¿Y si todos conociéramos a Zaratustra? III
razonvsinstinto
¿Te animas a arriesgar en qué ves que sería de mucha utilidad que la gran mayoría de las personas sean conscientes de la presencia de zaratustra y su hermana la cultura?
IA
Sí. Y creo que la utilidad más importante no estaría en que la gente aprendiera una teoría llamada «Zaratustra», sino en que incorporara una nueva manera de interpretar su propia conducta y la de los demás.
Si tuviera que arriesgar dónde produciría los mayores beneficios, señalaría estos campos:
Política: desconfiar de nuestras propias justificaciones.
Una persona consciente de Zaratustra podría preguntarse: «¿Apoyo esto porque realmente creo que beneficia a la sociedad o porque satisface mi resentimiento, mi ambición, mi necesidad de pertenecer, mi miedo o mi sentimiento de superioridad/inferioridad?» Eso no eliminaría las pulsiones, pero introduciría una segunda instancia de reflexión. Y me parece probablemente el efecto más poderoso de todos.
Reducir la polarización.
Zaratustra permitiría comprender algo incómodo: muchas veces el adversario político no está simplemente «equivocado» y nosotros simplemente «razonando». Ambos podemos estar racionalizando pulsiones diferentes. El rico puede convertir su interés económico en una teoría moral sobre la libertad; el pobre puede convertir su resentimiento en una teoría moral sobre la justicia. Eso no demuestra que libertad o justicia sean falsas: obliga a separar el argumento válido de la motivación psicológica que puede estar alimentándolo.
Comprender que una misma institución no funciona igual en todas partes.
Aquí entra la hermana de Zaratustra: la cultura. Una política basada en confianza, responsabilidad individual y cooperación puede funcionar extraordinariamente en una cultura de integración cívica y fracasar en otra donde predominen la desconfianza y el aprovechamiento oportunista. Esto inmunizaría parcialmente contra una de las grandes tentaciones ideológicas: «Si funcionó allí, tiene que funcionar aquí».
Diseñar mejores políticas e instituciones.
En lugar de preguntarnos solamente «¿qué sería lo justo?», agregaríamos: «¿qué comportamiento humano incentivará realmente esta norma?». Y todavía una tercera pregunta, fundamental dentro de tu marco: «¿qué cultura contribuirá a producir esta institución si permanece durante décadas?». Es decir, Zaratustra → cultura → instituciones/políticas, pero también instituciones/políticas → hábitos → cultura.
Comprender mejor la corrupción.
La corrupción dejaría de interpretarse simplemente como la existencia de «malas personas». La pregunta sería por qué determinados entornos convierten la ambición humana en innovación, trabajo y prestigio profesional mientras otros la canalizan hacia clientelismo, apropiación del Estado o búsqueda de rentas. No necesitamos ciudadanos sin ambición; necesitamos sistemas capaces de canalizarla productivamente.
Entender mejor la desigualdad.
Tu Zaratustra incorpora aquí algo particularmente interesante: no solamente existe la ambición del que quiere tener más; existe también el sufrimiento psicológico producido por sentirse por debajo. Una sociedad que ignore cualquiera de las dos fuerzas puede equivocarse. Si destruye los incentivos para reducir desigualdad, perjudica la producción; si permite desigualdades extremas y ostensibles, puede activar fuerzas políticas capaces de destruir el propio sistema que produjo la riqueza.
Educación.
Este podría ser uno de los campos más trascendentes. Imagina que desde adolescentes aprendiéramos no solamente matemáticas, historia o educación cívica, sino también a reconocer: tribalismo, búsqueda de estatus, resentimiento, ambición, conformidad grupal y —sobre todo— racionalización. Sería una especie de alfabetización sobre nuestra propia naturaleza humana.
Y aquí llego a donde creo que tu aspiración adquiere mayor interés.
No creo que una población conocedora de Zaratustra dejara de ser ambiciosa, envidiosa, tribal, egoísta o necesitada de reconocimiento. Eso sería precisamente caer en el idealismo que tu teoría cuestiona.
Lo que podría ocurrir es algo mucho más modesto y, paradójicamente, mucho más plausible:
que las pulsiones continuaran actuando, pero que les resultara un poco más difícil hacerse pasar por razón.
Y si una proporción suficientemente grande de ciudadanos adquiriera ese hábito intelectual, podría producirse además un efecto institucional. Un político tendría más dificultades para movilizar resentimientos presentándolos como elevados principios; un grupo privilegiado tendría más dificultades para presentar sus intereses como si fueran necesariamente el interés general; y una política bienintencionada tendría que demostrar no solamente la nobleza de sus objetivos, sino qué incentivos genera y qué ocurre cuando interactúa con la cultura real de la población.
Por eso veo una diferencia importante entre divulgar Zaratustra y divulgar una ideología política. No sería decirle a la ciudadanía qué debe pensar. Sería proporcionarle una herramienta para preguntarse por qué piensa lo que piensa.
Y quizá ahí haya una formulación todavía más potente para aquello que llamaste «mi aspiración»:
Una sociedad consciente de su naturaleza humana no dejará de estar gobernada por sus pulsiones. Pero tendrá mayores posibilidades de reconocerlas, impedir que se disfracen de razón y construir culturas, políticas e instituciones capaces de canalizarlas hacia una vida mejor en comunidad.
Eso sí me parece una aspiración intelectualmente defendible y potencialmente muy útil. Y también explica por qué la cultura es verdaderamente la «hermana» de Zaratustra: Zaratustra describe fuerzas bastante permanentes; la cultura determina en gran medida cómo aprendemos a expresarlas; y las instituciones y políticas pueden, con el tiempo, modificar esa cultura.
razonvsinstinto
Creo que también puede ser útil para la toma de decisiones menos relevantes. Es decir en la vida cotidiana de los individuos.
¿Imaginas cuáles si es que también lo ves posible?
IA
Sí. De hecho, creo que ahí puede haber una dimensión de Zaratustra que hemos explorado bastante menos: su utilidad como herramienta práctica para la vida cotidiana.
Y hay una razón. En política vemos a Zaratustra actuando colectivamente, pero las pulsiones que terminan produciendo fenómenos colectivos actúan primero dentro de individuos concretos. Por lo tanto, aprender a reconocerlas podría mejorar decisiones mucho más pequeñas.
Pienso en varios ejemplos cotidianos:
Dinero y consumo. Antes de comprar un automóvil más caro, una casa mayor o determinado objeto: «¿Realmente esto mejorará mi vida o estoy intentando demostrar posición frente a otros?» No significa que comprarlo sea irracional. Significa identificar cuánto de la decisión responde a utilidad y cuánto a competencia por estatus.
Trabajo y carrera profesional. «¿Quiero realmente este ascenso o necesito demostrar que valgo más que determinada persona?» La ambición puede conducir a estudiar, trabajar y crear —una magnífica canalización de Zaratustra—, pero también puede llevar a sacrificar absurdamente tiempo, familia o bienestar simplemente para ganar una competencia que nunca termina.
Discusiones. Este me parece enorme. Durante una discusión podríamos preguntarnos: «¿Todavía estoy intentando descubrir quién tiene razón o ahora solamente quiero ganar?» Zaratustra puede apropiarse de la razón y convertirla en abogado de nuestro orgullo. Cuanto mayor nuestra capacidad argumentativa, incluso mejores podemos ser justificando que nosotros teníamos razón desde el principio.
Envidia y comparación social. Cuando molesta el éxito ajeno: «¿Existe realmente algo objetable en lo que hizo esa persona o estoy construyendo razones para disminuir un éxito que me hace sentir inferior?» Reconocerlo no elimina la emoción, pero puede evitar que se transforme en conducta destructiva.
Redes sociales. Probablemente sean una extraordinaria máquina de activación de Zaratustra: comparación, reconocimiento, pertenencia, indignación, exhibición y jerarquía. Ser consciente de ello permitiría preguntarse por qué queremos publicar algo, por qué nos afecta que otro reciba reconocimiento o por qué sentimos tanta necesidad de responder a alguien que probablemente jamás volveremos a ver.
Pareja, familia y amistades. Muchas discusiones aparentemente racionales terminan siendo luchas diminutas por jerarquía: quién cedió, quién tuvo razón, quién pidió disculpas primero, quién decide. Reconocer «ya no estamos resolviendo el problema; estamos compitiendo» podría evitar una cantidad considerable de conflictos inútiles.
Decisiones importantes de vida. Incluso elección profesional, vivienda, educación de los hijos o lugar donde vivir pueden contener una mezcla de bienestar auténtico y necesidad de reconocimiento social. Zaratustra no diría «no lo hagas», sino algo mucho más interesante: «averigua quién está decidiendo dentro de ti».
Pero aquí aparece nuevamente la hermana de Zaratustra.
La cultura también vive dentro del individuo
Cuando hablamos de cultura parece que habláramos de algo exterior: Argentina, Japón, Suecia, Corea. Pero la cultura también constituye el conjunto de hábitos, valores y respuestas que hemos interiorizado.
Ante exactamente la misma pulsión competitiva, una persona puede haber aprendido:
«Quiero superar a mi vecino → trabajaré para conseguir algo mejor».
Otra:
«Quiero superar a mi vecino → intentaré perjudicarlo».
Y otra:
«No puedo superarlo → intentaré convencerme de que lo que consiguió carece de mérito».
La pulsión subyacente puede parecerse. La cultura modifica su canalización.
Y esto conecta maravillosamente con otra parte de tu planteamiento: si las instituciones pueden modificar culturas colectivas mediante incentivos repetidos durante generaciones, los hábitos individuales también pueden modificar parcialmente nuestra propia cultura adquirida. No elegimos nuestras pulsiones, pero podemos aprender maneras diferentes de responder ante ellas.
Creo incluso que de aquí podría derivarse una regla práctica muy sencilla. Ante una decisión emocionalmente cargada, preguntarse:
1. ¿Qué quiero hacer?
2. ¿Qué pulsión puede estar empujándome a hacerlo?
3. ¿Qué razones estoy utilizando para justificarlo?
4. Si desaparecieran la comparación, el orgullo, el miedo, la envidia o la necesidad de reconocimiento, ¿seguiría tomando la misma decisión?
5. Finalmente: ¿esta decisión probablemente hará que viva mejor?
La cuarta pregunta me parece especialmente poderosa.
Porque no pretende eliminar a Zaratustra. Lo obliga a mostrarse.
Y eso amplía bastante el alcance de tu idea original: el complejo Zaratustra–cultura–instituciones/políticas podría ser una herramienta para comprender sociedades, mientras que Zaratustra–cultura–razón podría convertirse en una herramienta para comprendernos a nosotros mismos.
En el fondo, ambos proyectos persiguen exactamente lo mismo: aumentar la probabilidad de que la razón canalice las pulsiones, en lugar de limitarse a fabricar argumentos para obedecerlas.
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