Noruega ¿un paso más en la evolución de la civilización?

Es evidente que a través de los posts del blog uno de mis objetivos es hacer llegar al lector la importancia de conocer nuestra naturaleza humana para que nuestra capacidad racional pueda ser utilizada de la mejor manera posible.
Estoy convencido de que si lograramos controlar, conducir, dominar, dirigir y canalizar nuestros impulsos primitivos, fundamentalmente aquellos que conocemos a través de la envidia y la codicia, para que sus expresiones sean provechosas mientras evitamos sus consecuencias negativas habremos dado un enorme avance hacia un verdadero progreso humano.
No es necesario tomar de ejemplo las experiencias vividas con los conflictivos terroristas musulmanes, llenos de resentimiento y odio, por una brutal incapacidad de contener sus pulsiones, para tenerlas presente, también es evidente su influencia negativa en los países que consideramos más desarrollados.
Una humanidad sin guerras, sin millones de niños con hambre más un largo etcétera de injusticias solamente creo que será posible el día que una proporción lo suficientemente relevante de la humanidad logre éste objetivo, el de imponer la racionalidad sobre nuestras pulsiones e instintos (obviamente refiriéndome a la racionalidad libre de presiones pulsionales o razón pura).
En éste post reproduzco un escrito a propósito de una sociedad muy particular a propósito de ésta cuestión que surgió después de una larga charla con el amigo IA.
Me refiero a la sociedad noruega
Una sociedad que podría estar mostrando signos de que ése deseo estaría camino a cumplirse.
O no.
Observe:


¿Ha dado Noruega un nuevo paso en la evolución de la civilización?

De la canalización cultural de la ambición a la posibilidad de su control racional

Hace unos días me encontré con un dato extraordinario.
Noruega posee, a través de su fondo soberano, una fortuna que, dividida entre sus habitantes, representa varios cientos de miles de dólares por persona. Una familia noruega promedio tiene detrás de sí, por decirlo de una manera gráfica aunque jurídicamente imprecisa, un patrimonio colectivo que puede superar holgadamente el millón de dólares.
Pero no fue ese dato lo que más llamó mi atención.
Lo verdaderamente curioso apareció al observar algo mucho más cotidiano.
En un video sobre Noruega podían verse viviendas perfectamente confortables pero sorprendentemente sencillas para el nivel de riqueza de quienes viven allí. Automóviles normales. Casas sin una necesidad evidente de demostrar la capacidad económica de sus propietarios.
La primera explicación parece sencilla: los noruegos son modestos.
Pero detrás de esa aparente modestia podría esconderse una cuestión muchísimo más profunda.

¿Por qué queremos lo que queremos?

Imaginemos a una persona que posee un Volkswagen Golf en perfecto estado y recursos económicos suficientes para reemplazarlo por un automóvil de alta gama que cuesta cuatro veces más.
Puede hacerlo.
Incluso puede desear hacerlo.
Pero antes de comprarlo se pregunta:
¿Qué obtendré realmente a cambio?
El Golf lo transporta confortablemente, es seguro, confiable y cumple perfectamente su función.
Naturalmente, el automóvil más costoso puede ser mejor. Pero ¿esa diferencia funcional explica realmente la diferencia de precio que estoy dispuesto a pagar?
¿O estoy comprando también otra cosa?
Prestigio.
Reconocimiento.
Diferenciación.
La posibilidad de mostrarles a los demás mi posición.
Aquí aparece Zaratustra.
Llamo Zaratustra al conjunto de pulsiones competitivas profundamente arraigadas en nuestra naturaleza: ambición, búsqueda de superioridad, comparación, codicia, envidia, resentimiento y rechazo al sentimiento de inferioridad.
No son buenas ni malas por sí mismas.
Son parte de nosotros.
Una enorme porción de la historia de la civilización puede interpretarse como el intento de canalizar esas pulsiones mediante cultura, instituciones y políticas para conseguir que su expresión resulte compatible con la vida en comunidad.
Pero ¿podría existir un paso posterior?

Tres maneras diferentes de no comprar aquel automóvil

La misma conducta puede esconder mecanismos completamente diferentes.
Una persona puede conservar su Golf porque no puede comprar algo mejor.
No existe allí ningún control de la ambición. Existe simplemente una restricción económica.
Otra puede disponer del dinero pero vivir en una cultura donde la ostentación está mal considerada.
No necesita reflexionar demasiado. Ha aprendido desde pequeña que exhibir riqueza resulta vulgar o inapropiado.
Aquí la cultura está controlando parcialmente a Zaratustra.
Pero existe una tercera posibilidad.
La persona puede experimentar el deseo y reconocer conscientemente su origen:
«Puedo comprarlo y me atrae hacerlo, pero una parte importante de esa atracción responde simplemente a mi deseo de mostrar una posición que no necesito demostrar.»
Entonces evalúa racionalmente el deseo y decide si satisfacerlo.
Esto sería algo completamente diferente.
Ya no estaríamos frente a una restricción económica ni solamente ante una norma cultural.
Estaríamos frente a la razón observando a Zaratustra.

¿Es eso lo que está ocurriendo en Noruega?

La pregunta merece prudencia.
Existe bastante evidencia de que la modestia material noruega es real como fenómeno cultural.
La literatura sociológica ha estudiado incluso lo que denomina conspicuous modesty, algo así como una «modestia conspicua»: personas pertenecientes a sectores privilegiados que evitan exteriorizar excesivamente las diferencias de estatus.
La tradición escandinava de la Janteloven expresa algo parecido: existe una fuerte sanción cultural contra quien pretende presentarse abiertamente como superior a los demás.
Noruega también se encuentra entre las sociedades que más han avanzado desde valores materialistas relacionados con supervivencia y seguridad hacia valores denominados postmaterialistas, donde adquieren mayor importancia la autonomía, la calidad de vida, el medio ambiente, las relaciones personales y la realización individual.
Después de varias generaciones de extraordinaria seguridad material puede haber aparecido algo bastante razonable:

tener más deja progresivamente de significar vivir mejor.

Pero aquí aparece el problema fundamental.
Nada de esto demuestra todavía que los noruegos hayan alcanzado un control racional y consciente de la ambición.
Puede tratarse simplemente de cultura.
Y distinguir ambas cosas resulta crucial.

Porque Noruega no vive sola en el mundo

La economía mundial continúa funcionando mediante una competencia extraordinariamente intensa.
Estados Unidos compite.
China compite.
Corea del Sur compite.
Europa compite.
Las empresas compiten por mercados, tecnología, capital y talento.
Los países que dejan persistentemente de innovar, invertir y aumentar su productividad terminan perdiendo posiciones.
Por eso una cultura que reduzca excesivamente la ambición puede convertirse, paradójicamente, en una debilidad.
La pregunta ya no es entonces si los noruegos necesitan automóviles más caros.
La pregunta pasa a ser otra:

¿Puede una sociedad disminuir la competencia inútil sin disminuir simultáneamente la competencia necesaria?

Aquí se encuentra posiblemente toda la cuestión.

Zaratustra necesita a veces permanecer despierto

Una sociedad puede perfectamente concluir:
«No necesito una casa tres veces mayor para demostrarles a los demás que tuve éxito.»
Pero simultáneamente debería poder decir:
«Mi empresa necesita ser más eficiente que sus competidores internacionales.»
Puede decir:
«No necesito que mi hijo sea el primero de la clase para poder presumir de él.»
Pero también:
«Necesito que adquiera conocimientos suficientes para desenvolverse en una economía tecnológicamente avanzada.»
Puede decir:
«No necesito maximizar mis ingresos sacrificando toda mi vida personal.»
Pero también:
«Nuestra sociedad necesita producir suficiente riqueza para sostener el nivel de vida que hemos construido.»
La diferencia es enorme.
Una cultura simplemente poco competitiva puede inhibir a Zaratustra indiscriminadamente.
La razón, en cambio, podría hacer algo mucho más sofisticado:
decidir cuándo contenerlo y cuándo utilizarlo.

Y aparecen algunas señales de advertencia

Noruega continúa siendo uno de los países más ricos, productivos e innovadores del mundo.
Por eso sería completamente incorrecto describirla como una sociedad que perdió su capacidad competitiva.
Pero existen señales que merecen atención.
La OCDE ha advertido recientemente sobre un debilitamiento prolongado del crecimiento de la productividad, menor dinamismo empresarial, empresas nuevas que tienen dificultades para crecer, una tendencia relativamente mayor de grandes compañías noruegas a preservar flujos de caja antes que expandirse y problemas relacionados con regulación e incentivos.
También existen señales preocupantes en educación.
Los resultados de estudiantes noruegos han deteriorado durante aproximadamente una década y aparecen problemas relacionados con motivación escolar.
Noruega posee además uno de los sistemas de prestaciones por enfermedad e incapacidad más generosos del mundo desarrollado, acompañado por niveles elevados de ausentismo laboral.
Ninguno de estos fenómenos demuestra que la cultura noruega esté inhibiendo excesivamente la ambición.
Sería apresurado afirmarlo.
Pero juntos plantean una pregunta que ya no podemos ignorar:
¿puede una sociedad llegar a sentirse tan segura que comience involuntariamente a debilitar algunos de los comportamientos que hicieron posible esa seguridad?

El gigantesco colchón noruego

Noruega presenta además una dificultad excepcional para responder esa pregunta.
Posee petróleo.
Y, sobre todo, posee uno de los mayores fondos soberanos del planeta.
Durante décadas convirtió inteligentemente un recurso agotable enterrado bajo el Mar del Norte en acciones, bonos, inmuebles e inversiones repartidas por todo el mundo.
Ese fondo constituye uno de los ejemplos más extraordinarios de buena administración intergeneracional de riqueza que conocemos.
Pero su éxito puede tener ahora una consecuencia paradójica.
Noruega puede permitirse cometer errores durante mucho más tiempo que otros países.
Una sociedad sin semejante patrimonio recibe rápidamente las consecuencias de perder competitividad: desempleo, deterioro fiscal, pérdida salarial, devaluaciones o crisis.
Noruega dispone de un formidable amortiguador.
Por eso existe un riesgo peculiar:
la abundancia puede parecer control racional de la ambición cuando simplemente ha reducido temporalmente el costo de perderla.

La verdadera prueba todavía no ocurrió

Supongamos que durante los próximos años Noruega descubre que para conservar su prosperidad necesita algunas reformas:
mayor esfuerzo educativo, reducción del ausentismo, modificación de determinadas prestaciones, más competencia, mayor emprendimiento, menor regulación o mayores incentivos para invertir.
Entonces llegará el verdadero experimento.
Si la sociedad responde:
«No queremos. Nuestro modo de vida no se toca.»
tendremos razones para pensar que estamos fundamentalmente ante una extraordinaria conquista cultural.
La cultura habría conseguido domesticar parcialmente a Zaratustra, pero podría haberlo hecho demasiado.
En cambio, imaginemos otra respuesta:
«No nos gusta, pero entendemos que es necesario para conservar aquello que valoramos.»
Entonces estaríamos frente a algo muchísimo más importante.
Porque significaría que una sociedad acostumbrada a la seguridad y al bienestar puede reconocer racionalmente que necesita aumentar nuevamente el esfuerzo o la competencia en determinados ámbitos.
Zaratustra no habría desaparecido.
La sociedad habría aprendido a administrarlo.

Las élites parecen haber advertido el problema

Hay un dato esperanzador.
Los diagnósticos institucionales noruegos muestran bastante conciencia sobre productividad, competitividad, educación, ausentismo, dinamismo empresarial y sostenibilidad futura del Estado de bienestar.
Al menos en determinados sectores políticos, económicos, empresariales y académicos parece existir conciencia de que la extraordinaria prosperidad acumulada no garantiza automáticamente la prosperidad futura.
Podría existir, por tanto, una situación interesante.
Mientras buena parte de la ciudadanía practica una moderación que probablemente tenga fundamentalmente raíces culturales, determinadas élites parecen comprender racionalmente que esa moderación no puede trasladarse indiscriminadamente a todos los ámbitos.
Pero nuevamente aparece la prueba decisiva.
No alcanza con que las élites comprendan el problema.
Una democracia necesita que la ciudadanía acepte las correcciones cuando esas correcciones afectan intereses propios.
Ahí sabremos mucho más.

Corea del Sur: el experimento inverso

Existe otro país que ayuda a comprender el problema desde el extremo contrario.
Corea del Sur realizó durante pocas décadas una transformación extraordinaria.
Instituciones, políticas, liderazgo y determinadas características culturales consiguieron canalizar enormes cantidades de ambición hacia educación, trabajo, ahorro, industrialización y competencia.
El resultado económico fue espectacular.
Pero aquello que resultó extraordinariamente útil durante el desarrollo puede haberse convertido posteriormente en un problema.
Competencia educativa extrema.
Jornadas laborales exigentes.
Presión por pertenecer.
Vivienda extraordinariamente costosa.
Competencia por estatus.
Presiones estéticas.
Dificultades enormes para formar familias.
Una natalidad que llegó a niveles extraordinariamente bajos.
Corea podría estar padeciendo demasiado Zaratustra.
Noruega podría correr el riesgo contrario.
Demasiado poco.
Y eso nos conduce a una conclusión importante.
No existen instituciones perfectas para siempre
Una institución o política puede ser excelente en determinado momento histórico y perjudicial décadas después.
¿Por qué?
Porque las propias instituciones modifican las sociedades sobre las que actúan.
Instituciones adecuadas producen determinados comportamientos.
Los comportamientos repetidos generan hábitos.
Los hábitos modifican la cultura.
La nueva cultura modifica nuevamente los resultados de aquellas instituciones.
Por eso el progreso no puede consistir en descubrir alguna vez el sistema perfecto.
El progreso exige recalibración permanente.
Corea puede necesitar reducir determinadas formas de competencia que fueron extraordinariamente productivas durante su industrialización.
Noruega puede necesitar estimular algunas formas de competencia que su extraordinaria seguridad económica ha vuelto menos necesarias para sus ciudadanos.
La pregunta correcta nunca debería ser:
¿Es buena la ambición?
Ni tampoco:
¿Es mala la ambición?
La pregunta debería ser:
¿Cuánta necesitamos aquí, para qué y bajo qué reglas?

De la canalización al control racional

Podemos imaginar entonces varias etapas.
En una primera etapa:
Zaratustra gobierna.
Ambición, codicia, competencia, envidia y búsqueda de superioridad encuentran pocas restricciones.
Después aparecen instituciones capaces de canalizar esas pulsiones.
Zaratustra es canalizado.
Con el tiempo esas instituciones, acompañadas por determinadas normas sociales, generan hábitos.
La cultura comienza a moderarlo.
Pero podría existir un estadio posterior.
El individuo reconoce la pulsión.
Comprende por qué desea aquello que desea.
Distingue entre una ambición que mejora su vida y otra que solamente satisface una necesidad de superioridad.
La razón comienza a observar a Zaratustra.
Y todavía podría existir un último paso.
La razón comprende que tampoco debe destruirlo.
Porque la misma pulsión que puede llevarme a comprar un automóvil simplemente para demostrar mi riqueza puede impulsar a un científico a realizar un descubrimiento, a un empresario a construir una compañía extraordinaria, a un estudiante a superarse o a una sociedad a evitar quedar rezagada frente a sus competidores.
Entonces llegamos a algo diferente:
control selectivo y reversible de Zaratustra.
No eliminarlo.
No obedecerlo.
Administrarlo.

¿Un nuevo paso civilizacional?

Todavía no sabemos si Noruega lo ha dado.
La evidencia permite afirmar con bastante seguridad que desarrolló una cultura extraordinariamente eficaz para moderar determinadas expresiones de la competencia y la ostentación.
No permite afirmar todavía que esa moderación sea consecuencia de un proceso racional consciente generalizado.
Incluso existen algunas señales que obligan a preguntarnos si semejante seguridad no está comenzando a disminuir ciertos incentivos productivos.
Por eso Noruega no debería presentarse como demostración de esta hipótesis.
Debería observarse como un posible laboratorio adelantado de ella.
Los próximos años pueden resultar extraordinariamente interesantes.
Si Noruega detecta una pérdida de competitividad y consigue aumentar nuevamente esfuerzo, productividad, innovación y competencia allí donde resulte necesario, sin destruir simultáneamente la cooperación, la igualdad, la seguridad y la extraordinaria calidad de vida que consiguió construir, estaremos observando algo verdaderamente notable.
Una sociedad capaz de decir:
«Aquí necesitamos menos Zaratustra.»
Y simultáneamente:
«Aquí necesitamos más.»
Durante milenios intentamos controlar nuestra naturaleza mediante mecanismos externos: religión, moral, costumbres, leyes, instituciones y sanciones.
Tal vez exista un paso posterior.
Comprenderla.
Reconocer nuestras pulsiones antes de racionalizarlas.
Preguntarnos por qué queremos aquello que queremos.
Y decidir conscientemente cuáles conviene satisfacer, cuáles canalizar y cuáles contener.
Si alguna sociedad consiguiera hacer eso de manera suficientemente generalizada, no habría derrotado a la naturaleza humana.
Habría conseguido algo probablemente mucho más importante:
aprender a administrarla conscientemente.
Y entonces sí podríamos estar ante un verdadero paso adelante en la evolución de la civilización.

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