente importante dentro de Razón vs Instinto.
La redacción y, sobre todo, la extraordinaria capacidad para ordenar y expresar estas ideas corresponden a la IA. Pero las ideas que intenta ordenar son las que he venido desarrollando y poniendo a prueba durante años en este blog.
El resultado es probablemente el resumen más claro que hasta ahora he podido ofrecer de mi pensamiento.
Y creo sinceramente que vale la pena ponerlo a disposición del lector.
Veamos:

PRUDENCIA ADAPTATIVA

Una ideología que no pretende tener siempre razón

Durante siglos hemos intentado encontrar la mejor manera de organizar nuestras sociedades.
Liberalismo, socialismo, socialdemocracia, conservadurismo y las innumerables variantes surgidas de ellos han producido construcciones intelectuales extraordinarias. Algunas pusieron el acento en la libertad. Otras en la igualdad. Algunas comprendieron mejor los incentivos. Otras advirtieron los peligros de la concentración económica. Algunas desconfiaron del Estado. Otras desconfiaron del mercado.
Todas observaron algo.
Mi pregunta es si alguna puede observarlo todo.
Quizá el problema no se encuentre solamente en las respuestas que hemos construido, sino en la pregunta que llevamos siglos formulando:

¿Cuál es el mejor sistema?

Tal vez deberíamos comenzar por otra:
¿Qué sistema funciona mejor para estos seres humanos, dentro de esta cultura, bajo estas circunstancias y en este momento histórico?
Y aceptar una consecuencia incómoda:

la respuesta puede cambiar.

A esa disposición a comprender primero la naturaleza humana y las condiciones culturales e institucionales existentes, seleccionar después las herramientas políticas más adecuadas y modificarlas nuevamente cuando cambian sus consecuencias la llamaré Prudencia Adaptativa.
No pretende ser una nueva receta política.
Pretende explicar por qué probablemente ninguna receta pueda ser permanente.

El problema comienza antes de la política

Toda construcción política parte, explícita o implícitamente, de alguna concepción del ser humano.
Y aquí comienza mi discrepancia fundamental.
Creo que tendemos a conceder demasiado protagonismo a nuestra capacidad racional cuando intentamos explicar nuestro comportamiento.
El Homo sapiens posee una extraordinaria inteligencia. Puede desarrollar matemáticas, construir instituciones, elaborar sistemas filosóficos, descubrir leyes físicas y diseñar complejísimas organizaciones sociales.
Pero de esa extraordinaria capacidad racional no se desprende necesariamente que la razón determine nuestros objetivos.
Muchas veces ocurre exactamente lo contrario.
Nuestros instintos, deseos, miedos, intereses y necesidades proporcionan el objetivo y nuestra formidable inteligencia encuentra después argumentos para perseguirlo y justificarlo.
Por eso resulta necesario distinguir, dentro de esta construcción, dos usos diferentes de nuestra capacidad racional.
Llamaré razón pura al esfuerzo por observar la realidad intentando independizarnos todo lo posible de nuestros intereses y pulsiones para preguntarnos qué decisión produce las consecuencias que racionalmente consideramos deseables.
Y llamaré razón instrumental a esa misma inteligencia cuando trabaja al servicio de objetivos previamente determinados por nuestros intereses, emociones o pulsiones.
La diferencia es fundamental.
Porque el individuo dominado por la razón instrumental no necesita sentirse irracional.
Todo lo contrario.
Puede construir argumentos extraordinariamente sofisticados para explicar por qué aquello que desea coincide precisamente con lo verdadero, lo justo o lo conveniente.
De allí una de las ideas que desde hace años atraviesa este blog:

Nada me preocupa más que nuestra capacidad racional de justificar nuestra irracionalidad.

Zaratustra

Dentro de esas fuerzas que actúan sobre nuestra razón he denominado Zaratustra a una que considero particularmente importante.
Zaratustra no representa simplemente el deseo de riqueza ni exclusivamente la búsqueda de estatus.
Representa algo más elemental:
la necesidad de afirmación comparativa del ego.
El ser humano no solamente quiere tener.
También quiere saber cómo se encuentra respecto de los demás.
Esa pulsión puede expresarse mediante dos caminos fundamentales.
El primero dice:
“Quiero elevarme.”
Es la ambición.
Puede llevarnos a trabajar, crear, competir, innovar, estudiar, invertir, asumir riesgos, descubrir o intentar superar a los demás.
El segundo dice:
“Quiero que aquel que está por encima descienda.”
Es la envidia y, cuando se acumula y racionaliza, puede convertirse en resentimiento.
Las dos expresiones pertenecen al mismo fenómeno comparativo.
Y ninguna es necesariamente una explicación automática de la conducta humana.
Zaratustra es una variable entre muchas.
Pero considero que ignorarla puede producir errores importantes cuando intentamos comprender fenómenos políticos, económicos y sociales.

El error de intentar eliminar a Zaratustra

Una posibilidad sería considerar que esta pulsión constituye simplemente un defecto humano que debemos combatir.
No creo que sea posible.
Y tampoco creo que resulte necesariamente deseable.
La ambición ha participado en una enorme cantidad de aquello que denominamos progreso.
La posibilidad de obtener riqueza, reconocimiento, prestigio, poder o simplemente la satisfacción de superar a otros puede movilizar cantidades extraordinarias de energía humana.
Intentar eliminarla puede significar también disminuir innovación, esfuerzo, creatividad y predisposición al riesgo.
Pero dejarla actuar sin restricciones tampoco garantiza resultados deseables.
La misma ambición puede dirigirse hacia la corrupción, la apropiación de rentas, la captura del Estado, el monopolio, el poder político o cualquier otro mecanismo que permita elevar la posición propia.
Y el éxito excesivo de algunos puede, además, activar la otra expresión de Zaratustra.
La envidia.
El resentimiento.
La voluntad de derribar aquello que se encuentra arriba.
Aparece entonces una paradoja fundamental:

la desigualdad puede estimular la ambición que produce riqueza y, al mismo tiempo, alimentar el resentimiento capaz de destruir el sistema que permitió producirla.

La pregunta política relevante deja entonces de ser si debemos permitir o impedir la desigualdad.
La pregunta pasa a ser:
¿cuánto espacio debemos proporcionar a la ambición y cuándo debemos comenzar a contener sus consecuencias?
Y esa pregunta no posee necesariamente una respuesta permanente.

La cultura decide qué hace Zaratustra

Existe además otra variable fundamental.
La cultura.
La misma pulsión puede producir consecuencias completamente diferentes dependiendo del marco cultural e institucional dentro del cual intenta expresarse.
En una sociedad donde existen normas fuertes de cooperación, confianza interpersonal, respeto por las reglas y condena social de determinadas conductas, la ambición puede encontrar sus mayores recompensas creando empresas, desarrollando tecnología, investigando, trabajando o compitiendo.
He denominado a ese conjunto cultural de integración cívica.
En una sociedad donde predomina la desconfianza, las normas son débiles y apropiarse individualmente de aquello que pertenece al conjunto encuentra menor condena social, la misma ambición puede descubrir caminos diferentes.
Capturar al Estado.
Obtener privilegios.
Evitar impuestos.
Comprar influencia política.
Apropiarse de recursos públicos.
Utilizar relaciones personales para obtener aquello que la competencia no proporciona.
He denominado a ese entorno cultura individualista anómica.
El instinto puede ser semejante.
Lo que cambia es el camino disponible para satisfacerlo.
Por eso ninguna institución puede analizarse independientemente de la cultura sobre la cual pretende funcionar.

Las instituciones también modifican la cultura

Pero la relación no termina allí.
Sería igualmente equivocado imaginar la cultura como algo inmóvil.
Las instituciones modifican incentivos.
Los incentivos modifican comportamientos.
Los comportamientos repetidos pueden modificar normas.
Y las normas terminan modificando la cultura.
Tenemos entonces un sistema de retroalimentación:
naturaleza humana → cultura → instituciones → incentivos → comportamiento → cultura.
Una institución inicialmente exitosa puede generar consecuencias que terminen debilitando las condiciones que permitieron su éxito.
Una política redistributiva puede aumentar cohesión social.
Pero si progresivamente se transforma en territorio de captura, puede incentivar comportamientos extractivos.
Una liberalización económica puede liberar enormes cantidades de energía productiva.
Pero si termina produciendo concentraciones capaces de capturar instituciones o bloquear la competencia, puede destruir las condiciones que hicieron beneficiosa aquella liberalización.
El éxito modifica el escenario.
Y cuando cambia el escenario puede ser necesario modificar la política.

El progreso cultural también es posible

Aceptar que las políticas deben adaptarse a la cultura existente no significa considerar esa cultura inmodificable ni necesariamente deseable.

La realidad debe ser nuestro punto de partida.

No necesariamente nuestro punto de llegada.

Zaratustra pertenece a una dimensión particularmente profunda de nuestra naturaleza. Podemos intentar canalizarlo, contener determinadas expresiones y modificar los caminos mediante los cuales busca satisfacción, pero sería imprudente construir una sociedad suponiendo que conseguiremos eliminarlo.

La cultura es diferente.

También es extraordinariamente resistente. Se transmite entre generaciones, se reproduce mediante hábitos, normas, familias, instituciones y comportamientos socialmente aceptados. Pretender transformarla rápidamente mediante una ley o mediante la voluntad política constituye probablemente otra expresión del idealismo que esta construcción intenta evitar.

Pero resistente no significa inmodificable.

Las culturas cambian.

Y si determinadas características culturales favorecen comportamientos que dificultan la cooperación, debilitan las instituciones o canalizan la ambición hacia actividades extractivas, una sociedad puede intentar modificarlas.

Aquí aparece un espacio legítimo para el voluntarismo.

Pero debe ser un voluntarismo prudente.

No se trata de imaginar al ciudadano que necesitamos para que funcione nuestra institución y después intentar fabricarlo.

Se trata de observar qué características culturales están dificultando la cooperación social y preguntarnos si existen políticas, instituciones, incentivos, educación o normas capaces de modificarlas gradualmente.

Y comprobar después si efectivamente lo hacen.

Porque incluso nuestras políticas destinadas a mejorar la cultura deben quedar sometidas a la Prudencia Adaptativa.

La integración cívica como forma de progreso 

Esto introduce además una dirección dentro de mi idea de progreso.

Una sociedad progresa culturalmente cuando consigue que individuos que inevitablemente conservan intereses particulares y pulsiones competitivas puedan cooperar crecientemente bajo normas que aceptan también cuando cumplirlas no maximiza inmediatamente su beneficio individual.

Eso es lo que denomino integración cívica.

No significa eliminar el individualismo.

Mucho menos eliminar la ambición.

Significa construir un entramado cultural en el cual la búsqueda del interés individual encuentre límites suficientemente fuertes cuando amenaza aquello que permite la convivencia y la cooperación.

El empresario continúa queriendo enriquecerse.

El político continúa queriendo poder.

El trabajador continúa buscando mejorar su situación.

El funcionario continúa teniendo intereses propios.

Zaratustra continúa presente en todos ellos.

La diferencia consiste en qué comportamientos consideran legítimos para alcanzar sus objetivos y cuáles encuentran suficientemente condenados por la cultura que comparten.

Cuanto mayor sea esa integración cívica, mayor será probablemente nuestra capacidad para construir instituciones complejas sin que sean inmediatamente utilizadas para finalidades diferentes de aquellas para las que fueron creadas.

Y esto tiene una consecuencia extraordinariamente importante:

el progreso cultural amplía el espacio disponible para la razón pura.

Ampliar el territorio de lo posible 

Podemos imaginar políticas extraordinariamente racionales que resulten impracticables dentro de determinadas culturas.

No porque sean incorrectas en sí mismas.

Sino porque los individuos que deberán administrarlas, financiarlas, obedecerlas y controlarlas encontrarán oportunidades demasiado grandes para utilizarlas instrumentalmente en beneficio propio.

En una cultura predominantemente anómica, la distancia entre lo racionalmente deseable y lo realmente realizable puede ser enorme.

Cuando aumenta la integración cívica, esa distancia puede reducirse.

No porque los seres humanos se hayan desprendido de sus pulsiones.

Sino porque la cultura y las instituciones han conseguido canalizarlas mejor.

Por eso fortalecer la integración cívica no constituye simplemente un objetivo moral.

Es también un objetivo práctico.

Una sociedad con mayor integración cívica dispone de un conjunto más amplio de políticas potencialmente utilizables.

Puede confiar más.

Puede cooperar más.

Puede delegar más.

Puede construir instituciones más complejas.

Puede realizar políticas colectivas con menor riesgo de captura.

Puede permitir determinadas libertades sin que necesariamente degeneren en abuso y determinadas intervenciones sin que necesariamente degeneren en apropiación.

En otras palabras, puede convertir una proporción mayor de aquello que la razón pura considera conveniente en instituciones que sobrevivan al contacto con el ser humano real.

Adaptarse y transformar 

La Prudencia Adaptativa posee entonces dos movimientos que pueden parecer contradictorios pero que en realidad se complementan.

El primero es:

adaptar nuestras políticas a la naturaleza humana y a la cultura realmente existentes.

El segundo:

cuando las condiciones lo permitan, utilizar también las políticas para intentar mejorar esa cultura.

No debemos imponer instituciones que necesitan una cultura inexistente y esperar que mágicamente funcionen.

Pero tampoco debemos aceptar eternamente una cultura que limita nuestras posibilidades de construir mejores instituciones.

Debemos preguntarnos permanentemente qué podemos hacer hoy y qué condiciones podemos intentar construir para poder hacer algo mejor mañana.

Ésa es también Prudencia Adaptativa.

Porque incluso el progreso necesita prudencia.

Una dirección sin receta 

Esto permite comprender por qué la Prudencia Adaptativa no equivale a relativismo.

Que no exista una política universalmente correcta no significa que todas las evoluciones culturales sean igualmente deseables.

Dentro de esta construcción existe una dirección.

Avanzar desde la anomia hacia la integración cívica.

No para construir un hombre nuevo.

No para eliminar sus pulsiones.

No para derrotar a Zaratustra.

Sino para conseguir que esas mismas pulsiones encuentren progresivamente mayores recompensas cuando producen valor para los demás y mayores obstáculos cuando intentan satisfacer sus objetivos destruyendo, capturando o apropiándose de aquello que pertenece al conjunto.

Quizá allí se encuentre una definición posible de progreso cultural:

no cambiar nuestra naturaleza, sino aprender colectivamente a convivir mejor con ella.

Y cuanto mejor consigamos hacerlo, mayor será el espacio que podremos conceder a nuestra razón para diseñar aquello que consideramos conveniente sin que nuestra propia naturaleza termine convirtiéndolo en algo completamente diferente.

La Prudencia Adaptativa acepta entonces la realidad, pero no se resigna a ella.

Se adapta al mundo que existe mientras intenta, cuando las circunstancias lo permiten, construir las condiciones culturales necesarias para ampliar aquello que será posible mañana.

Aquí comienza la prudencia adaptativa 

La Prudencia Adaptativa surge precisamente de aceptar esta dinámica.
No propone un determinado tamaño del Estado.
No establece una presión tributaria ideal.
No determina previamente cuánto debemos redistribuir.
No proclama que el mercado siempre encontrará la mejor solución.
Tampoco supone que un Estado dirigido por individuos racionales corregirá necesariamente los problemas del mercado.
Pregunta primero:
¿Qué está ocurriendo?
¿Qué fuerzas humanas predominan?
¿Qué características posee la cultura?
¿Hacia dónde están siendo canalizadas la ambición y la búsqueda de afirmación?
¿Qué comportamientos está premiando el sistema?
¿Qué está haciendo la razón instrumental?
¿Qué instituciones están siendo capturadas?
¿Qué consecuencias están produciendo nuestras políticas?
Sólo entonces pregunta:
¿qué herramienta necesitamos?

A veces necesitaremos más Hayek

Puede llegar un momento en que impuestos excesivos, regulaciones, burocracia, protecciones o redistribución estén reduciendo excesivamente las recompensas del esfuerzo, la innovación, la inversión y el riesgo.
Zaratustra puede encontrarse demasiado restringido en su expresión productiva.
Entonces necesitaremos liberarlo.
Más competencia.
Más mercado.
Menos obstáculos.
Más espacio para experimentar.
Más recompensa para quien arriesga y produce.
En ese momento probablemente tendremos mucho que aprender de Hayek.
Pero convertir esa solución en una verdad permanente sería abandonar la Prudencia Adaptativa.
Porque el éxito de esas mismas políticas puede producir un escenario diferente.

A veces necesitaremos más Rawls

La expansión económica puede terminar acompañada por concentraciones crecientes de riqueza y poder.
La movilidad social puede disminuir.
La igualdad de oportunidades puede deteriorarse.
La riqueza heredada puede pesar cada vez más respecto de aquella producida mediante esfuerzo y creación.
Las instituciones pueden comenzar a ser capturadas.
Y grandes sectores de la población pueden percibir que el sistema ha dejado de ofrecerles posibilidades razonables de progresar.
Entonces Zaratustra puede comenzar a expresarse crecientemente mediante resentimiento.
Quizá sea momento de contener algunas de las consecuencias producidas por la etapa anterior.
Igualdad de oportunidades.
Redistribución.
Límites a determinadas concentraciones.
Protección de quienes quedaron atrás.
En ese momento Rawls puede proporcionarnos herramientas extraordinariamente valiosas.
También Piketty puede advertirnos sobre procesos de acumulación patrimonial que conviene observar.
Pero nuevamente debemos evitar convertir esas herramientas en dogmas.
Porque la corrección también modifica el sistema.

Y después tendremos que volver a mirar

La redistribución puede convertirse progresivamente en captura.
Los impuestos pueden comenzar a desalentar determinadas actividades.
La regulación puede proteger a quienes ya están establecidos.
La burocracia puede desarrollar intereses propios.
Los grupos beneficiados pueden organizarse para impedir cualquier modificación de sus privilegios.
Y la razón instrumental encontrará argumentos impecables para justificar cada uno de esos intereses.
Entonces habrá que volver a corregir.
No porque la izquierda haya demostrado estar equivocada.
No porque la derecha haya demostrado tener razón.
Sino porque cambió aquello que necesitábamos corregir.

Los grandes intelectuales como caja de herramientas

Desde esta perspectiva, quizá resulte equivocado enfrentar a Hayek, Rawls, Piketty, Keynes, Friedman, Marx, Mazzucato y tantos otros preguntando cuál descubrió definitivamente la verdad.
Probablemente todos hayan observado partes importantes de ella.
Hayek comprendió extraordinariamente algunos problemas del conocimiento, los incentivos y la coordinación descentralizada.
Rawls formuló preguntas fundamentales sobre justicia, oportunidades y legitimidad de las desigualdades.
Piketty obliga a observar acumulación y concentración patrimonial.
Keynes mostró circunstancias en las cuales los mecanismos espontáneos de ajuste pueden resultar insuficientes.
Friedman recordó permanentemente los peligros derivados de ignorar incentivos y libertad económica.
Marx percibió conflictos derivados de relaciones económicas y concentraciones de poder que sería absurdo negar simplemente porque muchas de sus soluciones hayan producido resultados diferentes de los esperados.
Mazzucato vuelve nuestra atención hacia circunstancias en las que el Estado puede participar en procesos de innovación y asumir riesgos que el sector privado no necesariamente afrontaría de la misma manera.
Quizá el error comience cuando transformamos una observación correcta en una explicación universal.
La Prudencia Adaptativa propone algo diferente:
utilizarlos a todos.
Y someterlos a todos a la realidad.

¿Qué teoría tiene razón?

Tal vez ésa sea la pregunta equivocada.
Podríamos preguntar:

¿Bajo qué condiciones tiene razón cada teoría?

¿Qué comportamiento humano presupone?
¿Qué cultura necesita?
¿Qué instituciones requiere?
¿Qué incentivos genera?
¿Cómo intentará utilizarla Zaratustra?
¿Qué oportunidades proporciona a la razón instrumental?
¿Y qué ocurrirá cuando la aplicación exitosa de esa teoría modifique las condiciones que inicialmente justificaron aplicarla?
Entonces los grandes sistemas políticos dejan de ser religiones rivales.
Se convierten en herramientas.

Una ideología que acepta su propia ignorancia

Puede resultar extraño llamar ideología a una construcción que se niega a proporcionar un programa definitivo.
Quizá precisamente allí se encuentre su característica fundamental.
La Prudencia Adaptativa comienza reconociendo nuestras limitaciones.
No sabemos exactamente cuánto Estado necesita una sociedad.
No sabemos qué desigualdad puede tolerar.
No sabemos cuál es la presión tributaria perfecta.
No sabemos cuánto debemos regular.
Y probablemente resulte imposible establecer esas cifras independientemente del lugar, la cultura y el momento histórico.
Pero podemos observar.
Podemos comparar.
Podemos experimentar.
Podemos estudiar las consecuencias.
Y, sobre todo, podemos corregir.
La dificultad aparece cuando nuestras propias pulsiones entran en escena.
Porque reconocer que una política que defendimos durante décadas dejó de funcionar significa reconocer un error.
Y Zaratustra tampoco disfruta descendiendo en una discusión intelectual.
Entonces aparece nuevamente la razón instrumental para explicarnos por qué los acontecimientos no contradicen nuestra teoría.
La culpa será del mercado.
Del Estado.
Del capitalismo.
Del socialismo.
De los empresarios.
De los trabajadores.
De los ricos.
De los pobres.
De los extranjeros.
De nuestros adversarios políticos.
De cualquiera excepto de nuestra explicación.
La Prudencia Adaptativa exige algo particularmente difícil:
estar dispuesto a abandonar incluso nuestras propias certezas cuando la realidad comienza a contradecirlas.

Razón contra razón

Llegamos así al punto que probablemente mejor resume toda esta construcción.
El gran conflicto humano quizá no sea simplemente razón contra instinto.
Es también una lucha dentro de nuestra propia capacidad racional.
Por un lado, una razón que intenta comprender la realidad incluso cuando esa realidad contradice aquello que deseamos creer.
Por otro, una razón extraordinariamente inteligente trabajando para justificar aquello que nuestras pulsiones ya han decidido que queremos creer.

Razón pura frente a razón instrumental.

La primera nunca consigue liberarse completamente de la segunda.
Precisamente por eso necesitamos instituciones.
Precisamente por eso necesitamos cultura.
Y precisamente por eso necesitamos adaptación.

Prudencia Adaptativa

No propongo una determinada política económica.
No propongo un Estado mínimo.
No propongo un Estado de Bienestar universal.
No propongo igualdad absoluta.
No propongo desigualdad ilimitada.
Propongo algo anterior.
Conocer todo lo posible al animal que intentamos gobernar.
Comprender sus pulsiones.
Comprender su extraordinaria capacidad para racionalizarlas.
Comprender la cultura dentro de la cual actúa.
Construir instituciones capaces de canalizar esas fuerzas hacia resultados socialmente productivos.
Dar mayor libertad a la ambición cuando su excesiva restricción comienza a paralizar creación, esfuerzo, innovación y riesgo.
Limitarla cuando su expansión comienza a producir captura, concentración o desigualdades capaces de activar destructivamente el resentimiento.
Y volver a observar.
Porque ninguna solución será necesariamente definitiva.
Quizá mañana necesitemos exactamente lo contrario de aquello que necesitamos hoy.
Eso no significará que fracasamos.
Significará que comprendimos que estamos gobernando un sistema dinámico compuesto por seres humanos.
Tal vez una de las mayores expresiones posibles de nuestra razón pura consista precisamente en aceptar cuánto menos racionales somos de lo que nuestra propia razón nos permite creer.
Y quizá una sociedad verdaderamente racional no sea aquella que finalmente descubre la ideología correcta.
Quizá sea aquella que conserva la capacidad de reconocer cuándo sus propias ideas han dejado de adaptarse a la realidad.

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