China y el riesgo de una nueva Edad Media

Antes de publicar este post quisiera hacer una aclaración.

No considero necesariamente negativa la existencia de un poder dominante. Probablemente siempre exista alguno mientras exista Zaratustra y, con él, nuestra pulsión por alcanzar, demostrar y ejercer superioridad. Ha ocurrido durante siglos y no encuentro demasiadas razones para pensar que vaya a desaparecer.

La cuestión que me preocupa es otra: qué clase de sociedad y qué clase de sistema político ejercen ese poder.

No me parece indiferente que la posición dominante esté ocupada por una democracia —como ocurrió de manera casi unilateral con Estados Unidos después de la caída de la Unión Soviética— que por un régimen autoritario. No porque las democracias actúen siempre correctamente. La historia demuestra sobradamente lo contrario. Sino porque representan y preservan algunos de los pocos grandes avances políticos que trabajosamente ha conseguido la humanidad: ciudadanos capaces de elegir y reemplazar gobernantes, límites al poder, división de poderes, libertad de expresión y reconocimiento de derechos individuales.

Podemos llevar el razonamiento deliberadamente al extremo. Imaginemos que una sociedad con el desarrollo político y cultural del Afganistán actual adquiriera mañana el poder económico, tecnológico y militar suficiente para convertirse en el centro alrededor del cual debiera organizarse el mundo.

Me resultaría difícil no considerarlo un enorme retroceso civilizatorio. Muchos de los avances que hoy damos por descontados quedarían potencialmente amenazados.

O imaginemos otra posibilidad. ¿Qué habría ocurrido si el comunismo hubiera terminado imponiéndose hasta convertirse en el sistema dominante del mundo?

Y no me refiero aquí a su sistema económico. Podemos discutir interminablemente sobre propiedad privada, planificación o mercado.

Me refiero a algo mucho más elemental: al sistema político en el que terminaron convirtiéndose los grandes regímenes comunistas que lograron consolidarse.

Partido único, eliminación de la oposición, censura, persecución del disidente y una extraordinaria concentración del poder en una pequeña élite y, frecuentemente, en un solo individuo.

Un mundo dominado por semejante sistema habría podido continuar avanzando tecnológicamente y, sin embargo, retroceder políticamente siglos. En algunos aspectos, la relación entre gobernante y gobernado habría vuelto a recordar formas de ejercicio del poder que la humanidad conoce desde hace miles de años.

Ese es el sentido en el que utilizo la expresión retroceso civilizatorio.

No importa solamente qué nación ocupa el lugar más poderoso. Importa, y mucho, qué concepción del poder lleva consigo cuando llega hasta allí.

China está, por supuesto, enormemente lejos de Afganistán en desarrollo económico, tecnológico, educativo e institucional. Pero existe una diferencia fundamental entre desarrollo económico y desarrollo político. China continúa gobernada por una dura dictadura de partido único que no reconoce la democracia liberal como el sistema político hacia el cual necesariamente debería evolucionar.

Y ése es precisamente el motivo de mi preocupación.

No me preocupa que China sea china. Tampoco que algún día pueda convertirse en la nación más poderosa del planeta.

Me preocupa que un régimen autoritario pueda llegar a controlar una parte suficiente de los instrumentos del poder mundial como para colocar al autoritarismo en el centro de gravedad del sistema internacional.

Si China consiguiera algún día desarrollar instituciones y una cultura política capaces de construir y sostener una democracia, la cuestión cambiaría sustancialmente. En ese escenario, poco debería importarnos si el país más influyente del mundo fuera Estados Unidos, China o cualquier otro.

Porque la verdadera disputa que intento plantear en este escrito no es entre estadounidenses y chinos.

Es entre dos maneras muy diferentes de organizar el poder y, finalmente, de entender la relación entre quien gobierna y quien es gobernado 


Más allá de la convergencia

El verdadero riesgo de que China domine las tecnologías del poder

En el escrito anterior, La convergencia en la dirección equivocada, retomé una advertencia que había planteado ocho años atrás.
La preocupación era que la competencia con China terminara colocando a las democracias ante una situación incómoda: para conservar competitividad frente a un sistema autoritario capaz de concentrar enormes recursos, dirigir inversiones y exigir sacrificios que una democracia difícilmente podría imponer, Occidente podría comenzar a adoptar algunos de sus mecanismos. Y entre ellos, el de competir con salarios.
Pero después de publicar aquel escrito quedó dando vueltas algo que también advertía en el post del 2018
¿Y si el riesgo fuera todavía mayor?
Porque quizás el problema no sea solamente que las democracias terminen pareciéndose progresivamente a China para poder competir con ella.
Quizás debamos preguntarnos qué ocurriría si algún día ya no pudieran hacerlo.

China no necesita demostrar que su sistema es mejor

Durante años una de las grandes preguntas alrededor del crecimiento chino fue si su particular combinación de capitalismo y autoritarismo terminaría demostrando ser superior a las democracias occidentales. La pregunta sigue vigente pero en los posts "conociendo al enemigo I, II, III y IV" describí las fortalezas del sistema chino así como sus debilidades por lo que una respuesta siempre fué difícil arriesgar.
Hoy existen bastantes más razones para dudarlo.
La crisis inmobiliaria, la enorme deuda, la sobreproducción, los problemas demográficos, la debilidad del consumo y las dificultades que posee un sistema tan centralizado para reconocer y corregir errores confirman que el modelo chino también tiene importantes debilidades.
Pero quizás ésa no sea la pregunta verdaderamente relevante.
China no necesita demostrar que su sistema es mejor para vivir. De hecho, probablemente tampoco sea de su interés si es bueno o malo o mejor o peor siempre que se adapte a las condiciones necesarias que le permitan al régimen conservar el poder.
Le alcanza con conseguir que sea suficientemente eficaz para acumular poder.
Y cuando observamos hacia dónde dirige sus recursos, resulta difícil ignorar la cuestión.
Inteligencia artificial. Robótica. Semiconductores. Telecomunicaciones. Baterías. Energía. Biotecnología. Nuevos materiales. Drones. Industria naval. Tecnología espacial y militar. Automotriz.
No sabemos cuáles de esas tecnologías terminarán siendo decisivas.
China tampoco.
Pero parece haber comprendido algo elemental: quien domine una cantidad suficiente de ellas poseerá una parte importante de las herramientas (las verdaderas y modernas armas de dominación e influencia) con las que se ejercerá el poder durante las próximas décadas.
Y su sistema político le proporciona una capacidad extraordinaria para perseguir ese objetivo.
Puede orientar crédito, subsidiar sectores durante años, construir infraestructura, sostener empresas con escasa rentabilidad inmediata y sacrificar una parte del consumo presente para aumentar inversión y capacidad productiva.
El mismo mecanismo genera enormes ineficiencias y puede llevarla a perseverar durante mucho tiempo en decisiones equivocadas.
Pero una cosa no excluye necesariamente la otra.
China podría desperdiciar cantidades gigantescas de capital y, al mismo tiempo, alcanzar posiciones dominantes en algunas tecnologías fundamentales.

De la tecnología al poder

Supongamos entonces un escenario.
No una predicción.
Un riesgo.
China consigue dominar durante las próximas décadas una cantidad suficiente de esas tecnologías con sus corporaciones dispuestas a "ir al frente".
El proceso podría comenzar a retroalimentarse:

tecnología → industria → dependencia económica → capacidad militar → influencia geopolítica → poder.

Cada vez más países dependerían de empresas, componentes, infraestructuras, mercados o tecnologías chinas.

Un ejemplo reciente permite imaginar cómo podría producirse ese cambio casi sin que lo advirtamos. Durante décadas fueron las empresas occidentales las que llevaron capital y tecnología a China para fabricar allí sus productos. Hoy comienza a observarse también el movimiento inverso. SAIC, uno de los grandes fabricantes chinos de automóviles, proyecta instalar una planta de ensamblaje en España para producir vehículos destinados al mercado europeo. El dato aislado puede parecer poco importante. Lo significativo sería que anticipara una tendencia: China comenzó siendo el lugar donde Occidente fabricaba sus productos y podría terminar convirtiendo partes de Occidente en el lugar donde China fabrica los suyos. Europa podría conservar fábricas y empleos mientras el capital, las marcas, la tecnología y las decisiones estratégicas pasan progresivamente al otro lado. En ese caso, seguir produciendo no significaría necesariamente seguir controlando la industria.

O mejor aún, vayamos a otro ejemplo.

CATL, el gigante chino de las baterías, está construyendo junto a Stellantis una enorme fábrica en Aragón. Pero hay un detalle particularmente revelador: para levantarla y poner en funcionamiento parte de esa capacidad productiva están llegando a España centenares de trabajadores y especialistas chinos.

Durante décadas vimos exactamente la imagen inversa. Empresas occidentales llevaban capital, tecnología, ingenieros y conocimiento a China, donde trabajadores chinos aprendían progresivamente a fabricar aquello que Occidente había desarrollado.

Ahora comenzamos a contemplar algo que debería, al menos, llamarnos la atención: empresas chinas llevan capital y tecnología a Europa y necesitan incluso trasladar personal chino para instalar allí sus procesos productivos.

Nada de esto demuestra que Europa se esté convirtiendo en la nueva fábrica de China. Dos ejemplos no constituyen una tendencia.

Pero quizás valga la pena conservar esta imagen:

durante décadas China aprendió a fabricar aquello que Occidente diseñaba. Conviene preguntarnos si estamos empezando a contemplar el comienzo del proceso inverso.

Porque seguir teniendo fábricas no significa necesariamente seguir controlando la industria.

Pero mejor continuemos con nuestro asunto.
Decía, cada vez más países dependerían de empresas y tecnologías chinas pero no sería necesario conquistarlos.
Seguirían teniendo gobiernos, parlamentos y elecciones.
Pero existe una diferencia entre soberanía formal y autonomía real.
Un país que depende críticamente de otro para producir, comunicarse, obtener energía, defenderse o acceder a las tecnologías indispensables para su desarrollo inevitablemente comienza a considerar los intereses de aquel antes de tomar determinadas decisiones.
Así funciona también el poder.
Y si ese proceso alcanzara suficiente magnitud podría ocurrir algo mucho más trascendente que determinar qué país posee el mayor PIB del planeta.
Podría desplazarse el centro de gravedad del sistema internacional.

Cuando el autoritarismo se convierte en el centro

Durante buena parte de las últimas décadas ese centro estuvo constituido por Estados Unidos y una extensa red de democracias desarrolladas.
Eso no significa que hayan actuado siempre correctamente ni que hayan defendido siempre los valores que proclamaban.
Significa algo mucho más sencillo:
el núcleo principal del poder mundial estuvo fundamentalmente en manos de democracias.
¿Qué ocurriría si alguna vez dejara de ser así?
Ahí aparece el riesgo que intentaba transmitir cuando escribí el post en el año 2018 "La nueva guerra fría. Occidente vs Oriente. Desarrollo vs Subdesarrollo. Posmodernidad vs Medievo":

El peligro no es que China conquiste las democracias. El peligro es que llegue a dominar suficientes instrumentos del poder como para que el autoritarismo pase a convertirse en el sistema alrededor del cual deba organizarse el resto del mundo.

No serían necesarios ejércitos chinos ocupando capitales occidentales.
El poder económico, tecnológico y militar puede conseguir cosas que antiguamente requerían ejércitos.
Y entonces podría aparecer una segunda etapa todavía más preocupante.

¿Qué haría China con ese poder?

No lo sabemos.
Y cualquier escrito serio debería comenzar reconociéndolo.
Pero sí podemos preguntarnos qué incentivos tendría el régimen chino.

La historia proporciona además una razón elemental para desconfiar de cualquier concentración extraordinaria de poder. Una y otra vez, cuando individuos, grupos o naciones descubrieron que poseían capacidad suficiente para imponer su voluntad sobre otros, encontraron también razones perfectamente racionales para hacerlo.

China agrega un componente particular: la memoria del llamado “siglo de humillación”, todavía profundamente presente en su narrativa nacional y probablemente interiorizada, en distintos grados, como parte de su memoria cultural. Esa experiencia puede funcionar como una saludable determinación de no volver a ser sometida. Pero nada garantiza que, alcanzada una posición de superioridad, la necesidad de no volver a ser dominado no termine transformándose en la tentación de dominar.

Zaratustra no desaparece cuando desaparece la inferioridad. A veces simplemente cambia de objetivo: primero exige dejar de estar abajo; después descubre el placer de estar arriba.

Una democracia poderosa representa para él dos cosas simultáneamente.
Un competidor geopolítico capaz de limitar su poder.
Y algo quizá todavía más incómodo: la demostración de que prosperidad, desarrollo tecnológico, estabilidad y libertad política pueden coexistir.
Si China alcanzara una posición suficientemente dominante, parece razonable al menos contemplar la posibilidad de que utilizara parte de ese poder para debilitar a las democracias capaces de disputarle esa posición.
No necesitaría convertirlas en dictaduras comunistas.
Podría bastarle con favorecer gobiernos menos dispuestos a enfrentarla, aumentar dependencias, dividir alianzas, penalizar determinadas decisiones y premiar aquellas compatibles con sus intereses.

"El peligro no es que China conquiste las democracias. El peligro es que llegue a dominar suficientes instrumentos del poder como para que el autoritarismo pase a convertirse en el sistema alrededor del cual deba organizarse el resto del mundo"

Gradualmente podría modificarse algo mucho más profundo:
qué comportamientos políticos son premiados y cuáles castigados por el sistema internacional.
Y nunca debemos olvidar la tozudez de Zaratustra intentando mostrar a los demás una y otra vez quién es el mejor, el más poderoso. No tengo dudas que el Zaratustra chino se sentirá más que eufórico si ésa meta es conseguida ante aquellos que durante siglos la han humillado.
No sabemos si China alguna vez tendría la capacidad de hacerlo.
Mucho menos podemos asegurar que, teniéndola, decidiera hacerlo.
Pero tampoco es necesario saberlo para reconocer el problema.
La pregunta relevante es otra:
¿Es prudente permitir que un régimen autoritario llegue a poseer la capacidad de decidirlo?

El problema todavía puede ser peor

Porque existe una segunda forma de llegar al mismo lugar.
Supongamos que las democracias advierten el peligro con suficiente anticipación.
Comprenden que necesitan invertir mucho más en energía, defensa, inteligencia artificial, infraestructura, investigación e industrias estratégicas.
Pero eso tiene un costo.
Los recursos utilizados para asegurar el futuro no pueden utilizarse simultáneamente para consumir en el presente.
Una sociedad con suficiente confianza, integración cívica y comprensión del problema puede aceptar democráticamente ese sacrificio.
Pero ¿qué ocurre si llegado ese momento ya no puede hacerlo?
¿Qué sucede si todos comprenden la necesidad colectiva pero cada sector pretende que sean los demás quienes paguen su costo?
La democracia podría encontrarse entonces atrapada entre dos alternativas igualmente inquietantes:
aceptar una pérdida progresiva de autonomía frente al poder autoritario externo
o
concentrar internamente suficiente poder para imponer los sacrificios necesarios para competir.
Y entonces aparecería una paradoja extraordinaria.
Para defenderse del autoritarismo, las democracias podrían comenzar a necesitar parecerse al autoritarismo.
El adversario podría ganar incluso sin derrotarlas.

La nueva Edad Media

Cuando utilicé esa expresión ocho años atrás no pretendía anunciar un regreso al feudalismo.

Era una metáfora.
Pero sí podemos preguntarnos qué incentivos tendría el régimen chino.

Si consideramos que uno de los grandes avances de nuestra civilización consistió en transformar súbditos en ciudadanos, limitar el poder de los gobernantes, dividirlo, permitir reemplazarlos y reconocer progresivamente espacios de libertad individual, entonces un mundo cuyo centro de gravedad volviera a organizarse alrededor del poder autoritario representaría una enorme regresión.

La historia proporciona además una razón elemental para desconfiar de cualquier concentración extraordinaria de poder. Una y otra vez, cuando individuos, grupos o naciones descubrieron que poseían capacidad suficiente para imponer su voluntad sobre otros, encontraron también razones perfectamente racionales para hacerlo.

China agrega un componente particular: la memoria del llamado “siglo de humillación”, todavía profundamente presente en su narrativa nacional y probablemente interiorizada, en distintos grados, como parte de su memoria cultural. Esa experiencia puede funcionar como una saludable determinación de no volver a ser sometida. Pero nada garantiza que, alcanzada una posición de superioridad, la necesidad de no volver a ser dominado no termine transformándose en la tentación de dominar.

Zaratustra no desaparece cuando desaparece la inferioridad. A veces simplemente cambia de objetivo: primero exige dejar de estar abajo; después descubre el placer de estar arriba.


Democracia y la prodigiosa declaración de los derechos humanos universales terminarían en algún viejo basurero.

Y podría producirse una paradoja difícil de imaginar.
Una humanidad dominando inteligencia artificial, robótica, biotecnología, energía y quizás tecnologías que hoy apenas podemos imaginar...
mientras políticamente retrocede.
La civilización tecnológicamente más avanzada de la historia podría convivir con una regresión extraordinaria de uno de sus mayores logros políticos.
Ésa es la Nueva Edad Media a la que me refiero -ver la entrada "Un teléfono móvil en Babilonia"-

Una advertencia, no una profecía

Nada de esto implica que vaya a ocurrir.
China posee enormes debilidades. Su sistema concentra recursos con extraordinaria eficacia, pero también concentra errores. Sus problemas demográficos, económicos, financieros e institucionales son importantes.
Y sigo considerando que las democracias poseen una ventaja formidable: sociedades abiertas, circulación de información, innovación descentralizada, instituciones capaces de corregirse y, en muchas de ellas, un capital social difícilmente reproducible mediante coerción.
Puede perfectamente ocurrir que esas ventajas terminen imponiéndose.
Ojalá así sea.
Pero una advertencia no tiene sentido cuando aquello que pretende evitar ya se volvió inevitable.
Su utilidad consiste precisamente en señalar un riesgo cuando todavía existe la posibilidad de impedirlo.
Por eso quizás la pregunta decisiva de esta nueva guerra fría no sea si China terminará teniendo una economía mayor que la estadounidense.
Ni siquiera si su sistema es más eficiente aunque el riesgo subiría exponencialmente si finalmente resultara que és más eficiente.
La pregunta es:
¿quién controlará las herramientas que permitirán ejercer el poder durante las próximas décadas y qué clase de sistema político ocupará, como consecuencia, el centro de gravedad del mundo?
Porque el desafío histórico de las democracias puede terminar siendo mucho más complejo que derrotar económicamente a China.
Puede consistir en demostrar que son capaces de conservar suficiente poder económico, tecnológico y militar para defenderse del autoritarismo sin necesitar convertirse en él.
Y si consideramos que la democracia constituye uno de los grandes avances de la historia humana, probablemente valga la pena advertir el riesgo mucho antes de descubrir si alguna vez tuvimos razón.
Y para el que leyó el post publicado en el año 2018, desde entonces ése riesgo no sólo que no desapareció sino que sigue presente e incluso se incrementaron las posibilidades de que ocurra.

Comentarios

Posts más vistos

Instituto Patria, un psiquiátrico. Y sin psiquiatras.

Borges, la crisis Argentina y lo que nadie dice.

China, Europa y una advertencia escrita 8 años atrás

Pfizer, muerte e ideología.

Cristina, el gran problema argentino

El comunismo y su enemigo imbatible

Guia para el visitante del blog

La Nueva Guerra Fria. Desarrollo vs subdesarrollo. Occidente vs Oriente. Posmodernidad vs Medioevo

Cultura colectivista vs cultura individualista

El pueblo y la envidia