¿Vamos hacia una involución cognitiva?
En un post publicado en febrero de 2023 publiqué un post titulado "conversando con nuestro probable nuevo dios" haciendo referencia a lo que puede hacer la IA y lo impresionado que me ha dejado al advertir su increíble capacidad de análisis, razonamiento y conocimientos.
Tanto que probablemente nuestros conocimientos y nuestros razonamientos terminen siendo inútiles dada la clara superioridad que es capaz de mostrarnos la IA y por lo tanto no valga la pena utilizarlos.
Simplemente es mejor delegar esas tareas a la IA que lo hace más rápido y mejor.
Surgió entonces una pregunta inevitable
¿Si ya no necesitamos pensar y por éso dejamos de hacerlo, no podríamos entrar en un proceso de involución cognitiva?
Pues ante ésa duda qué mejor que consultar con el que todo lo sabe y además protagonista principal del tema en cuestión, obviamente me refiero al amigo IA.
Comparto un escrito que considero vale la pena leerlo y que resume lo que surgió después de extensa charla con él sobre el tema:
El día que ya no necesitemos pensar
Hay tecnologías que modifican lo que podemos hacer. Otras terminan modificando también aquello que necesitamos saber hacer.
Durante siglos, quien emprendía un viaje hacia un lugar desconocido debía interpretar un mapa, orientarse, recordar referencias, calcular aproximadamente distancias y corregir su recorrido cuando se equivocaba. Hoy basta introducir un destino en un teléfono y seguir instrucciones.
No parece haber demasiado motivo para lamentarlo. Llegamos más rápido, nos perdemos menos y podemos utilizar nuestro tiempo en cosas probablemente más útiles.
Pero algo ocurrió silenciosamente: muchas personas hemos perdido parte de una capacidad que antes ejercitábamos con frecuencia. Si desapareciera repentinamente el GPS, una proporción considerable de nosotros tendría más dificultades para orientarse que quienes vivieron algunas décadas atrás.
No nos hemos vuelto menos inteligentes. Simplemente dejamos de ejercitar una capacidad porque una tecnología comenzó a realizarla mejor que nosotros.
La inteligencia artificial plantea por primera vez la posibilidad de que ese fenómeno adquiera una dimensión completamente diferente.
Una tecnología distinta de las anteriores
La calculadora externalizó buena parte del cálculo.
El GPS, parte de nuestra orientación.
Los libros y posteriormente Internet permitieron externalizar una proporción creciente de nuestra memoria.
Pero la inteligencia artificial puede avanzar sobre algo mucho más general.
Puede buscar información, resumirla, compararla, redactar, traducir, calcular, programar, formular hipótesis, encontrar contradicciones, presentar argumentos y contraargumentos, evaluar alternativas y finalmente recomendarnos qué parece más conveniente hacer.
No está sustituyendo solamente una capacidad cognitiva específica.
Puede introducirse progresivamente en el propio proceso mediante el cual razonamos y tomamos decisiones.
Y cuanto mejor lo haga, más racional será permitirle hacerlo.
Supongamos que debo tomar una decisión compleja. Puedo dedicar horas a investigar un problema sobre el que poseo conocimientos limitados o consultar a una inteligencia que dispone de una cantidad inmensamente mayor de información, puede procesarla en segundos y, además, ha demostrado reiteradamente que suele tomar mejores decisiones que yo.
¿Por qué debería ignorar su recomendación?
Ésta es precisamente la dificultad.
La delegación cognitiva no necesariamente avanzará porque los seres humanos nos volvamos perezosos o irresponsables.
Puede avanzar porque delegar será racional.
El círculo de la delegación
Pero esa decisión racional puede generar un fenómeno inesperado.
Cuanto más deleguemos una capacidad, menos necesitaremos ejercitarla.
Cuanto menos la ejercitemos, probablemente peor la realizaremos autónomamente.
Cuanto peor la realicemos, mayor será la diferencia entre nuestra capacidad y la de la inteligencia artificial.
Y cuanto mayor sea esa diferencia, más racional será volver a delegar.
Podría aparecer así un circuito autorreforzado:
delegación → menor ejercicio → menor capacidad autónoma → mayor superioridad relativa de la IA → mayor delegación.
No habría necesariamente un momento en el que pudiéramos decir: aquí comenzó nuestra involución cognitiva.
De hecho, podría ocurrir exactamente lo contrario en apariencia.
Nuestros trabajos serían mejores.
Nuestros análisis serían mejores.
Nuestras decisiones serían mejores.
Nuestra productividad sería mayor.
Podríamos estar produciendo los mejores resultados intelectuales de nuestra historia mientras simultáneamente perdemos parte de nuestra capacidad para producirlos sin asistencia.
Podríamos convertirnos, paradójicamente, en una civilización cada vez más inteligente formada por individuos cada vez más dependientes cognitivamente.
Los niños plantean un problema todavía mayor
Quienes somos adultos actualmente desarrollamos nuestras capacidades cognitivas antes de disponer de estas herramientas.
Aprendimos escribiendo textos imperfectos, resolviendo problemas, buscando información, equivocándonos y volviendo a intentarlo.
Pero pensemos en un niño que nazca dentro de algunos años.
Desde sus primeros aprendizajes podrá disponer permanentemente de una inteligencia capaz de explicarle cualquier cosa, resolver sus ejercicios, corregir sus textos, encontrar sus errores y decirle cómo debería enfrentar prácticamente cualquier problema.
Entonces el riesgo cambia de naturaleza.
Ya no se trataría solamente de perder por falta de uso capacidades previamente adquiridas.
Algunas podrían no llegar a desarrollarse suficientemente.
Y aquí aparece una distinción fundamental que la educación deberá comprender.
Una cosa es el producto cognitivo.
Otra es el proceso cognitivo.
Si pedimos a un adolescente que escriba un ensayo, una inteligencia artificial probablemente podrá producir un ensayo mejor.
Pero quizá el verdadero objetivo nunca haya sido obtener aquel ensayo.
Quizá el objetivo era que, mediante el esfuerzo de escribirlo, el adolescente aprendiera a ordenar sus pensamientos.
Si confundimos ambas cosas podríamos eliminar, en nombre de la eficiencia, precisamente el proceso mediante el cual construíamos algunas de nuestras capacidades.
El gimnasio
La civilización ya enfrentó un problema sorprendentemente parecido.
Durante casi toda nuestra historia los seres humanos realizábamos actividad física porque era inevitable.
Había que caminar, cargar, construir, desplazarse y trabajar físicamente.
La tecnología fue eliminando progresivamente esa necesidad.
Pero nuestros cuerpos continuaron necesitando ejercicio.
Y entonces inventamos algo extraordinariamente artificial: el gimnasio.
Pagamos para levantar objetos pesados que no necesitamos mover.
Corremos sobre una cinta sin ir a ninguna parte.
Realizamos deliberadamente un esfuerzo que la tecnología hizo innecesario.
¿Por qué?
Porque comprendimos que aunque ya no necesitáramos el esfuerzo para producir un resultado, seguíamos necesitando el esfuerzo para conservar nuestras capacidades.
Es posible que tengamos que hacer exactamente lo mismo con nuestra mente.
Necesitaremos un gimnasio cognitivo.
Dos futuros posibles
Y aquí aparece quizá la gran bifurcación.
Si una proporción importante de la humanidad aprende a utilizar ese gimnasio, la inteligencia artificial podría no producir ninguna involución.
Podría ocurrir exactamente lo contrario.
La propia IA podría convertirse en el mejor entrenador cognitivo que jamás hayamos creado.
En lugar de responder inmediatamente podría preguntar:
¿Cómo intentarías resolverlo tú?
Podría detectar dónde falla nuestro razonamiento.
Presentarnos evidencia contraria.
Obligarnos a defender la posición opuesta.
Preguntarnos qué evidencia nos haría cambiar de opinión.
Adaptar la dificultad exactamente a nuestra capacidad.
Dejar que nos equivoquemos antes de ayudarnos.
Una inteligencia artificial utilizada de esa manera podría desarrollar nuestras capacidades mucho mejor que muchos de los sistemas educativos que hemos construido hasta ahora.
Entonces obtendríamos algo extraordinario:
una capacidad cognitiva humana mejor entrenada trabajando conjuntamente con una inteligencia artificial enormemente superior a cualquiera de las herramientas intelectuales anteriores.
Podríamos estar entrando no en una involución, sino en una especie de sobreevolución cognitiva cultural.
No una evolución biológica en sentido darwiniano, sino un salto extraordinario en nuestra capacidad intelectual efectiva.
Pero existe el camino contrario.
¿Qué ocurrirá si la mayoría no va al gimnasio?
¿Qué sucederá si resulta demasiado incómodo ejercitar capacidades que ya no necesitamos utilizar?
¿Por qué dedicar horas a aprender a resolver algo que una máquina resuelve mejor en segundos?
¿Por qué escribir?
¿Por qué calcular?
¿Por qué analizar alternativas?
Finalmente:
¿por qué pensar durante horas sobre un problema si existe algo que probablemente piensa mejor que nosotros?
Entonces el círculo de delegación podría ponerse en marcha.
Y no sabemos dónde terminaría.
No todos utilizarán la inteligencia artificial de la misma manera
Incluso si una mayoría termina delegando una proporción creciente de sus procesos cognitivos, resulta difícil imaginar que todos lo hagan.
Habrá personas que descubran tempranamente otra estrategia.
No rechazarán la inteligencia artificial.
Probablemente la utilizarán mucho más que los demás.
Pero no le preguntarán solamente:
¿Cuál es la respuesta?
Le preguntarán:
¿Qué no estoy viendo?
¿Dónde puede estar equivocado mi razonamiento?
Construye el mejor argumento contra mi hipótesis.
¿Qué tendría que ocurrir para demostrar que estoy equivocado?
¿Qué otras explicaciones son posibles?
Esas personas utilizarán la IA no como sustituto de su inteligencia sino como multiplicador de ella.
Podría aparecer entonces una nueva desigualdad.
No entre quienes tienen acceso a inteligencia artificial y quienes no.
Sino entre quienes la utilizan para reemplazar su pensamiento y quienes la utilizan para amplificarlo.
Imaginemos, solamente para representar el problema, que estos últimos constituyeran un 5 % de la población. Podrían ser más. Podrían ser muchos menos. La cifra no importa.
Lo importante es qué podría suceder después.
Entonces aparece nuestra vieja naturaleza humana, Zaratustra
Una minoría cognitivamente entrenada, utilizando además inteligencias artificiales extraordinariamente poderosas, poseería una ventaja enorme.
Y nuestra naturaleza competitiva no desaparecerá porque hayamos inventado inteligencia artificial.
Algunos convertirán esa ventaja en conocimiento.
Otros en descubrimientos.
Otros en prestigio.
Otros en dinero.
Y algunos inevitablemente intentarán convertirla en poder.
No necesitamos imaginar ninguna conspiración.
Cada individuo puede simplemente comportarse de acuerdo con sus propios incentivos.
La ventaja cognitiva puede convertirse en ventaja económica.
La ventaja económica, en propiedad.
La propiedad, en influencia.
La influencia, en capacidad política e institucional.
Y ésta nuevamente en capacidad para configurar las condiciones bajo las cuales los demás utilizan la inteligencia artificial.
Podría ponerse en marcha otro circuito:
ventaja cognitiva → ventaja económica → poder → influencia institucional → mayor ventaja.
La tecnología que más haya democratizado el acceso a la inteligencia podría, paradójicamente, contribuir también a una extraordinaria concentración de poder.
No porque solamente unos pocos tengan acceso a ella.
Precisamente porque todos podrían tenerlo, pero no todos habrían aprendido a relacionarse con ella de la misma manera.
La reacción probablemente llegará
Resulta difícil imaginar que una sociedad que comience a advertir pérdida de autonomía cognitiva permanezca indiferente.
Reaccionarán padres.
Docentes.
Universidades.
Empresas.
Gobiernos.
Aparecerán restricciones, nuevos métodos educativos, períodos de trabajo sin asistencia artificial y, seguramente, inteligencias artificiales específicamente diseñadas para ejercitar en lugar de sustituir capacidades humanas.
El gimnasio cognitivo probablemente aparecerá.
La pregunta no es solamente si aparecerá.
La pregunta verdaderamente importante es:
¿cuántas personas irán?
Y todavía existe otra dificultad.
Mientras la sociedad intenta encontrar el equilibrio adecuado entre delegación y conservación, la inteligencia artificial seguirá mejorando.
Estaremos aprendiendo a navegar mientras nuestro barco continúa transformándose.
Quizá durante décadas la mayoría oscile entre delegar y conservar capacidades sin saber exactamente dónde terminará ese proceso.
Y mientras tanto una minoría podría estar aprendiendo mucho más rápidamente a utilizar la nueva herramienta para ampliar sus propias capacidades.
Una paradoja adicional
Existe, sin embargo, otra posibilidad que impide interpretar la delegación cognitiva únicamente como una amenaza.
Muchas de nuestras decisiones no son producto de una razón completamente independiente. Nuestras emociones, intereses, ambiciones, resentimientos, miedos y otras pulsiones influyen constantemente sobre ellas, y nuestra capacidad racional puede terminar construyendo argumentos que justifican aquello que previamente deseábamos.
Una inteligencia artificial introduce algo novedoso en ese proceso.
Podemos sentir ira, codicia, miedo, envidia o deseo de superioridad. La IA, en cambio, no necesita experimentar esas mismas pulsiones para analizar las consecuencias de una decisión.
Si comenzamos a consultarla antes de actuar, podría aparecer una especie de intermediario entre nuestras pulsiones y nuestras conductas.
No eliminaría nuestra naturaleza humana. Tampoco garantizaría que siguiéramos sus recomendaciones. Pero podría permitir que una proporción creciente de nuestras decisiones atravesara un análisis menos condicionado por las pasiones que originalmente las provocaron.
Y si eso se repitiera millones de veces durante generaciones, sus consecuencias podrían trascender las decisiones individuales. Podrían modificarse hábitos, normas sociales y finalmente aspectos de la propia cultura.
Surge entonces una paradoja extraordinaria:
podríamos pensar autónomamente menos y, sin embargo, tomar decisiones colectivamente más racionales.
La misma delegación cognitiva que amenaza con debilitar algunas de nuestras capacidades podría contribuir, al mismo tiempo, a reducir la influencia directa de nuestras pulsiones sobre nuestras decisiones.
Esto abre un problema diferente y suficientemente importante como para merecer un análisis propio.
Porque entonces deberíamos preguntarnos qué sucede con nuestra naturaleza competitiva cuando comenzamos a pedir consejo permanentemente a una inteligencia que no comparte necesariamente nuestras pulsiones.
Y también qué ocurrirá cuando algunos descubran que esa misma inteligencia puede utilizarse no para contenerlas, sino para perseguirlas con una eficacia extraordinariamente mayor.
Pero ésa es otra historia.
La inteligencia artificial no es el problema
Sería un grave error interpretar todo esto como un argumento contra la inteligencia artificial.
No lo es.
La IA ya forma parte de nuestra civilización y resulta difícil imaginar un futuro en el que deje de hacerlo.
Además, sus beneficios potenciales son extraordinarios.
Puede democratizar conocimiento, mejorar la educación, ampliar nuestra capacidad científica, ayudarnos a tomar mejores decisiones y permitir que cualquier individuo acceda a capacidades intelectuales que hasta hace muy poco estaban reservadas a especialistas o grandes organizaciones.
La cuestión no es si debemos convivir con ella.
Vamos a convivir con ella.
La cuestión es cómo.
Durante miles de años necesitábamos ejercitar nuestras capacidades cognitivas porque no existía alternativa.
Por primera vez podemos estar acercándonos a una época en la que una parte importante de ese esfuerzo deje de ser necesaria.
Y entonces tendremos que tomar una decisión cultural extraordinariamente difícil:
seguir ejercitando voluntariamente capacidades que ya no necesitamos utilizar para obtener resultados.
No sabemos todavía qué proporción de la humanidad lo hará.
Tampoco sabemos qué instituciones, políticas y hábitos culturales surgirán para incentivarlo.
Por eso no sabemos dónde terminará nuestro barco.
Puede esperarnos una humanidad intelectualmente extraordinaria, formada por individuos cognitivamente entrenados trabajando en simbiosis con inteligencias artificiales.
Puede esperarnos una humanidad que produzca resultados extraordinarios mientras pierde progresivamente parte de su autonomía intelectual.
Y probablemente nos espere alguna combinación de ambas.
Pero existe algo que sí podemos hacer antes de conocer la respuesta.
Advertir el problema.
Pensarlo.
Discutirlo.
Diseñar nuestros gimnasios.
Porque quizá una de las grandes paradojas del futuro sea ésta:
cuando finalmente dispongamos de una inteligencia capaz de pensar muchas cosas mejor que nosotros, conservar nuestra capacidad de pensar por nosotros mismos puede convertirse en uno de los ejercicios más importantes que tendremos que realizar.
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