China no es Japón


China: ¿puede realmente japonizarse?

Cuando el crecimiento depende de algo que el Estado no puede emitir: confianza

China enfrenta problemas económicos conocidos: deuda pública y privada extraordinariamente elevada, crisis inmobiliaria, gobiernos locales endeudados, consumo insuficiente, sobrecapacidad industrial, presiones deflacionarias, envejecimiento y dificultades crecientes para mantener las tasas de crecimiento del pasado.
Por estas semejanzas, muchos análisis encuentran un precedente evidente:
Japón.
Japón también sufrió el estallido de una gigantesca burbuja inmobiliaria y financiera. También acumuló enormes deudas, sufrió deflación, envejecimiento y décadas de crecimiento mediocre.
Y consiguió administrar todo aquello sin una crisis monetaria, financiera o social descontrolada.
China dispone además de herramientas formidables: controla buena parte del sistema bancario, puede orientar el crédito, posee empresas estatales, restringe los movimientos de capital y concentra un poder político extraordinario.
La "japonización" parece entonces una posibilidad razonable.
Pero existe una pregunta que quizá estemos subestimando:
¿alcanza con enfrentar problemas económicos semejantes y utilizar políticas semejantes para obtener resultados semejantes si quienes responden a ellas pertenecen a culturas diferentes?
Porque Japón pudo japonizarse por una razón elemental:
era Japón.

Cuando producir era la mejor opción

Durante cuatro décadas China consiguió algo extraordinario.
Enormes cantidades de ahorro y crédito terminaron convertidas en fábricas, viviendas, carreteras, puertos, ferrocarriles, automóviles, baterías y paneles solares.
El mecanismo funcionaba aproximadamente así:
crédito → inversión → producción → empleo → crecimiento → confianza → nueva inversión.
Pero entre el crédito y la producción había algo fundamental:
un ser humano tomando una decisión.
El empresario chino utilizaba el dinero barato para construir una fábrica porque hacerlo era extraordinariamente rentable.
No necesitaba ser altruista.
Su ambición personal coincidía con las necesidades económicas del país.
En los términos utilizados otras veces en este blog, Zaratustra estaba perfectamente canalizado.
Enriquecerse significaba producir.
Y producir enriquecía simultáneamente a China.
Pero las condiciones están cambiando.
El inmobiliario ya mostró el límite: llega un momento en que construir otra vivienda deja de tener sentido porque falta alguien dispuesto a comprarla al precio necesario.
Ahora aparecen síntomas semejantes en determinados sectores industriales.
El automóvil es paradigmático. China construyó una industria extraordinariamente competitiva, pero una enorme cantidad de fabricantes disputa mediante guerras de precios una demanda doméstica debilitada mientras intenta colocar crecientes cantidades de producción en el exterior.
El problema dejó de ser:
¿podemos producirlo?
Y comienza a ser:
¿podemos venderlo rentablemente?

Cuando el dinero barato deja de encontrar fábricas

El Estado puede ofrecer crédito.
Puede reducir intereses.
Puede subsidiar.
Puede refinanciar deudas.
Pero no puede crear administrativamente una inversión rentable.
Cuando producir deja de ofrecer márgenes suficientes, la ambición humana no desaparece.
Busca otro camino.
El empresario puede preferir no endeudarse. El ahorrista puede comprar oro. El propietario puede intentar adquirir activos extranjeros. Otros pueden buscar especulación, privilegios políticos o rentas estatales.
La misma ambición que ayer construía una fábrica puede mañana intentar proteger patrimonio.
No porque haya cambiado la naturaleza humana.
Porque cambiaron los incentivos.
Argentina conoce perfectamente este mecanismo.
Durante décadas, el argentino aprendió que ante determinadas políticas expansivas debía protegerse de la pérdida de valor de la moneda.
Compra dólares.
Adelanta consumo.
Busca propiedades.
Saca capital cuando puede.
Cada decisión puede ser racional individualmente y simultáneamente contribuir a producir inflación, devaluación y fuga de capitales.
China consiguió durante décadas el aprendizaje contrario:
invertir funcionaba. Producir funcionaba. Exportar funcionaba.
Por eso quizá el verdadero mecanismo chino nunca haya sido simplemente el crédito barato.
Fue:
crédito barato + rentabilidad productiva + confianza en que el sistema continuaría funcionando.

Pero ¿qué clase de confianza?

Aquí aparece el verdadero problema.
Un ciudadano chino de cincuenta años ha observado durante prácticamente toda su vida adulta cómo su país se enriquecía.
Cuando aparecía un problema, Pekín finalmente encontraba alguna solución.
Eso construyó una enorme reserva de confianza.
Pero podríamos llamarla:
confianza por resultados.
Existe otra clase:
confianza cívico-institucional.
Es la que permite que un empresario acepte una rentabilidad pequeña porque confía en que las reglas serán previsibles.
La que permite que un ciudadano pague impuestos porque espera que los demás también los paguen.
La que permite mantener ahorros dentro del sistema pese a rendimientos mínimos.
La que permite aceptar una pérdida porque se confía en que los demás también absorberán su parte.
Y ambas confianzas no son necesariamente equivalentes.

Japón no sólo tuvo políticas japonesas

Después del estallido de su burbuja, Japón soportó durante décadas crecimiento mínimo, deuda gigantesca, rentabilidades bajas, deflación y pérdidas patrimoniales.
Pero no apareció una fuga colectiva del yen, una dolarización espontánea ni una ruptura generalizada de la confianza.
Naturalmente, existen numerosas explicaciones económicas e institucionales.
Pero sería extraño considerar irrelevante la cultura japonesa.
Una sociedad de elevada integración cívica y fuerte cumplimiento de normas puede soportar mejor algo particularmente difícil:
distribuir pérdidas.
El empresario acepta márgenes modestos.
El ahorrista acepta rendimientos pequeños.
El ciudadano continúa dentro del sistema.
No porque el japonés carezca de interés propio.
Zaratustra también existe en Japón.
Pero existe una expectativa suficientemente elevada de que los demás respetarán aproximadamente las mismas reglas.
Y eso modifica profundamente la decisión individual.

La verdadera prueba cultural china comienza ahora

Durante el crecimiento acelerado China quizá no necesitó demostrar que poseía esa clase de confianza.
Mientras todos ganaban, cooperar también convenía individualmente.
El empresario se enriquecía.
El trabajador mejoraba.
La vivienda aumentaba de valor.
El gobierno local conseguía recursos.
El banco prestaba.
No hace falta demasiada solidaridad para distribuir ganancias.
La prueba comienza cuando hay que distribuir pérdidas.
Algunas fábricas deberán cerrar.
Algunos créditos deberán reconocerse como incobrables.
Algunos gobiernos locales deberán gastar menos.
Algunos empresarios deberán aceptar menores beneficios.
Y los ciudadanos probablemente deberán contribuir más para financiar mejores jubilaciones, sanidad y protección social, necesarias precisamente para que las familias ahorren menos y consuman más.
Entonces aparece una pregunta completamente diferente:

¿Qué sucede cuando proteger el sistema y proteger mi propio interés dejan de ser exactamente la misma cosa?

Ahí comienza a importar extraordinariamente la cultura.

Para que yo contribuya debo confiar en que usted también lo hará

Éste puede ser uno de los grandes obstáculos chinos.
Para aumentar el consumo, China necesita reducir el ahorro precautorio de sus familias.
Eso requiere más seguridad frente a enfermedad, desempleo y vejez.
Y alguien debe financiarla.
Pero para aceptar salarios más elevados, mayores contribuciones o impuestos, empresarios y ciudadanos necesitan confiar en que:
los demás también contribuirán, las reglas serán iguales para todos y los recursos serán razonablemente administrados.
El historial chino de corrupción, relaciones político-empresariales, privilegios y utilización de conexiones personales no permite simplemente presuponer esa confianza.
China posee una formidable solidaridad familiar.
Pero solidaridad familiar no significa necesariamente confianza generalizada.
Ante una amenaza, proteger a la familia puede significar precisamente:
ahorrar más, comprar oro, evitar riesgos y buscar activos fuera del sistema.
La motivación permanece idéntica.
Lo que cambia es la conducta que esa motivación produce.

China puede copiar las políticas japonesas, no a los japoneses

Ésta es la razón por la que deberíamos ser prudentes con la palabra "japonización".
China puede recapitalizar bancos.
Puede refinanciar deudas.
Puede mantener intereses bajos.
Puede sostener empresas.
Puede utilizar ahorro doméstico.
Puede controlar movimientos de capital.
Pero no puede decretar cómo responderán cientos de millones de personas a décadas de crecimiento bajo, pérdidas patrimoniales y rentabilidades decrecientes.
Si mantienen sus ahorros dentro del sistema, aceptan bajos rendimientos y permiten distribuir ordenadamente las pérdidas, la comparación japonesa puede resultar acertada.
Pero si aumenta la búsqueda de oro y activos extranjeros, disminuye la inversión productiva, crece la captura política del crédito y los ciudadanos intentan protegerse individualmente antes que cooperar colectivamente, el resultado puede ser completamente diferente.
No necesariamente un colapso.
Pero tampoco Japón.
Y la diferencia importa mucho más que en 1990.
China es hoy uno de los mayores compradores de materias primas, el principal centro manufacturero mundial, un gigantesco exportador y una pieza central de innumerables cadenas productivas.
Una desaceleración china ordenada afectaría al mundo.
Una crisis de confianza china sería algo completamente diferente.

La incógnita

Quizá quienes pronostican la japonización de China estén en lo correcto.
Pero existe una suposición escondida detrás de esa predicción.
Observamos variables económicas semejantes y suponemos comportamientos humanos semejantes.
Y eso no necesariamente funciona así.
La confianza que sostuvo durante cuarenta años el milagro chino estuvo respaldada por una evidencia formidable:
el sistema daba resultados.
Ahora puede comenzar una etapa en la que cooperar exija aceptar pérdidas.
Y ahí descubriremos qué había debajo de aquella confianza.
Porque la verdadera prueba de una cultura no aparece cuando cooperar beneficia inmediatamente a todos. Aparece cuando cooperar exige aceptar personalmente una parte del sacrificio.
China puede copiar muchas de las políticas con las que Japón administró su crisis.
Lo que no puede copiar por decreto es la cultura con la que los japoneses respondieron a ellas.
Y si esa diferencia resulta tan importante como sospecho, de japonés el futuro económico chino podría tener bastante menos de lo que hoy imaginamos.

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