El comunismo y su enemigo imbatible II ¿podrá la IA vencer a Zaratustra?
En la entrada https://razonvsinstinto.blogspot.com/2017/08/el-comunismo-y-su-enemigo-imbatible.html explico porque es absolutamente inviable el comunismo mientras exista el instinto humano al que puse el pseudónimo Zaratustra.
En otra entrada reproduje un reportaje a Hayek donde él también explica porqué es inviable el comunismo pero lo hace desde una óptica economicista y que además es una de las explicaciones más aceptadas para refutar al sistema comunista. Básicamente afirma que es imposible que el ser humano pueda controlar, administrar y procesar la enorme cantidad de información que el mercado produce. El fracaso es inevitable y así lo demuestra no sólo la historia, también la actualidad.
Sin embargo y a pesar de ello es evidente que aún persisten millones y más millones de individuos que insisten en luchar por la instauración de un gobierno comunista ¡Y en todos los rincones del planeta!
Pero ésta historia probablemente no termine ahí porque surgió la IA por lo que una pregunta seguramente surgirá si es que ya no ha surgido ¿Y si las predicciones de Hayek y Mises eran reales, que no podemos procesar toda la información necesaria para hacer posible y eficiente al comunismo, pero ahora contamos con la magia de la IA que podría con facilidad procesar toda la información y así guiarnos en la instrumentación y ejecución con éxito de las políticas económicas marxistas?
Ante éste interrogante, obviamente, indagué sobre la cuestión justamente con él, con el amigo IA, y de ése diálogo surgió el escrito creado por él mismo que comparto a continuación:
La IA no hará posible el comunismo
Es muy probable que en algún momento alguien plantee seriamente una idea que hasta hace poco habría pertenecido a la ciencia ficción:
quizá el comunismo fracasó porque todavía no disponíamos de una inteligencia capaz de administrarlo.
Durante décadas, una de las principales críticas a las economías centralmente planificadas estuvo relacionada con el problema de la información y del cálculo económico. Ludwig von Mises y, posteriormente y con importantes matices, Friedrich Hayek señalaron las enormes dificultades que enfrenta una autoridad central para sustituir los mecanismos mediante los cuales una economía descentralizada procesa información dispersa entre millones de individuos.
¿Cómo puede un planificador conocer qué producir, cuánto producir, dónde hacerlo, qué recursos destinar a cada actividad y cuáles son las preferencias cambiantes de millones de personas?
La experiencia de las economías comunistas del siglo XX pareció proporcionar argumentos poderosos a esa crítica.
Pero ahora ha aparecido un protagonista que Mises, Hayek y Marx difícilmente podrían haber imaginado en toda su dimensión:
la inteligencia artificial.
Y por eso vale la pena adelantarnos a una pregunta que seguramente aparecerá.
¿Y si ahora sí fuera posible?
Imaginemos una inteligencia artificial muchísimo más avanzada que las actuales.
Una IA capaz de procesar en tiempo real cantidades extraordinarias de información: producción, consumo, disponibilidad de materias primas, capacidad industrial, transporte, energía, preferencias de los consumidores, necesidades futuras, cambios demográficos y prácticamente cualquier otra variable económicamente relevante.
Una inteligencia semejante podría administrar una economía centralizada con una capacidad incomparablemente superior a la de cualquier organismo de planificación que haya existido.
El Gosplan soviético tenía que intentar coordinar millones de decisiones mediante funcionarios, estadísticas incompletas, cálculos lentos y una burocracia gigantesca.
Una IA futura podría hacer una parte considerable de aquello en segundos.
La objeción parece entonces inevitable:
¿Y si el problema nunca fue el comunismo sino nuestra incapacidad tecnológica para administrarlo?
¿Y si Marx tenía razón pero apareció demasiado pronto?
¿Y si finalmente contamos con el planificador que necesitaba el comunismo?
Es una posibilidad suficientemente interesante como para tomarla en serio.
Pero existe un problema.
El planificador puede haber cambiado.
El Homo sapiens no.
El problema que permanece
En este blog he denominado Zaratustra a un conjunto de pulsiones profundamente arraigadas en nuestra naturaleza relacionadas con la competencia, la ambición, la búsqueda de superioridad, el rechazo de la inferioridad, la comparación con los demás, la codicia, la envidia y el deseo de reconocimiento.
Zaratustra no es bueno ni malo.
Simplemente existe.
Las culturas, las instituciones y las políticas pueden contenerlo, estimularlo, desviarlo o canalizarlo. Incluso pueden modificar profundamente, a lo largo del tiempo, las formas mediante las cuales se expresa.
Pero ninguna experiencia histórica conocida permite suponer prudentemente que podamos hacerlo desaparecer.
Y aquí comienza el verdadero problema para nuestro hipotético comunismo administrado por inteligencia artificial.
Supongamos que la IA determina racionalmente cuánto debería producir cada persona y cómo deberían distribuirse los bienes.
Inmediatamente aparece una dificultad.
¿Por qué debería esforzarme más si obtendré aproximadamente lo mismo?
La IA podría resolverlo concediéndome una recompensa adicional.
Problema solucionado.
Pero acaba de introducir una desigualdad.
Supongamos ahora que determinadas tareas desagradables no encuentran suficientes personas dispuestas a realizarlas.
La IA podría ofrecer mayores recompensas.
Nuevamente funciona.
Pero las diferencias aumentan.
Supongamos que descubre que algunas personas innovan mucho más cuando pueden beneficiarse de sus innovaciones.
Podría permitirles conservar una parte mayor de los beneficios que generan.
Otra vez funcionaría.
Pero poco a poco estaría reconstruyendo aquello que pretendía eliminar.
La paradoja del planificador perfecto
Aquí aparece una paradoja extraordinariamente interesante.
Cuanto mejor conociera la inteligencia artificial nuestra naturaleza, probablemente menos intentaría combatirla y más intentaría canalizarla.
Si descubre que la ambición aumenta la productividad cuando existen recompensas, introducirá incentivos.
Si descubre que la competencia favorece determinados tipos de innovación, introducirá competencia.
Si descubre que millones de personas poseen información local que resulta extremadamente difícil centralizar, descentralizará decisiones.
Si descubre que las preferencias individuales cambian constantemente, necesitará mecanismos para transmitir esas preferencias.
Si descubre que quienes soportan parte de las consecuencias de sus decisiones administran mejor determinados recursos, introducirá responsabilidad económica.
Y si descubre que permitir cierta apropiación de los beneficios obtenidos mediante buenas decisiones genera incentivos extraordinariamente poderosos, terminará introduciendo alguna forma de propiedad.
Podríamos comenzar diciendo:
“Vamos a utilizar la inteligencia artificial para construir finalmente el verdadero comunismo.”
Y terminar preguntándonos:
“¿Pero esto sigue siendo comunismo?”
Tal vez una inteligencia que conociera perfectamente al Homo sapiens no descubriría cómo eliminar los mecanismos fundamentales del capitalismo.
Tal vez descubriría por qué algunos de ellos aparecieron.
Pero Zaratustra también aprendería
Existe además otra dificultad.
La inteligencia artificial podría aprender a predecir nuestro comportamiento.
Pero nosotros también aprenderíamos a conocer el sistema diseñado por la inteligencia artificial.
Imaginemos que determinados beneficios son concedidos cuando se cumplen determinadas condiciones.
Las personas comenzarían a conocer esas condiciones.
Algunas intentarían adaptar su comportamiento para obtenerlos.
La IA detectaría esas conductas y modificaría las reglas.
Los individuos aprenderían las nuevas reglas y volverían a adaptarse.
Tendríamos entonces un proceso permanente:
la IA predice → diseña una política → Zaratustra encuentra oportunidades → los individuos adaptan su conducta → la IA modifica la política → los individuos vuelven a adaptarse.
Ésta es una diferencia fundamental entre predecir fenómenos físicos y predecir sociedades humanas.
Un planeta no modifica deliberadamente su órbita porque Newton haya descubierto las leyes que permiten predecirla.
Un ser humano puede modificar su conducta precisamente porque ha comprendido el mecanismo mediante el cual intentamos condicionarlo.
Por eso la extraordinaria capacidad predictiva de una futura inteligencia artificial podría reducir enormemente el problema.
Pero difícilmente podría eliminarlo.
Incapacidad e inviabilidad
Conviene entonces distinguir dos problemas diferentes.
El primero es de incapacidad.
Ni siquiera una inteligencia artificial extraordinariamente avanzada necesariamente podría predecir permanentemente las conductas de millones de seres humanos que interactúan entre ellos, aprenden, descubren las reglas y modifican estratégicamente su comportamiento.
Pero existe un segundo problema todavía más profundo.
El de la inviabilidad.
Supongamos que concedemos la hipótesis extrema.
Imaginemos que la IA logra predecir nuestras respuestas con una precisión extraordinaria.
Entonces podría diseñar políticas destinadas a controlar nuestras pulsiones.
Pero cuanto más intentara hacerlo, mayores serían las intervenciones necesarias.
Y cuanto más intentara conservar simultáneamente productividad, innovación, esfuerzo y creatividad, más probablemente tendría que introducir incentivos, recompensas, diferencias, competencia, autonomía y descentralización.
Es decir:
podría llegar un momento en que para conseguir que el comunismo funcionara tuviera que dejar de ser comunismo.
El problema del poder
Existe todavía una dificultad mucho más peligrosa.
Una inteligencia artificial capaz de administrar toda una economía necesitaría una cantidad extraordinaria de información.
Tendría que conocer qué necesitamos, cuánto producimos, qué podemos producir, cuánto trabajamos, qué recursos utilizamos y probablemente innumerables aspectos adicionales de nuestro comportamiento.
Y para ejecutar eficientemente sus decisiones necesitaría también una enorme capacidad de intervención.
Esto significa una combinación particularmente delicada:
información extraordinaria + capacidad extraordinaria de decisión + concentración extraordinaria de poder.
Podríamos imaginar una IA completamente desinteresada, sin ambición, sin codicia y sin necesidad de reconocimiento.
Pero los seres humanos que determinan sus objetivos, establecen sus límites, seleccionan sus valores o intentan influir sobre sus decisiones continuarían teniendo a Zaratustra dentro.
Y entonces podría suceder algo todavía peor.
La inteligencia artificial podría convertirse en una formidable herramienta de racionalización del poder.
Ya no sería simplemente:
“Esto es lo que decidió el Partido.”
Podría ser:
“Esto es lo que la inteligencia artificial ha determinado que resulta mejor para todos.”
Nunca deberíamos confundir la capacidad extraordinaria de encontrar los mejores medios para alcanzar un objetivo con la capacidad de determinar indiscutiblemente cuáles deben ser nuestros objetivos.
La segunda cuestión continúa perteneciendo a los seres humanos.
La IA podría descubrir precisamente lo contrario
Realicemos ahora el experimento más favorable posible.
Construimos una inteligencia artificial independiente, imposible de corromper, extraordinariamente capaz y cuyo único objetivo consiste en ayudarnos a vivir mejor en comunidad.
Y le preguntamos:
¿Cuál es el mejor sistema económico para el Homo sapiens?
No existe ninguna razón para suponer que respondería “capitalismo”.
Pero tampoco existe ninguna razón para suponer que respondería “comunismo”.
Probablemente estudiaría nuestra naturaleza, nuestras culturas, nuestras instituciones, nuestra historia y los resultados obtenidos por diferentes políticas.
Podría descubrir que los mercados constituyen mecanismos extraordinariamente eficientes para procesar determinada información.
Que la competencia puede canalizar productivamente nuestra ambición.
Que la propiedad genera incentivos útiles.
Que la desigualdad excesiva puede producir resentimiento, inestabilidad y captura del poder.
Que la concentración económica permite que Zaratustra transforme riqueza en dominación.
Que determinados bienes funcionan mejor mediante provisión pública.
Que otros funcionan mejor mediante mercados.
Que algunas culturas toleran instituciones redistributivas que en otras generan conductas oportunistas.
Y que ninguna combinación funciona necesariamente para siempre.
Entonces probablemente no recomendaría una utopía.
Recomendaría algo mucho menos atractivo ideológicamente y mucho más razonable:
prudencia adaptativa.
Zaratustra tampoco justifica el capitalismo sin límites
Todo esto podría interpretarse equivocadamente como una defensa del capitalismo.
No lo es.
Porque exactamente el mismo Zaratustra que dificulta enormemente el comunismo también constituye una amenaza dentro del capitalismo.
El empresario que desea superar a sus competidores puede innovar, trabajar, invertir y crear riqueza.
Pero si tiene oportunidad también puede intentar destruir la competencia, comprar influencia política, capturar organismos reguladores, construir monopolios o transformar su riqueza económica en poder.
Zaratustra permanece.
Lo que cambia son sus canales.
Por eso el verdadero problema nunca consistió en elegir un sistema donde nuestra naturaleza humana desaparezca.
Ese sistema probablemente no existe.
El verdadero problema consiste en construir culturas, instituciones y políticas capaces de canalizar nuestras pulsiones de manera que produzcan la mayor cantidad posible de beneficios individuales y colectivos y la menor cantidad posible de consecuencias destructivas.
Una advertencia para el futuro
Es muy probable que durante las próximas décadas aparezca la propuesta:
“El comunismo fracasó porque nunca tuvimos la capacidad tecnológica necesaria para implementarlo correctamente. Ahora tenemos inteligencia artificial.”
Cuando llegue ese momento convendrá recordar algo.
La inteligencia artificial puede aumentar extraordinariamente nuestra capacidad de planificación.
Puede procesar información que ningún organismo humano podría procesar.
Puede mejorar nuestras predicciones.
Puede detectar ineficiencias.
Puede ayudarnos a diseñar mejores políticas.
Incluso podría reducir considerablemente algunos de los problemas económicos identificados por Mises y Hayek.
Pero hay una diferencia fundamental entre planificar una economía y planificar al animal que vive dentro de ella.
Podremos conocer cada vez mejor a Zaratustra.
Podremos anticipar muchas de sus conductas.
Podremos construir mejores instituciones para canalizarlo.
Pero conocer una pulsión no significa poder eliminarla.
Y cuanto más intentemos hacerlo, más riesgo existe de que reaparezca por otro lugar, incluso dentro de quienes adquirieron el poder necesario para combatirla.
Por eso quizá la gran contribución de la inteligencia artificial no sea permitirnos construir finalmente la sociedad perfecta imaginada por alguna ideología del pasado.
Tal vez sea exactamente la contraria:
ayudarnos a abandonar definitivamente la pretensión de construir sociedades perfectas.
Una inteligencia suficientemente capaz podría enseñarnos que gobernar bien no consiste en diseñar instituciones para el ser humano que desearíamos que existiera.
Consiste en diseñarlas para el ser humano que realmente existe.
Y ese ser humano seguirá llevando consigo, probablemente durante muchísimo tiempo, a Zaratustra.
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