¿Trabajo duro y sacrificio o menos trabajo y más seguridad social?

Transcribo esta nota publicada por un invitado en un conocido y brillante blogs para compartir mi comentario que creo interesante leerlo.
En la columna se intenta advertir a la sociedad sobre la evidente pérdida de ciertos valores que sin duda han hecho exitosas a las naciones que más han disfrutado de ellos.
Valores como el sacrificio responsable y el trabajo duro.
Pero ¿No es hora de pensar en dar un paso adelante en la travesía que teóricamente implica mejorar, progresar, a la humanidad, si es que hay progreso alguno?
¿Debe seguir siendo el ideal humano el sacrificio y trabajo duro con responsabilidad e insistencia?
¿Cuánto más trabajamos, tanto mejores somos?
Veamos:

21 September 2017 

Nuestros hijos, esos postcomunistas

COLUMNISTAS INVITADOS
Por Héctor Ñaupari[1]
Dedicado a una madre atribulada y apenada.

De todos los terribles males con que este deslavado siglo XXI amenaza a la siempre frágil libertad –desde los comunismos realmente existentes, sus asesinatos y sus macabras bombas, el totalitarismo religioso, el marxismo cultural imperante en colegios y universidades, el correctismo político y su modelo socio político de intervencionismo y bienestar impagables, hasta ciertos distraídos liberales apoyando a las izquierdas y su nueva coartada de género– con uno solo dormimos al lado: nuestros hijos.

Me explico, antes que se aterren: nuestro desmedido amor expresado materialmente los está malogrando. Sobrecompensar ausencias laborales, distancias o divorcios mal llevados echando mano de cuanto capricho desean estos proyectos de emperadores o podemos adquirir para los prospectos de princesas así nos endeudemos hasta la náusea, los vuelve seres con libertad pero sin responsabilidad, creyentes en merecerlo todo sin mayor trámite que extender la mano o pronunciar una palabra, sin proyectos, emprendimientos o sueños, sin gusto por el esfuerzo continuo ni por el trabajo duro y constante, que se aburren de todo y de todos –empezando por sus padres, sus familias y sus cada vez más eventuales estudios o empleos, en los que duran apenas horas o, cuando mucho, días– con la misma velocidad con que dan like o twittean en sus redes.

Ya van dos generaciones, la que frisa los treinta y, en particular, la que se encuentra en sus veinte, que marcha feliz por ese abismo sin fondo que es la eterna adolescencia. ¿Cuál es el peligro? En la historia moderna del mundo un movimiento de jóvenes proclamó la libertad sin responsabilidad: los comunistas. Pretendieron imponer una sociedad feliz empapada con la sangre de cien millones de personas, y que hasta hoy sigue matando o amenazando, como en Corea del Norte, con la extinción de toda la humanidad. Pero si antes los animaba la convicción revolucionaria, ahora es la anomia y la desidia ante la vida, sus dificultades y desafíos. En el pasado, más que los pequeños grupos de radicales, fue la abulia de occidente, ese creer que el progreso era mágico y para siempre el verdadero caldo de cultivo de los socialismos, fascismos y comunismos que tanto daño hicieron. Así, lo que desde la centenaria revolución de octubre hasta la casi treintañera caída del Muro de Berlín se vivió como tragedia, hoy la banalidad del mal y ante el mal que describió con maestría Hannah Arendt se repite como farsa con estos postcomunistas que son nuestros hijos.

¿Por qué? Tan solo imaginen cuando el tiempo, sempiterno enemigo, también los alcance y deban tomar decisiones verdaderamente arduas quienes nacieron y vivieron entre la dejación y la apatía, que nunca han adquirido el gozo por responder asertivamente al reto, por vencer los obstáculos, no poseen el apetito por la eficiencia y el trabajo bien hecho ni por ese ser dueños de sus propios destinos que ofrece la libertad con responsabilidad. Cederán propiedades, haciendas, derechos y libertades, las suyas, padres, las de ellos y las de todos, a quien siga llevándoles la comida a la boca, sin importar que sea un integrista islámico, un maoísta de caricatura o un marxista cultural. Estos púberes a cadena perpetua desharán cada logro de la civilización occidental y nos devolverán a la edad de piedra pues de lo que verdaderamente adolecen es del complejo de Fourier que genialmente explicara el economista del siglo XX, Ludwig von Mises, patología psicológica que niega las vicisitudes y sinsabores de la vida apelando al autoengaño socialista de progresar con sólo desearlo, reemplazando a los exitosos y esforzados por aquellos que todo lo merecen, y cuando ya estemos todos desbarrancados, se convencerán que su miseria es mejor porque quienes sí trabajaron duramente están peor que ellos. Total, no les costó nada lo que tienen, no lo llorarán cuando lo pierdan.

¿Qué hacer? Sonará duro, pero la experiencia es, junto al fracaso, la más severa maestra. Sus hijos tienen que hacerse responsables de sí mismos. Como Goethe escribiera en Fausto, “la libertad, como la vida, sólo se merece si se está obligado a conquistarla a diario”. Entonces, que las merezcan, viviendo por sus propios medios y trabajos. Enséñenles la emulación creadora: no envidiar al exitoso por su diligencia, sino seguir su camino. Dótenlos de sueños, de proezas superiores a sus propias fuerzas, del heroísmo extraordinario de los emprendedores. Educarlos en la libertad, la responsabilidad, la tenacidad y la perseverancia es más valioso que regalarles el celular de alta gama o la ropa de marca. Por último, si los mayores no tienen remedio, empiecen desde ahora con los más pequeños. Salven al menos a uno, así estén divorciados y odiándose a muerte, padres, pues como reza el Talmud, “quien salva una vida, salva al Universo entero”. Y si, egoístas al fin, no lo hacen por sus descendientes, a fe mía, ayúdense ustedes mismos, pues demasiado tarde caerán en la cuenta que al darles todo a sus hijos e hijas, sin merecerlo, serán los huesos con que sus vástagos se afilarán los dientes. No olviden esta advertencia final. Aún están a tiempo.

Santiago de Surco, 20 de septiembre de 2017.

[1] Poeta, ensayista y abogado peruano. Presidente del Instituto de Estudios de la Acción Humana (www.ieah.org). Ex Presidente de la Red Liberal de América Latina (www.relial.org). Autor de Liberalismo es libertad, La hoguera desencadenada, Sentido liberal y Libertad para todos, entre otras publicaciones. 

razonvsinstinto

22 September 2017

Si de algo estoy seguro en mi vida es de que soy, definitivamente, anticomunista.
Ahora bien ¿Es digno del uso de la razón en el siglo XXI tener como paradigma de modo de vida ideal a aquel basado en el esfuerzo y trabajo duro e inagotable?
La verdad es que en la era de la robótica y los increíbles desarrollos tecnológicos en automatización en la producción de bienes, seguir con la teoría de que los seres humanos debemos esforzarnos día a día, sacrificarnos para obtener los medios de subsistencia y todo el relato que lo acompaña, es por lo menos como para un análisis, serio obviamente, sobre su obligatoriedad y veracidad.
Automatización que con absoluta seguridad se irá incrementando exponencialmente en los próximos pocos años.
¿Dónde está el progreso entonces después de 4.000 años de civilización?
¿En más esfuerzos y más sacrificios?
¿Acaso es el ideal de la humanidad trabajar 8 y hasta 12 horas por día asumiendo riesgos crediticios, laborales, estrés de por medio más un largo etcétera que implica hoy en día asegurar con cierto margen, no demasiado, nuestras necesidades vitales?
¿No es tiempo de al menos programar para el futuro algo mejor, más inteligente, más humano y más lejos de lo que una laboriosa hormiga pueda aspirar?
Si bien no me canso de insistir en la inevitabilidad del capitalismo como nuestro sistema económico más eficiente, incluso más importante aún, el único viable dado la fortaleza de nuestras pulsiones o instintos que hacen imposible cualquier opción que no los tengan en cuenta en cuanto sistema se programe, también es absolutamente cierto que cuánta más dependencia de nuestras pulsiones de competencia, de superarnos unos a otros, para organizarnos eficientemente política y económicamente, más cerca del primitivismo nos hallaremos.
Obviamente, al revés, cuanto mayor es la influencia y presencia de la razón libre de las presiones de nuestros instintos a las que inevitablemente nos vemos sometidos día a día en nuestra organización social, sin duda y evidentemente más humanidad y verdadero progreso hallaremos.
En definitiva, estaremos encaminandonos más hacia el verdadero progresismo (aclarando que es ésta una definición absolutamente personal).
Qué es más razonable ¿Trabajar la menor cantidad de horas posibles para obtener los medios de subsistencia y seguridad social o trabajar duro e insistentemente asumiendo individualmente los riesgos de salud, retiro laboral, etc?
Debo admitir que para mí, aún hoy sigue siendo la mejor opción para la mejor vida humana posible darle la mayor responsabilidad posible a nuestros instintos vía incentivos a la ambición, codicia cuando no, para que la competencia sin cuartel a la que este primitivo mecanismo nos conduce se traduzca en más producción, más bienes, más servicios (útiles como los avances en salud o destructivos como las energías contaminantes y las armas de destrucción masiva) en definitiva, más y fuerte capitalismo.
EEUU es el ejemplo que da fé de ello.
Pero ¿No es hora de al menos ir planificando una opción a este sistema?
Europa desarrollada es evidente que entendió este mensaje hace tiempo y viene haciendo todo el esfuerzo posible para dar a la razón pura (al verdadero progresismo) cuánto lugar encuentre a través de los enormes beneficios sociales que otorga a su ciudadanía.
Obviamente, sin descuidar la competitividad que exige el capitalismo (definitivamente no son suicidas como los comunistas)
A cambio de una elevada presión fiscal ofrece a sus emprendedores una organización social lo suficientemente elevada como para que programen sus beneficios a 50 años o más (algo que dónde no hay atisbos de progreso real no pueden ofrecer, es decir compiten en competitividad a través de sus ventajas para organizarse con la mayor eficiencia posible)
Y debo ser honesto, tal vez algún día el instinto sea totalmente controlable y se pueda al fin prescindir del capitalismo, pero si de algo estoy seguro es que probablemente nunca va a llegar ese día y si llega no será en este siglo.
¿Y EEUU?
¿Debe seguir el camino de Europa?
¿O debe seguir apostando al instinto, al individualismo económico, al liberalismo en su mayor expresión posible?
Apuesta segura ésta última ya que cuando a la ambición y la codicia se le ofrece seguridad jurídica, orden, organización y eficiencia, hace maravillas.
¿Pero, insistir en este viejo y eficiente método aunque poco nos diferencie de una eficiente y laboriosa hormiga?
Si incluimos en el análisis a China y el sudeste asiático que compite con los instintos a toda máquina ofreciendo a los codiciosos ganancias fabulosas a cambio de salarios e impuestos miserables, diría que aún no es el mejor momento para pensar en dar un paso más en el progreso humano real, pero al menos tengamos en cuenta esta temática.
No puede seguir siendo el ideal humano el sacrificio y trabajo duro.
De a poco, paso a paso y con seguridad, pero progresemos.
Y no me voy a olvidar jamás de mencionar lo siguiente; latinoamericanos, por favor, abstenerse de intentar algo así hasta que no logren hacer funcionar con una mínima eficiencia las instituciones.
Aún están (estamos en realidad) a décadas de pensar en algo como esto.
Todavía dependemos de nuestros instintos para mantener cierto orden económico y político.
Es más, cuánto más influencia del instinto, mucho mejor es.
Es decir cuánto más liberalismo económico podamos utilizar, en nuestra etapa de desarrollo cultural, tanto mejor será.
Europa parece decidida a aspirar a dar un paso más y parece estar en condiciones de lograrlo.
¿Y EEUU?

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